Cuando el mundo no era plano (aunque hoy lo parezca)

 

Por Otto De La Torre

Hay ideas que se repiten tanto que terminan pareciendo verdades. Una de ellas es esa imagen tan difundida de la Edad Media como un tiempo de tinieblas, donde la gente creía que la Tierra era plana y temía caer por el borde del mundo si se alejaba demasiado en un barco. La escena es sugerente, casi cinematográfica. Y, sin embargo, es falsa.

La realidad histórica —menos espectacular, pero mucho más interesante— es que los europeos medievales sabían perfectamente que la Tierra era redonda. No todos, claro está, pero sí quienes pensaban, escribían y enseñaban. El mito de una Edad Media “terraplanista” no viene de aquellos siglos, sino de bastante después.

Un conocimiento que viene de lejos

Mucho antes de que nadie soñara con carabelas cruzando océanos, los griegos ya habían resuelto la cuestión. Aristóteles, con ese gusto tan suyo por observar el mundo, notó que los barcos desaparecen por el casco cuando se alejan y que, durante los eclipses, la sombra de la Tierra sobre la Luna es siempre circular. Nada de conjeturas místicas: simple observación.

Un poco más tarde, Eratóstenes hizo algo aún más admirable. Sin satélites ni relojes atómicos, calculó el tamaño de la Tierra midiendo sombras en dos ciudades egipcias. Y acertó bastante. Ese conocimiento no se evaporó con la caída de Roma. Pasó de mano en mano, de texto en texto, y llegó a la Edad Media sin demasiados sobresaltos.

Lo que sabían los medievales (aunque hoy se dude)

Es cierto que la mayoría de la gente medieval no sabía leer ni escribir. Pero eso no significa que viviera en la ignorancia absoluta. Las ideas circulan también de boca en boca, y algunas se vuelven tan obvias que no necesitan libros.

Entre los sabios, la cosa estaba clara. Ya en el siglo VIII, un monje llamado Beda el Venerable hablaba sin rodeos de la Tierra como una esfera. No como un plato ni como un disco, sino como una pelota suspendida en el centro del cosmos. Más adelante, en las universidades medievales, nadie discutía ese punto. Tomás de Aquino, Roger Bacon o Alberto Magno daban por sentada la redondez del mundo, y Johannes de Sacrobosco escribió un manual de astronomía que durante siglos explicó a los estudiantes cómo funcionaba ese globo en el que vivían.

Incluso la literatura lo refleja. Dante, en La Divina Comedia, imagina un mundo esférico y juega con sus consecuencias: distintos cielos, distintos horizontes, distintas estrellas. No parece la obra de alguien que pensara que podía caerse por el borde del planeta.

Entonces, ¿quién inventó la Tierra plana medieval?

La respuesta sorprende: el mito nació en el siglo XIX. En 1828, Washington Irving —un gran narrador, pero historiador más bien flojo— publicó una biografía novelada de Cristóbal Colón. En ella, presentó al navegante como un héroe moderno enfrentado a clérigos medievales que juraban que la Tierra era plana. Era una buena historia. Tan buena que muchos la tomaron por cierta.

En realidad, los contemporáneos de Colón no dudaban de la forma de la Tierra. Lo que discutían era su tamaño. Colón creía que Asia estaba mucho más cerca de lo que realmente estaba, y en eso se equivocó. El resto vino después.

Otros autores del siglo XIX reforzaron la idea por motivos ideológicos: necesitaban una Edad Media oscura para contraponerla a una modernidad luminosa. Así, el error se repitió, se enseñó y se instaló en la imaginación popular.

Un mito cómodo, pero falso

La imagen del navegante iluminado venciendo la superstición medieval es atractiva. Funciona bien como metáfora. El problema es que no es verdad. La Edad Media tuvo sus sombras, sin duda, pero no vivía al borde de un mundo plano.

Quizá lo más irónico de todo es que, mientras hoy resurgen teorías extravagantes sobre la forma de la Tierra, seguimos atribuyendo a los medievales una ignorancia que no tuvieron. Ellos sabían que el mundo era redondo. Los mitos, en cambio, suelen ser obstinadamente planos.

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