Una opinión sobre ideologías, sistemas y personas (Parte 1)

 

Por: Marcos José Núñez

Es una costumbre del ser humano abocarse a discutir cuestiones del ámbito político de manera ordinaria y eso deriva en muchas ocasiones en acalorados debates en grupos de amigos, compañeros, allegados, conocidos o perfectos desconocidos. Los temas de forma común, se circunscriben a la actualidad política y en ocasiones, pueden tomar el carril de las ideologías detrás de las posiciones políticas que cada quien asume.

Desde hace más de una década, venimos percibiendo que el debate ideológico Izquierda vs. Derecha que parecía haberse diluido o reducido en importancia con el final de la guerra fría, de repente se ha vivificado (el autor italiano, Norberto Bobbio, advertía que cuando parecen diluirse las luchas ideológicas, se produce un paradójico resurgimiento) y lo ha hecho con una fuerza inusitada en el ambiente político, haciendo que gentes comunes y corrientes toman partido, asumiendo posturas de ataques a la derecha o la izquierda, según sea el caso, en ocasiones impulsados por movimientos políticos que han pasado del desahogo en las post-contemporáneas redes sociales a la protesta ciudadana con movilizaciones masivas en una buena parte de los casos.

Tanto en Estados Unidos de América como en varios países de la Unión Europea y en el Reino Unido, se ha verificado un reinicio de la polarización ideológica, que de manera insólita ha traído al escenario fuerzas muy derechizadas en términos discursivos -casi llegando al extremismo en algunos casos- logrando una notable influencia en la población votante a tal punto que se han convertido en opciones de poder real (el caso de la votación insólita que resultó en el Brexit de 2016 o la salida del Reino Unido de la Unión Europea) mientras la izquierda y derechas moderadas que durante décadas dominaron, hoy día lucen escuálidas frente a esta nueva situación.

Pero antes de seguir, debemos de establecer brevemente y primero, que es izquierda y que es derecha desde la mirada tradicional, para entonces poner en contexto a los potenciales lectores de este trabajo de opinión.

La noción de derecha e izquierda tal y como la conocemos surgió definitivamente a partir de la revolución francesa, cuando los jacobinos y los girondinos asumieron posturas de identificación en razón del lado en que se ubicaban en los salones que los reunían para discutir cómo asamblea, los pasos a dar para las transformaciones necesarias que hicieran viables los postulados que enarbolaba la revolución.

La derecha que se ubicaba al lado derecho de quien preside la asamblea eran los llamados conservadores o girondinos (derecha moderada), quienes defendían mantener parte del status quo como la monarquía pero con parlamento y constitución, el derecho de propiedad y la votación restringida e indirecta sólo para electores varones.

La izquierda eran los llamados “club de los jacobinos o radicales” (en los siglos XVIII y XIX los clubes sociales derivaban en facciones o partidos), sentados en bloque a la izquierda del salón y quienes se identificaban con las ideas de crear una república con parlamento y constitución, liberándose del yugo monárquico, impulsando la plena igualdad entre todos los individuos y el voto universal, directo pero solo del hombre exclusivamente.

Estas denominaciones de “Jacobinos” y “Girondinos” se explican en el caso de los primeros, liderados por el revolucionario Robespierre, como discípulos directos de las ideas del filósofo e ilustrado, Juan Jacobo Rousseau, descritas en su obra “El contrato social”, y en el caso de los girondinos, su designación obedecía más a los regionalismos, dado que dicho club estaba conformado por franceses de la región sudoccidental de “La Gironda” e inicialmente fueron llamados “brissotinos”, por su líder, el burgués y conservador, Jacobo Pedro Brissot.

Desde entonces y a partir de la influencia determinante y arrolladora de la revolución francesa, las corrientes políticas en gran parte de occidente, se basaban en ese esquema ideológico de dos contrapuestos, es decir liberales-conservadores que se traducía de manera casi total en la diada de izquierda-derecha.

Mientras eso pasaba en Francia y poco a poco se diseminaba su alcance en el resto del mundo, en Estados Unidos de América, país que apenas iniciaba su andadura institucional, la discusión entre los ganadores de la revolución libertadora y de independencia americana contra Inglaterra, no se ubicó de forma total en la contraposición izquierda-derecha asamblearia de los franceses, sino que las posturas se definieron inicialmente entre los que estaban a favor de un gobierno central fuerte y una presidencia casi monárquica (Federalistas) y los que propugnaban por un equilibrio de los poderes del Estado nacional y mayor autonomía para los Estados federados (Demócratas-Republicanos).

Aunque se podía decir que en la Unión Americana, demócratas-republicanos tendían a ser liberales y federalistas tendían a ser conservadores, es más adelante con motivo de diferencias filosóficas con respecto al tema de la esclavitud y cambios en el modelo económico que en los Estados Unidos de América de mediados del siglo XIX, se comienzan a definir mejor quienes eran los liberales representados en el Partido Republicano de ese momento, con mucha fuerza en el norte quien vence en la guerra civil e impone la industrialización masiva y la liberación de los esclavos negros, y los conservadores, identificados mayormente en el Partido Demócrata con gran fuerza en el sur, quienes abogaban por mantener el modelo agroexportador de plantaciones y la esclavitud de la que dependían para hacer sostenible su economía.

