Redacción Exposición Mediática.– A principios de 2026, la Doctrina Monroe sigue siendo un tema central en la geopolítica contemporánea. Formulada en 1823 bajo el principio de “América para los americanos”, esta doctrina nació como una advertencia a las potencias europeas para que se abstuvieran de intervenir en el hemisferio occidental. Dos siglos después, lejos de ser un vestigio histórico, continúa operando como un marco de referencia activo, reinterpretado y aplicado según las necesidades estratégicas de Estados Unidos.
La pregunta ya no es si la Doctrina Monroe sigue vigente, sino cómo y para qué se utiliza en el contexto actual.
De declaración defensiva a instrumento hegemónico
En su formulación original, la Doctrina Monroe respondía a un contexto concreto: la debilidad militar de las jóvenes repúblicas americanas y el temor de Washington a una restauración colonial europea. Su espíritu inicial era preventivo, no expansivo.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la doctrina evolucionó. A finales del siglo XIX y durante el siglo XX, se transformó en una herramienta de legitimación del poder estadounidense en el hemisferio, especialmente tras el Corolario Roosevelt, que amplió su alcance para justificar intervenciones directas en América Latina bajo el argumento de “estabilidad” y “orden”.
Este desplazamiento conceptual es clave para entender su persistencia actual: la Doctrina Monroe dejó de ser una advertencia externa para convertirse en un principio de control regional.
La Doctrina Monroe en el siglo XXI
En pleno siglo XXI, Estados Unidos ya no enfrenta imperios coloniales europeos en América Latina, pero sí actores extrahemisféricos con creciente presencia económica, tecnológica y estratégica, particularmente China y Rusia.
Desde esta óptica, la Doctrina Monroe ha sido resignificada como un marco disuasivo frente a la expansión de estas potencias en lo que Washington sigue considerando su esfera de influencia natural. No se expresa necesariamente como doctrina oficial explícita, pero opera de facto en discursos, decisiones diplomáticas y acciones concretas.
La advertencia ya no es contra la colonización territorial, sino contra:
• Inversiones estratégicas sensibles.
• Presencia militar o de seguridad extranjera.
• Alianzas políticas que desafíen el predominio estadounidense.
Legalidad internacional vs. zonas de influencia
Aquí emerge una tensión central: la Doctrina Monroe no tiene reconocimiento jurídico en el derecho internacional contemporáneo. No es un tratado, ni una norma consuetudinaria aceptada universalmente. Es, en esencia, una doctrina unilateral.
Desde la perspectiva del derecho internacional moderno, todos los Estados son formalmente iguales y soberanos, con libertad para establecer relaciones políticas, económicas y militares con quien consideren conveniente. Las “zonas de influencia” no forman parte del marco legal, sino del lenguaje del poder.
Sin embargo, en la práctica, el sistema internacional sigue funcionando —en buena medida— bajo esa lógica. Y la Doctrina Monroe es una de las expresiones más persistentes de esa contradicción entre norma y realidad.
América Latina: entre soberanía formal y dependencia estructural
Para América Latina, la vigencia de la Doctrina Monroe plantea un dilema permanente. Por un lado, los Estados de la región reivindican su soberanía plena y su derecho a diversificar alianzas. Por otro, enfrentan limitaciones estructurales —económicas, financieras, tecnológicas y de seguridad— que condicionan ese margen de maniobra.
En este contexto, la doctrina no siempre se impone mediante intervención directa. En muchos casos opera de forma más sutil:
• Presión diplomática.
• Sanciones económicas.
• Condicionamientos financieros.
• Señales de disuasión política o militar.
El resultado es un escenario donde la autonomía existe en el plano formal, pero se negocia constantemente en el plano real.
2026: continuidad más que ruptura
Lejos de desaparecer, la Doctrina Monroe en 2026 se manifiesta como una continuidad adaptativa. No necesita ser proclamada abiertamente para ser aplicada. Su vigencia no depende de discursos oficiales, sino de la capacidad de Estados Unidos para hacer valer su poder en el hemisferio y del cálculo de costos que realicen otros actores.
El contexto global multipolar no ha eliminado las doctrinas de influencia; las ha vuelto más prudentes, más selectivas y, en algunos casos, más implícitas.
Síntesis: una doctrina que incomoda, pero persiste
La Doctrina Monroe sigue siendo incómoda porque desnuda una verdad estructural del sistema internacional: la igualdad soberana convive con jerarquías de poder. Mientras esa contradicción no se resuelva —y no hay indicios de que vaya a hacerlo— doctrinas como esta seguirán reapareciendo bajo nuevas formas.
En 2026, la Doctrina Monroe ya no se presenta como una proclama ideológica, sino como una práctica geopolítica. No se discute en abstracto: se ejecuta, se negocia y se mide en función de resultados.
Más que una reliquia del siglo XIX, es un recordatorio persistente de que, en las relaciones internacionales, el pasado no desaparece: se transforma.
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