Por Marcos José Núñez

Desde que el ser humano existe, cuando todavía su hábitat estaba circunscrito a las cavernas, ha estado buscando crear las condiciones ideales para lograr mejoras importantes en su entorno inmediato que le permitieran claramente el poder subsistir.

Para ello, la humanidad prehistórica dedicada básicamente a la recolección de frutos, tuvo que hacer uso de su incipiente ingenio combinado con su instinto de supervivencia, para garantizarse lo necesario para la protección de la familia y de la tribu.

Ante un ambiente notoriamente hostil y difícil, el hombre primordial tuvo que inventar el arco y la flecha, así como palos de madera, hachas y cuchillos de piedra, para poder cazar animales para su consumo y al mismo tiempo, defenderse de las constantes amenazas que pendían sobre ellos.

Aunque esos instrumentos primitivos estaban hechos de materiales fundamentalmente rústicos, fueron las primeras manifestaciones tímidas de creación tecnológica por parte del ser humano y sin embargo es hasta que descubre el fuego, que podemos hablar de un antes y un después en lo relativo a su desarrollo como especie.

Así lo refleja la mitología griega. Tenemos el caso del titán Prometeo quien viendo el sufrimiento y las dificultades que padecía el hombre en su diario vivir, en un acto de audacia y compasión sin precedentes, tomó el fuego de los dioses y lo trasplantó a la tierra para impulsar el avance de la raza humana, provocando la ira del gran Zeus sobre él.

El uso del fuego como innovación tecnológica, permitió a los antiguos habitantes del planeta, cocer bien los alimentos, protegerse del frío estacional o nocturno, iluminarse en medio de la oscuridad y amedrentar potenciales peligros en forma de bestias salvajes u otros conglomerados de seres vivos.

Desde entonces, el hombre con una mente abierta, ha estado constantemente tratando de crear mecanismos que le permitan lograr de manera más eficiente, un nivel de progreso y bienestar que haga más llevadera la vida sobre la tierra.

Con el salto tecnológico, el hombre aprendió a domar algunos animales para su beneficio y en el proceso también inventó la rueda, algo que fue vital para la creación de medios de transporte que le permitieran viajar largas distancias.

Después del descubrimiento del fuego, el ser humano comenzó a utilizar insumos de la naturaleza que pasados por el fuego, ayudaban a crear materiales de construcción como es el ladrillo, pasando con esto de vivir en cuevas o grutas a completar pequeñas y grandes edificaciones hechas de ese material.

Es así como cada generación, cada siglo, cada época trae consigo notables avances en materia tecnológica, impulsando nuevos estadios de evolución humana y coadyuvando en la tarea de sostener en sentido general, la preeminencia de la civilización sobre la barbarie.

Y llegamos al periodo actual. Desde el inicio de la revolución industrial hace unos trescientos años hasta la fecha, como especie dominante que somos en el globo terráqueo, no solo hemos alcanzado niveles anteriormente inimaginables de invenciones tecnológicas, sino que además hemos logrado acumular más riqueza que nunca por la misma razón.

A eso hay que agregar que la calidad de vida de las personas ha mejorado enormemente, que la expectativa de vida casi se ha duplicado y la tasa de natalidad se disparó, sobre todo a partir del siglo XX, debido a los sorprendentes avances tecnológicos en la industria en general y particularmente en la industria farmacéutica.

Las grandes potencias del mundo desde la misma antigüedad, siempre hicieron uso de los avances tecnológicos en su provecho de cara a lograr imponerse sobre sus competidores o rivales, máxime en lo referido al comercio, el transporte y las conquistas militares, entre otros rubros.

Aparte de la vertiente económica, uno de los aspectos que otorgó a un occidente dominado por Estados Unidos de América, el triunfo sobre el bloque soviético, lo constituyó el hecho de poseer la supremacía tecnológica en diferentes campos, ante el anquilosamiento y el atraso en el que quedaron sus oponentes.

Con la invención de la computadora para uso exclusivamente militar a mediados del siglo XX y la masificación del mismo aparato en manos de civiles a finales del mismo siglo, el mundo observó con asombro como muchas tareas de la cotidianidad, podrían hacerse mejor o simplificarse de la mano de un ordenador que entonces tenían una inteligencia artificial muy básica.

Hoy día casi todo lo que hacemos depende en gran medida de las llamadas tecnologías de punta y aparatos tan simples como un reloj, una calculadora, una nevera y hasta una estufa, están totalmente computarizados o más aún, enlazados bajo una modalidad que se denomina “el internet de las cosas.”

Después que todo está computarizado o como ya se dice más apropiadamente digitalizado y que tenemos hasta carros eléctricos, emerge ante nosotros, la era definitiva de la inteligencia artificial, un mecanismo que a prima facie parece ser una ayuda inestimable para simplificar y facilitar aún más, lo que ya hacíamos día a día con las computadoras más o menos tradicionales.

Para poner un ejemplo, lo que antes nos tomaba unas horas investigar con libros impresos o unos minutos encontrar en internet con un buscador como Google o Yahoo a través del algoritmo, ahora en cuestión de segundos y gracias a maravillas de la inteligencia artificial como Chat GPT, Grok, Gemini, etc. Llega a nuestras pantallas en diferentes formatos según las especificaciones introducidas.

La inteligencia artificial tiene sus ventajas, como ya hemos señalado pero, también plantea grandes retos y preocupaciones. La disrupción que trae está provocando que muchas entidades como bancos, fábricas e industrias, entre otros, reduzcan drásticamente la empleomanía o el personal de planta para sustituirlos por máquinas o robots impulsados por inteligencia artificial avanzada.

En tal sentido, el departamento o área donde antes había diez personas haciendo una labor, con la implementación masiva de la inteligencia artificial eso podría quedar reducido a una o dos personas si acaso, destruyéndose empleos y con este fenómeno multiplicado a lo largo y ancho del planeta, enviando a la calle y sin muchas opciones de ganarse la vida a cientos de millones de personas. El descontento social ocasionado, podría incidir en problemas para la gobernabilidad en muchas naciones principalmente del tercer mundo.

Hay quienes dicen que surgirán nuevos puestos de trabajo y nuevas profesiones con la generalización de la inteligencia artificial y sin embargo, todavía no se visualiza de forma clara cómo sucederá, mientras que los institutos de educación técnica o superior no parecen del todo preparados para las transformaciones que se vislumbran.

Además se ha establecido que el uso excesivo de la inteligencia artificial tiene como consecuencia para los usuarios, cierto empobrecimiento cognitivo, limitando la capacidad humana de crear, innovar, investigar, reflexionar y pensar, haciéndonos depender nocivamente tanto de la tecnología, que nos puede volver potencialmente inútiles.

Y he ahí donde surgen algunas interrogantes.

¿Alguien ha caído en cuenta que la inteligencia artificial, sin los debidos controles, puede algún día llegar a perfeccionarse tanto que adquiera algún grado de consciencia y se vuelva contra el género humano absolutamente dependiente de ella?

¿Conviene depender tanto de las aplicaciones digitales basadas en inteligencia artificial, cuando el consumo de energía en las instalaciones para su funcionamiento, es tan grande como la de muchos países?

¿Es saludable que las grandes empresas tecnológicas del mundo concentren tanto poder de datos a través de la inteligencia artificial, casi totalmente al margen o por encima de los Estados nacionales?

La tecnología en sus diferentes formas, siempre ha sido aliada clave de la humanidad. No obstante, hay desafíos deontológicos y en cuanto a derechos humanos que nos plantea la irrupción de estos avances tecnológicos de última generación.

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