El Evangelio de Jesús y el rol de las mujeres en la sociedad

 

Por Marcos José Núñez

Mucho se ha hablado, se ha debatido y ríos de tinta se han escrito sobre lo que ha significado para la historia de la humanidad, el anuncio de las buenas nuevas para la salvación humana por parte del hijo de Dios, encarnado en la persona de Jesús nazareno, el hijo de José el carpintero y de la virgen María.

En ese tenor, hemos visto cómo el catolicismo ha destacado a través de los siglos, la gran importancia de la intercesión de María, la madre del salvador por obra y gracia del espíritu santo, siéndole anunciado previamente por el arcángel Gabriel por medio de una revelación profética.

El primer gran milagro o señal milagrosa de Jesús al inicio de su vida pública, se realizó a instancia de su progenitora y aparece relatada en la historia bíblica que se conoce comúnmente como la llamada “Boda de Caná en Galilea”.

De acuerdo al evangelio de Juan, capítulo 2, versículos 1-12, el señor Jesús después de haber enrolado como discípulos a Felipe y Natanael (Natanael Bartolomé o Hijo de Tolomeo), viajó con Andrés, Pedro, Santiago, Juan y los dos nuevos (la mitad del colegio apostólico) a un evento en la pequeña ciudad de Caná, para participar en la boda de unos allegados a su familia.

A continuación, citamos literalmente los hechos narrados:

“Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. 2 Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. 3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. 4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha llegado mi hora. 5 Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. 6 Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. 7 Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. 8 Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. 9 Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, 10 y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora. 11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.”

Como se puede ver, parte del fundamento doctrinario sobre la labor de intercesión de María, no se limita a la concepción y encarnación del hijo de Dios, sino que este suceso de Caná, es el verdadero punto de partida de sus propios discípulos para que creyeran en él y para la posteridad doctrinal de la madre iglesia.

Jesús de Nazaret, primer gran profeta de un nuevo orden de cosas espirituales para un mundo que se encontraba en las tinieblas, se reveló primero ante su pueblo, sumido en el atraso, dado que había alcanzado un altísimo grado de iluminación y era menester compartir su visión universal en un contexto en el que se perfilaba como un adelantado a su época en todos los sentidos.

Sin embargo, el rol de la mujer en el evangelio de Jesús, no se limita única y exclusivamente a la presencia de su madre desde el inicio de su anunciación o de su ministerio espiritual, sino que otras mujeres también jugaron de manera presencial y de manera simbólica, un papel relevante en lo que sería el devenir de su vida de predicación.

En el evangelio de Lucas, el médico, cronista y discípulo de Pablo de Tarso, podemos leer cronológicamente, casi al principio de darse a conocer a la sociedad judía de su tiempo, como el señor Jesús, también tuvo un grupo de mujeres que formaron parte de su equipo, no solo como colaboradoras, sino también como discípulas y seguidoras en la labor de anunciar la buena nueva del reino de Dios.

Para ello, citamos a continuación a Lucas, capitulo 8, versículos del 1 al 3 que dice lo siguiente:

Poco después, Jesús comenzó un recorrido por las ciudades y aldeas cercanas, predicando y anunciando la Buena Noticia acerca del reino de Dios. Llevó consigo a sus doce discípulos, 2 junto con algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas estaban María Magdalena, de quien él había expulsado siete demonios; 3 Juana, la esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana; y muchas otras que contribuían con sus propios recursos al sostén de Jesús y sus discípulos. Poco después, Jesús comenzó un recorrido por las ciudades y aldeas cercanas, predicando y anunciando la Buena Noticia acerca del reino de Dios. Llevó consigo a sus doce discípulos, 2 junto con algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas estaban María Magdalena, de quien él había expulsado siete demonios; 3 Juana, la esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana; y muchas otras que contribuían con sus propios recursos al sostén de Jesús y sus discípulos.

