Por Otto De La Torre
Hay una escena que se repite con una frecuencia casi imperceptible. Alguien —no necesariamente mayor, pero ya no joven— mira el calendario y se sorprende. “¿Ya es marzo?”, dice. O diciembre. O cualquier otro mes que, hasta hace poco, parecía distante. No hay dramatismo en la observación, solo una leve perplejidad, como si el tiempo hubiese pasado sin pedir permiso.
Durante la infancia, el tiempo tenía otra textura. Los veranos no eran una estación, sino un territorio. Las horas se extendían con una elasticidad generosa, y cada día parecía contener algo que aún no había ocurrido antes. Había, en esa etapa, una suerte de abundancia temporal que no dependía del reloj, sino de la experiencia misma.
Con los años, esa abundancia se diluye. No desaparece del todo, pero se vuelve más difícil de encontrar. Los días se parecen entre sí con mayor frecuencia. Las semanas transcurren sin dejar marcas claras. Y, cuando se mira hacia atrás, lo vivido parece comprimirse, como si hubiese sido almacenado con una eficiencia excesiva.
Durante mucho tiempo, esta sensación se atribuyó a una vaga intuición: que la vida, al avanzar, simplemente se acelera. Sin embargo, la explicación es más sutil —y, en cierto modo, más inquietante. El tiempo no cambia. Lo que cambia es la forma en que la mente lo registra.
La memoria como medida invisible
El cerebro no posee un reloj interno que mida el tiempo de manera objetiva. En lugar de eso, reconstruye la duración a partir de la memoria. Lo que percibimos como “largo” o “corto” no depende tanto de cuánto duró algo, sino de cuánto dejó.
En la juventud, casi todo deja algo. Cada experiencia exige atención, cada entorno requiere interpretación. El cerebro responde creando nuevas conexiones, registrando detalles, generando una secuencia rica de momentos diferenciados. Si uno pudiera observar la memoria de esos años, encontraría una colección densa de episodios, cada uno con su propio contorno.
Esa densidad tiene un efecto curioso: al recordar, el tiempo se expande. No porque haya sido más largo, sino porque fue más lleno.
Con el paso del tiempo, sin embargo, el cerebro aprende. Reconoce patrones. Automatiza respuestas. Reduce el esfuerzo necesario para navegar lo cotidiano. Lo que antes requería atención ahora ocurre sin ella.
Y lo que no requiere atención, rara vez se registra con detalle.
La vida en piloto automático
Hay algo profundamente eficiente en este proceso. Permite que la mente funcione sin sobrecargarse, que conserve energía, que se adapte. Pero esa eficiencia tiene un efecto colateral: la experiencia pierde resolución.
Los días siguen ocurriendo, pero dejan menos huella. Las semanas pasan, pero sin diferenciarse con claridad. Y cuando la memoria intenta reconstruir ese período, encuentra menos puntos de referencia.
El resultado no es que el tiempo haya pasado más rápido, sino que ha sido registrado con menos “marcas”.
Es como si, en lugar de una película con muchos fotogramas, la mente hubiese guardado una versión con menos imágenes. Al reproducirla, todo parece suceder con mayor rapidez.
Lo que el cerebro revela
Durante décadas, esta idea permaneció en el terreno de la intuición. Filósofos y psicólogos la describieron, pero no podían observarla directamente.
Hoy, eso ha cambiado.
Estudios recientes han mostrado que, a medida que envejecemos, el cerebro reduce la frecuencia con la que cambia de estado de actividad. Dicho de otro modo, registra menos “eventos” internos en un mismo período de tiempo.
Donde antes había una sucesión de momentos diferenciados, ahora hay bloques más largos, menos segmentados.
Y esa diferencia —invisible en la experiencia inmediata— se vuelve evidente al recordar.
No son los grandes momentos
Podría pensarse que la solución es acumular recuerdos memorables: viajes, celebraciones, hitos. Pero la evidencia sugiere algo distinto.
Lo que realmente influye en la percepción del tiempo no son los grandes momentos, sino los pequeños cambios. La capacidad de registrar lo nuevo en lo cotidiano: una conversación inesperada, una variación en la rutina, una idea que obliga a pensar de otra manera.
Cuando esa capacidad disminuye, la vida puede seguir siendo significativa, incluso intensa, pero se vuelve menos diferenciada en su estructura.
Y es esa falta de diferenciación —más que la falta de significado— lo que comprime el tiempo.
La posibilidad de expandir la experiencia
Hay, sin embargo, una implicación menos evidente en todo esto. Si el tiempo se contrae cuando la experiencia se vuelve repetitiva, entonces puede expandirse cuando recupera su novedad.
No se trata de cambios radicales. Basta con interrumpir, de vez en cuando, el curso automático de las cosas. Hacer algo de una manera distinta. Prestar atención donde antes no se prestaba. Introducir una ligera fricción en la rutina.
El cerebro, ante lo inesperado, despierta. Registra. Segmenta.
Y, al hacerlo, devuelve al tiempo algo de su antigua amplitud
Un engaño necesario
Quizás lo más notable de este fenómeno es que no implica una pérdida total, sino una transformación. El cerebro no está fallando; está optimizando. Está eligiendo qué conservar y qué descartar.
Pero en esa selección, el tiempo —tal como lo sentimos— se vuelve más ligero.
El reloj no se acelera.
La vida no se acorta en términos objetivos.
Lo que ocurre es más discreto:
se reducen los momentos que decidimos, o logramos, realmente habitar.
Y en esa reducción, el tiempo parece deslizarse con mayor rapidez, como si, en lugar de avanzar, se nos escapara.
Referencias
1. James, W. (1890). Los principios de la psicología (Vol. 1). Henry Holt and Company.
https://psychclassics.yorku.ca/James/Principles/prin15.htm
2. Eagleman, D. (varias obras y entrevistas). Ver: “Por qué el tiempo parece acelerarse a medida que envejecemos”, BBC Reel (2021); “Puedes distorsionar el tiempo, dice profesor de Stanford”, Popular Mechanics (17 de diciembre de 2024).
3. Lugtmeijer, S., et al. (2025). Desdiferenciación temporal de los estados neuronales con la edad durante la observación naturalista. Communications Biology.
https://www.nature.com/articles/s42003-025-08792-4 (Cam-CAN, N=577).
4. Cobertura de Live Science (21 de octubre de 2025), citando a Linda Geerligs.
5. Teghil, A., et al. (2025). La codificación de nueva información… (resumido en Psychology Today, 5 de febrero de 2026).
6. Ornstein, R. E. (1969). Sobre la experiencia del tiempo. Penguin Books.
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