Por Elías Wessin Chávez
En el debate contemporáneo, con frecuencia se nos invita a escoger entre dos opciones igualmente disfuncionales:
un modelo económico globalista woke sin arraigo nacional y un populismo estatista que apela al adoctrinamiento para anular las instituciones.
Ambas rutas conducen, por vías distintas, al mismo resultado: el debilitamiento del Estado-Nación, el declive económico, la frustración social y la erosión de la libertad verdadera.
Sin embargo, entre ambas posturas existe un camino equilibrado y responsable. Un camino que no renuncia al comercio, ni a la integración internacional, ni a la movilidad humana, ni a los mercados, ni al rol legítimo del Estado. Pero sí redefine estos conceptos desde el prisma de la soberanía, el interés nacional y el bienestar de la población.
Ese camino puede sintetizarse en cinco principios: comercio estratégico, inmigración estratégica regulada, mercados con límites, finanzas sin casino especulativo y un Estado protector, no interventor excesivo ni espectador impotente.
Comercio sí, pero estratégico
El comercio internacional ha sido una herramienta clave para el crecimiento de muchos países.
Pero la globalización indiscriminada, guiada exclusivamente por las megacorporaciones, ha demostrado que también puede desindustrializar economías, concentrar la riqueza y marginar a sectores completos de la población.
Un país soberano no renuncia al comercio, pero lo orienta hacia su proyecto nacional.
Comercio sí, pero donde exista reciprocidad; inversión extranjera sí, pero evaluada por su impacto en la seguridad económica; apertura sí, pero con protección a sectores estratégicos que sostienen la estabilidad y el empleo.
La libertad económica no consiste en entregar el país al mejor postor, sino en usar el comercio como herramienta, no como dogma.
Inmigración estratégica sí, pero regulada
La movilidad humana es una realidad inevitable del siglo XXI. Pero la narrativa globalista que presenta toda inmigración como positiva, y toda regulación como xenofobia, ha fracasado por falsaria.
La otra posición insostenible del populismo zurdo, insiste que todo lo extranjero es factible, que no erosiona la cohesión social ni la convivencia democrática.
En cambio, el proyecto de Orden y Libertad reconoce que:
La inmigración selectiva y ordenada puede aportar talento, trabajo y dinamismo económico.
El Estado tiene el deber irrenunciable de controlar sus fronteras y decidir quién entra y bajo qué condiciones.
La integración a la nación receptora exige como condición reglas claras, respeto a la ley y preservación de la cultura y valores nacionales.
Inmigración regulada no es cierre ni entrega; es soberanía.
Mercados sí, pero con límites al abuso corporativo
Los mercados son instrumentos eficientes de asignación de recursos. Pero los monopolios y oligopolios amenazan la eficiencia práctica del libre mercado.
Un mercado dominado por monopolios deja de ser libre: se convierte en un sistema feudal privado donde el ciudadano es siervo y el consumidor es rehén.
La ruta del Orden y la Libertad exige:
Competencia real, no monopolios disfrazados; regulación que evite posiciones dominantes y control excesivo de datos, medios o infraestructura esencial; espacios para la innovación local y la empresa nacional.
Un mercado con reglas claras y autoridades firmes protege tanto al emprendedor como al ciudadano.
Finanzas sí, pero sin casino especulativo
La economía productiva necesita crédito y estabilidad financiera. Pero las últimas décadas han visto el desplazamiento del capital desde la inversión real hacia la especulación pura: productos derivados sin respaldo, apuestas apalancadas, burbujas creadas digitalmente.
Las finanzas deben volver a su función legítima; financiar la producción, no la especulación; reducir la volatilidad sistémica que empobrece a los pueblos; supervisar a los grandes fondos que operan sin transparencia, pero con riesgo público.
Cuando el sistema financiero se convierte en un casino, las fichas las ponen los ciudadanos y las ganancias se las llevan unos pocos.
Estado sí, pero enfocado en proteger a su población
Ni el Estado inexistente, predicado por los progre globalistas, ni el Estado gigante y paternalista del populismo de izquierda, funcionan.
El primero se desentiende de su deber de defender a la nación; el segundo asfixia la iniciativa, reprime y crea dependencia.
El Estado ordolibertario es limitado, pero fuerte; eficiente, no omnipresente; protector, no controlador; defensor de la soberanía económica, territorial y cultural.
La función del Estado es garantizar que su gente viva en seguridad, en prosperidad y en libertad real.
Proyecto Nacional de Orden y Libertad
Los pueblos no están obligados a entregarse al globalismo woke ni a los cantos de sirena de los caudillos populistas de izquierda.
Existe una via correcta, un modelo de libertad ordenada, soberanía responsable y modernidad con identidad.
Un camino donde el comercio sirve al país, la inmigración estratégica fortalece, los mercados son justos, las finanzas son sanas y el Estado cumple su deber con su gente.
Ese es el camino del patriotismo político y económico.
Ese es el camino que permite a un país pequeño o mediano (como República Dominicana) navegar el siglo XXI sin perderse en narrativas engañosas y sin entregar su futuro al wokismo global ni a la izquierda radical.
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