Por Alfredo de los Santos Jorge
Donald Trump ha desafiado todos los manuales de la política tradicional. Ha sobrevivido a intentos de asesinato, ha comparecido de tribunal en tribunal bajo una lluvia de acusaciones, y aun así, durante mucho tiempo, el rechazo a su figura parecía inamovible para amplios sectores de la opinión pública mundial.
Sin embargo, algo cambió de manera irreversible.
El 3 de enero de 2026, con el apresamiento del dictador Nicolás Maduro y su esposa, bajo la coordinación directa del presidente Trump, se produjo un punto de quiebre. La acción fue aplaudida y celebrada casi universalmente, incluso por muchos que hasta entonces lo adversaban con vehemencia.
De pronto, Trump dejó de ser visto únicamente como una figura polémica para convertirse, para millones, en un héroe internacional, capaz de enfrentar y neutralizar a los grandes monstruos del autoritarismo global.
En un mundo sin referentes morales la figura del presidente Trump emerge en un momento histórico singular, cuando la credibilidad de los organismos internacionales y de las grandes potencias se encuentra en su punto más bajo.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), creada en octubre de 1945 tras la Segunda Guerra Mundial con el propósito de promover la paz, la seguridad y la cooperación internacional, cumplió durante décadas un rol relevante.
No obstante, ya entrado el siglo XXI, se degradó hasta convertirse en un organismo burocrático, politizado y moralmente extraviado.
En septiembre de 2025, desde la sede de la ONU en Nueva York, el presidente Trump fue directo y sin eufemismos: “Se supone que la ONU debe detener las migraciones, no crearlas ni financiarlas”.
Añadió que la organización genera más problemas de los que resuelve, que las “palabras vacías no ponen fin a las guerras”, y que en ciertos temas había recibido más apoyo de El Salvador que de la propia ONU.
Algo similar ha ocurrido con la Organización de Estados Americanos (OEA), creada en abril de 1948.
Aunque su Carta fundacional proclama la defensa de la democracia y los derechos humanos, en la práctica ha tolerado dictaduras, relativizado abusos y traicionado su misión original.
Peor aún, tanto la ONU como la OEA (en sintonía con la Unión Europea y sectores del Partido Demócrata estadounidense) han terminado promoviendo agendas ideológicas ajenas a la soberanía de los Estados, como la imposición de políticas de género y fronteras abiertas.
Las críticas de Trump, por tanto, no surgen del capricho, sino de evidencias palpables.
La República Dominicana ha sido víctima directa de estos sistemas que chocan frontalmente con las buenas costumbres judeocristianas y con el principio fundamental de la autodeterminación nacional.
La llegada de Trump al poder trasciende a los Estados Unidos.
Cuando Francia entregó la Estatua de la Libertad a esa nación, el mundo confiaba en que EE. UU. poseía la moral, la capacidad y la prudencia para ejercer liderazgo global.
Esa confianza se erosionó cuando ese poder fue utilizado para exportar ideologías radicales, confusión moral y experimentos sociales irracionales, pervirtiendo no solo al mundo, sino a la propia sociedad estadounidense.
Aun así, millones siguen creyendo en el ideal original de Estados Unidos.
Muchos dominicanos han perdido la vida intentando llegar a Estados Unidos.
¿Por qué lo hacen?
Porque creen en una nación fundada y desarrollada por principios cristianos, no por el marxismo, ni la izquierda radical.
No es una relación nueva. En 1863, el Estado dominicano solicitó la intervención de Estados Unidos bajo la figura de un protectorado.
En 1869, el presidente Buenaventura Báez negoció un tratado de anexión, que fue rechazado por el Senado estadounidense en 1871.
La historia reciente es aún más dolorosa. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre 2014 y 2020 428 migrantes dominicanos desaparecieron en el mar rumbo a Puerto Rico.
En 2022 se registraron 71 muertos o desaparecidos en el Canal de la Mona; en 2024, 95 desapariciones.
En promedio, 71 dominicanos mueren cada año intentando llegar a Puerto Rico.
La pregunta vuelve a imponerse:
¿por qué lo hacen?
Todos conocemos la respuesta. Un legado que trasciende a un hombre. Nuestro lamento es que el presidente Trump solo podrá gobernar cuatro años y no ocho.
Pero mantenemos la fe en que figuras como Marco Rubio o J. D. Vance continúen su legado.
¡A buena hora, presidente Trump!
Gracias a Dios por haber detenido aquella bala que iba dirigida a su cabeza, porque de lo contrario, hoy Nicolás Maduro seguiría bailando sobre el sufrimiento del pueblo venezolano.
Ese fue el día en que los pueblos empezaron a querer a Trump.
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