Redacción Exposición Mediática.- En el béisbol profesional, como en toda competencia organizada, existen dos verdades que rara vez conviven en armonía: la del terreno de juego y la del reglamento.

El caso de la protesta interpuesta por los Toros del Este ante un partido frente a las Águilas Cibaeñas, y la posterior comunicación pública emitida por la presidencia de LIDOM, ha vuelto a poner en evidencia esa tensión estructural que la Liga Dominicana arrastra desde hace años, pero que solo se hace visible cuando estalla una controversia de alto impacto.

Desde la redacción de Exposición Mediática, entendemos que este episodio debe analizarse con mayor profundidad que la simple dicotomía entre “quién tiene la razón” y “quién salió beneficiado”. Lo ocurrido es, en realidad, un síntoma de un problema más amplio: la desconexión entre los tiempos jurídicos del reglamento y la dinámica acelerada del formato competitivo del Round Robin

El mérito de LIDOM: respetar el debido proceso

Hay que decirlo con claridad, aun cuando resulte impopular: la presidencia de LIDOM actuó conforme a lo que le exige su propio marco normativo. La protesta fue presentada dentro del plazo, fue admitida, se notificó a la parte señalada y se activaron los mecanismos de defensa establecidos. En términos estrictamente institucionales, no hubo improvisación ni arbitrariedad.

Ese respeto al debido proceso es una fortaleza. Una liga profesional no puede decidir partidos o clasificaciones por presión mediática, ruido en redes sociales o estados de ánimo colectivos. Cuando una institución renuncia a sus reglas para resolver rápido, pierde algo más valioso que un juego: pierde credibilidad.

En ese sentido, el comunicado cumple una función necesaria: recordar que, más allá de la pasión, existe un orden jurídico que no puede saltarse.

El gran problema: un reglamento que no dialoga con la realidad del torneo

Dicho esto, sería irresponsable ignorar el otro lado del análisis. El reglamento puede haberse aplicado correctamente, pero el escenario que genera es profundamente problemático desde el punto de vista competitivo.

Un Round Robin es, por definición, una etapa corta, intensa y de márgenes mínimos. Cada partido tiene un peso desproporcionado. En ese contexto, admitir una protesta cuyo desenlace llegará —probablemente— cuando la fase ya esté definida, equivale a introducir una bomba de incertidumbre en el corazón del torneo.

El resultado es perverso:

• Equipos compiten sin saber si su posición es definitiva.

• Fanáticos celebran o lamentan escenarios que podrían ser revertidos.

• El producto pierde claridad y narrativa deportiva.

Aquí no se trata de culpar a LIDOM por cumplir el reglamento, sino de reconocer que el reglamento no está diseñado para el formato que rige hoy la competencia.

Comunicado oficial emitido por LIDOM.

Comunicación correcta, pero insuficiente

El comunicado público es formal, técnico y jurídicamente sólido. Sin embargo, también es frío y distante frente a una fanaticada que consume béisbol como emoción, no como expediente administrativo.

LIDOM explica el “cómo”, pero no logra conectar con el “por qué”. Aclara los plazos, pero no aborda el impacto deportivo real.
Ordena el proceso, pero no reduce la sensación de incertidumbre.

Desde una óptica comunicacional, la Liga protege su autoridad, pero sacrifica pedagogía y cercanía. Y en un deporte que vive del vínculo emocional con su público, eso tiene un costo.

Un llamado necesario: revisar, no improvisar

Este caso no debería cerrarse únicamente con una resolución sobre el juego protestado. Debería abrir un debate serio y técnico sobre:

la pertinencia de los plazos actuales en fases cortas, los mecanismos de resolución expedita para instancias críticas y la necesidad de armonizar justicia reglamentaria con equidad competitiva.

No se trata de flexibilizar reglas por conveniencia, sino de actualizarlas para que respondan al torneo real y no a uno teórico.

Síntesis editorial

Lo ocurrido no es un escándalo, ni una crisis institucional, ni una conspiración deportiva. Es algo más incómodo y, por eso mismo, más importante: una señal de alerta.

LIDOM hizo lo correcto dentro de un sistema que ya muestra desgaste.
El problema no es la aplicación del reglamento, sino su diseño frente a la realidad actual del juego.

Si algo debe quedar de este episodio es una lección clara: cuando las reglas y el calendario compiten entre sí, el béisbol siempre pierde claridad.

Y una liga profesional no puede darse el lujo de que su producto estrella se decida más en comunicados que en el terreno.

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