Por Carlos Díaz

Al PRM no le conviene inventar: el poder se retiene con un candidato orgánico.

El mayor error que puediera cometer el Partido Revolucionario Moderno (PRM) de cara a las próximas Elecciones presidenciales seria creerse una fuerza “nueva” cuando, en la realidad, ya es un partido que está en el poder. Gobernar cambia a los partidos, y los vuelve mucho más cautos, más pragmáticos y, casi siempre, lo aleja de sus orígenes y el PRM no es la excepción.

Precisamente por eso, no le conviene un Experimento a estas alturas de juego, tampoco necesita un salvador externo, ni una figura artificialmente inflada por encuestas o marketing excesivo. Lo que realmente necesita es un candidato orgánico, reconocible, con ADN perremeísta, que garantice continuidad sin provocar una guerra interna.

El PRM ya cruzó el Rubicón. Aquel discurso moralizante, la épica de la ruptura y la narrativa de “lo nuevo” y el cambio ya cumplieron su función. Hoy el PRM es el partido que administra el Estado, Controla el Congreso, convive con los mismos poderes fácticos que gobiernan detrás del trono y que antes criticaban, y sumado a esto carga con el desgaste natural de cinco años de gestión continua.

En ese contexto, cualquier candidato que pretenda presentarse como un “outsider” o como una ruptura interna estaría mintiendo. El pueblo lo percibe y la militancia lo castigaria. El poder no se renueva negándose a sí mismo, sino administrando su propia continuidad.

El PRM debe establecer una reflexión partidaria del perfil que le conviene como partido y cuál debería ser su candidato de cara a las elecciones de mayo del 2028.

Cuales deben ser los perfiles que le convienen al PRM si el objetivo es seguir gobernando sin fracturas a lo interno, hay nombres que encajan mejor que otros:

Carolina Mejía:

Orgánica, institucional, con apellido histórico pero carrera propia. Representa orden, continuidad y una transición sin sobresaltos. No genera rechazo interno fuerte y proyecta estabilidad, algo que el PRM necesita más que épica.

Guido Gómez Mazara:

Conecta con el electorado urbano y joven, tiene experiencia de gestión y buena imagen pública. Su reto es demostrar profundidad política y anclaje a lo interno del partido, a pesar de su dilatada militancia partidaria, sigue siendo un activo real para el oficialismo.

Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón:

Con un perfil conciliador es un Militante, articulador interno, con discurso político reconocible. No es el más “popular”, pero sí uno de los que mejor representa al PRM como partido.

Wellington Arnaud:

Menos mediático, pero con base interna y estructura partidaria y coherencia discursiva. Su principal fortaleza es precisamente su organicidad; su debilidad, la proyección nacional.

Estos perfiles todos cuentan con algo en común: no crean frizuras en el partido. Y eso, en un oficialismo, vale más que cualquier promesa de una renovación artificial.

Existe un alto riesgo de apostar por un candidato equivocado y el PRM no puede darse ese lujo de imponer un perfil que parezca fabricado desde el poder, desconectado de la militancia o sostenido únicamente por encuestas ya que existe una alta manipulación en estas según los intereses que las coloquen.

La historia política dominicana ha sido clara y consistente: los partidos que se dividen estando en el poder terminan perdiendo.

Un candidato orgánico tal vez no garantiza la victoria, pero reduce el riesgo de una derrota autoinfligida. Y en política, evitar los errores suele ser más importante que apostar a genialidades.

Conclusión

El PRM ya no compite por parecer distinto, sino por parecer y ser confiable. En ese escenario, la continuidad con rostro humano, militante y reconocible sería más rentable que cualquier experimento.

Si el partido quiere seguir en el poder, debe entender una verdad incómoda pero básica: los gobiernos se heredan dentro del partido, no se hurtan, ni se improvisan fuera de él.

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