Como se puede leer en esta cita anterior, se mencionan tres discípulas por sus nombres y en primer lugar, se destaca a María Magdalena o de la ciudad de Magdala/Migdal en la región de Galilea de quien se dice que llevó una vida licenciosa, altamente pecaminosa antes de su sanación y conversión al evangelio; luego está Juana, esposa de un burócrata que trabajaba para el tetrarca de Galilea, Herodes Antipas y una tercera discípula en la persona de Susana, de quien no se indica afiliación o asociación específica que ayude a su identificación completa. Luego de hacer mención de ellas, el propio evangelista escribe una afirmación muy llamativa, indicando que muchas otras mujeres le seguían en sus viajes de predicación, también aportando recursos (bienes y dinero de lo que recibían de los maridos o de lo que pudieran haber ahorrado en otras actividades) para sostener a Jesús y los otros discípulos varones; por tanto, no sería exagerado afirmar que podían ser más las mujeres que seguían y mantenían el cuerpo apostólico que los propios discípulos varones de Jesús, al analizar detalladamente el texto bíblico.

Es casi seguro que tantas mujeres alrededor de un maestro de predicación que no se había titulado de ninguna escuela rabínica (a diferencia de Pablo quien fue discípulo fiel del maestro fariseo, Gamaliel), acendradamente machistas y patriarcales en ese entonces, debido a que en la Palestina del siglo I D.C. ninguna mujer podía ser sacerdotisa, instructora o predicadora, sino que estaban relegadas a tareas secundarias del hogar; en consecuencia, ese hecho pudo ser una de las detonantes de problemas para el hijo del hombre y provocación de la ira e incomodidad de fariseos y saduceos como clase gobernante, motivando directamente a que éstos montasen una vigilancia estricta sobre Jesús, para conseguir excusas legales para encarcelar o eliminarlo, porque sencillamente les estaba “dañando el negocio”.

Fue una verdadera revolución moral, social y espiritual, lo que representó este nuevo trato inclusivo, del evangelio del reino hacia las mujeres en la sociedad israelita de su época. Incluso los propios teócratas gobernantes, habían olvidado, probablemente a conveniencia, que a lo largo de toda la historia del pueblo israelita, anterior a la época en que se encontraban viviendo, habían existido varias mujeres con roles destacados como ayudantes, consejeras, lideresas, gobernantes, profetas e incluso como consortes de reyes, como fue el caso de las siguientes:

· Miriam, hermana de Aarón y Moisés, primera profetisa que registra la Biblia.

· Deborah, profetisa y jueza (gobernante en nombre de Dios)

· Ana, la madre del que sería el futuro profeta y juez de Israel, Samuel.

· Hulda, consejera y profetisa del rey Josías

· Esther, la consorte del rey persa Asuero

· La esposa del profeta Isaías, cuyo nombre éste no menciona en su libro, entre otras, no menos importantes.

También está la anécdota de Jesús en casa de las hermanas de Lázaro (Eleazar) de Betania, Marta y María, micro-relato evangélico en el cual María se encontraba sentada a los pies de Jesús, escuchando su predicación y mientras esto sucedía, Marta le reclamó en tono de reproche al señor que su hermana en vez de estar con él, escuchándole, debía acompañarla en los quehaceres del hogar. Éste sabia y apaciblemente, le contestó lo siguiente: “Marta, Marta, estás preocupada y afligida por muchas cosas, pero solo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la va a quitar”, (Lucas, capítulo 10, 38-42).

Como se puede ver en el párrafo anterior, mientras Marta con su mirada tradicional de las cosas, estaba atareada en la casa con los asuntos de este mundo, para su amigo y maestro Jesús, lo que había hecho María al prestarle atención a las palabras de salvación que aquel le dirigía, resaltaba positivamente que la mujer no estaba por encima del hombre, ni mucho menos por debajo de aquel, sino que tenían las mismas oportunidades y derechos en el nuevo mundo que su prédica, avecinaba.

Así mismo, poco tiempo antes de su muerte y resurrección, el señor Jesús vivió un hecho significativo que apuntalaba aún más el papel que encarnaba la mujer en el desarrollo posterior del evangelio del reino, en lo referido al relato de la señora que derrama perfume sobre Jesús. A continuación, citamos el texto en cuestión, presentado en el evangelio de Juan, Capitulo 12, versículos del 1 al 8:

“Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivía Lázaro, a quien él había resucitado. 2 Allí hicieron una cena en honor de Jesús; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. 3 María trajo unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, y perfumó los pies de Jesús; luego se los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó del aroma del perfume. 4 Entonces Judas Iscariote, que era aquel de los discípulos que iba a traicionar a Jesús, dijo:

5 —¿Por qué no se ha vendido este perfume por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobres?

