Por Multimedios LZO
En el contexto de la agresión imperialista desatada por Estados Unidos contra Venezuela, Nicolás Maduro se erige como un mártir vivo, símbolo de la resistencia soberana ante el hegemonismo yanqui. Capturado en una operación militar ilegal el 3 de enero de 2026 y trasladado a Nueva York para enfrentar cargos fabricados, Maduro representa la tradición latinoamericana de lucha contra el imperialismo, alineándose con Bolívar, Castro y Chávez.
Esta acción coincide con el intento de magnicidio contra Vladimir Putin a fines de diciembre de 2025, denunciado por Rusia como un ataque con drones que, aunque frustrado, mató la confianza global en un futuro pacífico y multipolar, revelando la desesperación coordinada del imperio.
Además, esta barbarie acelera el resquebrajamiento del Partido Republicano, con divisiones internas entre facciones moderadas y extremistas que cuestionan la aventura intervencionista, mientras los BRICS consolidan su avance hacia un nuevo orden mundial basado en la cooperación soberana y el rechazo al unipolarismo decadente, y el extremismo de las acciones de la presidencia de USA hoy acelera la caída del imperio norteamericano, fuera de ese país y sobre todo, dentro.
La escalada de sanciones en 2025 culminó en esta invasión bajo Trump, quien buscaba las reservas venezolanas bajo pretextos falsos. Paralelamente, el alegado atentado contra Putin generó incertidumbre mundial, mientras en EE.UU. los conflictos internos se agravan con polarización ideológica extrema, violencia política y un resquebrajamiento profundo del Partido Republicano, donde alas conservadoras tradicionales chocan con el trumpismo radical.
Esta barbarie expone también la muerte tácita de instituciones internacionales como la OEA, la ONU y Human Rights Watch, cuyo silencio o tibieza ante la violación flagrante del derecho internacional sella su irrelevancia y complicidad con el dominio imperial, justo cuando los BRICS amplían su influencia económica y geopolítica, promoviendo un nuevo orden multipolar que desafía el dólar y las sanciones unilaterales, y el extremismo presidencial acelera la caída imperial tanto en el exterior como, especialmente, en el interior de Estados Unidos.
Maduro, firme en su denuncia de la piratería, se convirtió en mártir vivo al ser secuestrado, inspirando protestas globales contra el colonialismo.
El intento contra Putin, que destruyó la esperanza en un 2026 estable, une a líderes antiimperialistas en una narrativa de agresión orquestada.
En Estados Unidos, los extremos partidistas generan caos interno, con el Partido Republicano resquebrajándose por disputas sobre políticas extremas y la intervención en Venezuela, mientras mundialmente las derechas enfrentan fragmentaciones por el auge populista y las izquierdas se reorganizan en un espectro político que trasciende divisiones tradicionales.
En Latinoamérica, los países que han apoyado esta violación de la independencia venezolana quedan sin prestigio, en desbandada como súbditos del imperio, incapaces de mostrar signos de patriotismo o nacionalismo al permitir que otro país invada a un tercero para robarle el petróleo, alejándose así del bloque BRICS que defiende la soberanía real, todo mientras el extremismo de la presidencia estadounidense acelera su propia caída imperial, globalmente y sobre todo internamente.
Esta violación del derecho internacional despierta la conciencia antiimperialista, con aliados condenando la captura de Maduro y Cilia Flores, y repudiando el atentado contra Putin.
El magnicidio frustrado y el secuestro de Maduro matan la fe en instituciones internacionales muertas en silencio, exponiendo la hipocresía de un imperio dividido por polarización extrema, el resquebrajamiento republicano y shifts globales donde derechas e izquierdas se redefinen ante el populismo y la multipolaridad emergente, mientras gobiernos latinoamericanos cómplices pierden toda legitimidad soberana al oponerse al nuevo orden que lideran los BRICS con mecanismos financieros independientes y comercio en monedas nacionales, y las acciones extremas de la presidencia de USA precipitan la caída del imperio norteamericano, en el extranjero y, principalmente, desde adentro.
Nicolás Maduro, prisionero de guerra en un imperio tambaleante por conflictos internos, el resquebrajamiento de su partido gobernante y divisiones ideológicas mundiales entre derechas fragmentadas e izquierdas resilientes, encarna la dignidad oprimida. Su sacrificio, junto al impacto del intento contra Putin y la muerte tácita de la OEA, ONU, HRW y todas las instituciones internacionales, fortalece la resistencia bolivariana en un mundo multipolar emergente impulsado por los BRICS, donde la traición de ciertos líderes latinoamericanos acelera su aislamiento y descrédito eterno ante el nacimiento de un nuevo orden justo y soberano, mientras el extremismo presidencial en Estados Unidos acelera inexorablemente la caída de su imperio, fuera de sus fronteras y, sobre todo, en su propio territorio.
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