6 Pero Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella. 7 Jesús le dijo:

—Déjala, pues lo estaba guardando para el día de mi entierro. 8 A los pobres siempre los tendrán entre ustedes, pero a mí no siempre me tendrán.”

Y el evangelio de Mateo, capitulo 26, versículo 13, le agrega a lo escrito por Juan evangelista, lo siguiente: “Les aseguro en cualquier lugar del mundo donde se predique este mensaje de salvación, se hablara también de lo que hizo esta mujer y así será recordada.”

Se puede colegir claramente de lo anterior, que la mujer tenía una función tan central en el proceso de salvación del género humano, como los propios hombres que seguían a Jesús. Y de paso, el suceso sirvió para dejar bien en claro que su mensaje estaba enfocado hacia los aspectos espirituales de la existencia terrenal y no tanto, hacia requerimientos económicos o ambiciones materiales, ya que la evolución espiritual, eventualmente traería cambios positivos en todos los órdenes para las generaciones sucesivas, para los siglos venideros.

Y mientras los demás apóstoles o enviados del reino se escondían o huían de las autoridades judías y romanas, después de la aprehensión, tortura y condena al maestro Jesús, solo las mujeres de su equipo -que eran muchas-acompañaron a Jesús en el camino del calvario hacia su crucifixión, y como se indica en el evangelio de Lucas, 23: 27-28, el salvador del mundo, les dirigió unas palabras proféticas, sobre lo que sobrevendría a Jerusalén de cara al futuro, por su rechazo al evangelio de salvación: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos».

Ya consumado el acto vil, degradante e injusto de la crucifixión, un grupo importante de mujeres, de acuerdo a lo que recogen los cuatro evangelios canónicos, estuvieron presentes acompañando al señor en el último tramo doloroso de su vida terrenal, entre las que se debe mencionar especialmente unas cuantas: María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, María la de Cleofás, Salomé, la madre de Santiago Zebedeo y Juan Zebedeo, y por último, su madre carnal, María de Nazaret, sostenida por Juan Zebedeo, el discípulo amado.

La mujer después de la muerte y sepultura del señor en ese horrible suplicio de la cruz, sigue teniendo un rol importante en todos los eventos conectados al plan de redención de la humanidad. María Magdalena, primera discípula, junto con otras seguidoras, también es la primera en acudir, muy de madrugada a la tumba de Jesús, para embalsamar y atender el cuerpo, pese a la consabida presencia de soldados romanos y guardias judíos custodiando el sepulcro; no encuentra a nadie, halla la tumba abierta, los lienzos allanados y corre a llamar a Pedro y Juan, quiénes se apersonan corriendo al sepulcro y lo hallan para su sorpresa totalmente vacío, quedando ellos mismos llenos de dudas, pero para ser más específicos, citamos un extracto del evangelio de Juan, capítulo 20, 11-20, que dice lo siguiente sobre la Magdalena:

“Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas. Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.”

Con la resurrección y los hechos que le antecedieron, se refuerza el mensaje de liberación de las pesadas cadenas de las interpretaciones de la ley mosaica por parte de los escribas (doctores de la ley) y fariseos que traía el hijo del hombre, y establece que no tenía una preferencia especial por hombres o por mujeres en su misión divina, sino por todo el género humano en sentido general. No obstante, la lamentable situación por las que pasaban las mujeres especialmente en Israel, hacía que éstas siguieran probablemente en mayores números que los hombres esa prédica innovadora, disruptiva, positiva, benéfica, llena de esperanza que traía un simple y desconocido carpintero de Capernaum, pueblo ribereño y pesquero a la orilla del lago de Genesaret (mar de Galilea) devenido en pescador de seres humanos.

De acuerdo al laureado escritor, filólogo, catedrático e historiador español Antonio Piñero, en su libro “Jesús y las mujeres”, lo que se sabe acerca de la mujer en el siglo I de nuestra era, es que tenían la función asignada a su sexo y que por definición social de las autoridades más altas, se las consideraba como soporte del hombre, pero nunca como igual que éste en cuanto al trato que ordenaba la ley. (Está claro, tanto los legisladores e intérpretes judíos de su tiempo, como el mismo señor Jesús, nunca predicaron la inexistencia de géneros, ni la igualdad biológica entre los sexos). Incluso se consideraba un gran deshonor actuar al margen de los roles sociales de género que la legislación judía asignaba, dado que la mujer no podía hacer los trabajos, ni tener exactamente los mismos derechos que el varón, a tal punto que la fémina de esa época antigua de la historia humana en el oriente planetario, pasaba de ser una propiedad, una cosa perteneciente a su padre, una extensión de su voluntad, a ser más adelante, propiedad del hombre que la desposaba es decir, de su marido, sin ninguna alternativa, ni siquiera para el divorcio.

La mujer no heredaba bienes aunque ésta fuera la primogénita de la descendencia de sus padres. La línea sucesoria se trasladaba al próximo hijo varón, si lo había, y si solo eran hembras las descendientes, entonces había una dispensa especial para que estas pudieran heredar de manera excepcional. En términos reales, la vida pública, la producción y los roles destacados estaban reservados al hombre de manera exclusiva, reduciendo prácticamente a la esclavitud y al sufrimiento a la inmensa mayoría de las mujeres, una situación penosa, gravosa y vergonzante en comparación con las mujeres de Grecia y Roma que aunque no eran exactamente iguales a los hombres, tenían mayor protagonismo que las mujeres del oriente medio, cercano y lejano.

La sagrada institución del matrimonio era arreglada por las familias involucradas en la contratación jurídica, formulando el compromiso inter-partes antes de que la mujer cumpliese los 12 años y medio; solo extraordinariamente, si sobrepasaba esa edad y el padre de la mujer o futura esposa había muerto, ésta podía tener la facultad de elegir o dar su consentimiento para casarse: en pocas palabras, la vida de la mujer estaba supeditada a un negocio jurídico o la mera voluntad del paterfamilias.

Incluso escritores de renombrada fama del siglo I de la era cristiana como el sacerdote, militar e historiador, Flavio Josefo -también citado por Antonio Piñero-, quien en sus libros “Antigüedades Judaicas” y la “Guerra de los Judíos”, menciona a Jesús de Nazaret, como gran profeta de ese siglo, junto con su hermano Santiago, obispo de Jerusalén, en otra de sus obras conocidas, denominada “Contra Apión”, afirma que debido a las notorias diferencias corporales, “la mujer es inferior y peor que el hombre, en cada aspecto de la vida”; como se puede ver, había una posición machista retrógrada, intolerante y de incomprensión de parte de los judíos más notables y de los pueblos orientales en el sentido más amplio, respecto al rol que debía jugar la mujer en sociedad.

Contra todos esos prejuicios acumulados y legalizados, muchos de ellos infundados y frente al crudo extremismo machista de su época, en la región que le tocó vivir, Jesucristo no fue un activista feminista como se pudiera entender hoy en el siglo XXI, sino más bien procuró en su doble condición, tanto de hijo de hombre, como de hijo de Dios, nivelar y rectificar la situación de las hembras, y proclamar la plena igualdad espiritual y la fraternidad de los seres humanos ante el padre celestial, el creador de todos. Y su evangelio transformó de tal manera al mundo que hoy día, gracias a las luchas sociales-laborales-políticas del incipiente feminismo y al cabal entendimiento de la cultura judeocristiana, las mujeres en el occidente hemisférico y de manera predominante, gozan de unos niveles amplios de igualdad jurídica y de reconocimiento social como nunca antes.

 

Nota: Este trabajo de opinión por parte del autor, basado en convicciones reflexivas, exposición de datos verificados y citas bibliográficas de textos establecidos, busca explicar una parte del proceso evolutivo de la humanidad, originado en una praxis espiritual concreta y no representa endoso directo o apoyo subrepticio a ningún movimiento político, social o institucional.

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