En Hispanoamérica como ya hemos señalado, la influencia de la revolución francesa penetró con fuerza, siendo la fuente de inspiración primordial de las guerras de independencias victoriosas pero, también el modelo político y democrático revolucionario estadounidense fue decisivo en la manera en cómo se organizaron los Estados y los partidos en nuestro continente, convirtiéndose esto en una influencia híbrida, cruzada, mezclada y determinante en términos ideológicos y políticos obviamente.

Tanto en el caso de Colombia como de Venezuela, después de la disolución de la Gran Colombia, surgen unos años después grupos políticos enfrentados; en lo referido al caso del primero, surge el Partido Conservador y el Partido Liberal, polarización política que se extendió por más de 150 años; en Venezuela también surgen los conservadores dirigidos por el caudillo y héroe nacional, José Antonio Páez y la facción liberal que se le oponía con los famosos caudillos autocráticos, los hermanos Monagas a la cabeza (José Tadeo y José Gregorio), llegando a desatarse cruentas guerras civiles en dicho país entre ambos bandos, dado que unos defendían la organización federal del Estado y otros creían en una república unitaria y centralista (la diada entrelazada franco-estadounidense de federalistas/liberales o izquierda versus centralistas/conservadores o derecha), situación que se replicó con sus particularidades locales en su vecino Colombia, en otros países de Centroamérica, Argentina, México y en menor medida en nuestro pequeño país, República Dominicana, como fue la oposición entre liberales/izquierda (trinitarios e independentistas puros) y conservadores/derecha (partidarios de protectorados extranjeros).

En esa misma época en que tanto en Latinoamérica como en Estados Unidos de América, las fuerzas liberales y conservadoras comienzan a perfilarse mejor, en Europa, lugar en el que las fuerzas políticas estaban ya plenamente desarrolladas al igual que el capitalismo, surge un judío alemán con una fuerte formación filosófica llamado Carlos Marx, quien comienza a desarrollar una serie de obras (El Capital, Manifiesto Comunista, por mencionar algunas) de profunda critica al modelo político-social instaurado y al sistema económico capitalista imperante que lo sustentaba.

Tanto liberales como conservadores en el contexto epocal, estaban conformados por dirigentes políticos que se adscribían al sistema económico capitalista, estuviese o no desarrollado en los países (léase Europa o Hispanoamérica) y el que había sido denominado así coincidiendo con la independencia estadounidense, por el escritor y teórico británico, Adam Smith; en ese contexto, todavía vigente a mitad del siglo XIX, que éstos grupos se ven duramente señalados por Marx, quien los consideraba como burgueses enemigos de las luchas sociales del proletariado mundial (obreros) por la emancipación de los abusos de que eran objeto por parte de los dueños del capital (fábricas, comercio, sector agrícola en menor medida) y plantea en el “Manifiesto Comunista” el surgimiento del socialismo como alternativa intermedia y del comunismo como etapa superior del socialismo, esta última alternativa real y definitiva frente a un estado de cosas que tendía a defender injustamente una excesiva concentración de poder y recursos de unos cuantos, en desmedro de la comunidad humana.

El socialismo-comunismo surge al inicio como un reto desafiante a la díada izquierda-derecha, dado que no veía grandes diferencias entre conservadores-liberales, los cuales a su vez, excluían en principio, de todo debate ideológico al socialismo, considerándolo como una postura absolutamente extremista sino que peligrosa para el statu quo, no obstante, el socialismo no contaba con mucha fuerza en principio hasta que en Europa, la sindicalización gradual de los trabajadores en las fábricas a la que contribuyó indudablemente el marxismo como referente de nacimiento del socialismo, posibilitó que su crítica, bastante cargada de señalamientos de las fallas evidentes del sistema, comenzará a convertirse en una ideología completamente diferenciada de la definición clásica de izquierda-derecha que era excluyente todavía a finales del siglo XIX.

Con la evolución de la política, la economía y las sociedades, igualmente comenzaron a aparecer variantes o reinterpretaciones del socialismo, que en algunos casos proyectaban una moderación respecto a los planteamientos del socialismo real pero, manteniéndose contestatarios al statu quo y en otros casos, se convirtieron en corrientes de pensamiento funcionales al sistema capitalista que ante la organización sindical cada vez mejor articulada y resiliente a los excesos implícitos del capitalismo, lograron importantes conquistas sociales y laborales; en tal sentido, adquieren protagonismo la socialdemocracia que había surgido precisamente en la Alemania de Marx -y de la que surge la seguridad social de que gozamos hoy-, el socialismo democrático como variante puntual en ciertas latitudes, el laborismo a partir de los sindicatos masificados y confederaciones sindicales politizadas y por último, el ascenso del comunismo en Rusia, transformada con la revolución bolchevique en Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El mundo occidental todavía mantenía en su sistema político la confrontación entre derecha e izquierda pero, la realidad es que las distintas tendencias del socialismo e incluso el comunismo, ganaban cada vez más terreno entre los países de capitalismo desarrollado -y en menor medida en la subdesarrollada América Latina-, reduciendo el liberalismo clásico casi a su mínima expresión, como fue el caso inicial de Reino Unido, en donde el laborismo como organización partidaria, adquirió tanta fuerza que pasó a ocupar una representación progresiva de escaños en el parlamento y eventualmente se convirtió en segunda fuerza consolidada frente al conservadurismo a mediados del siglo XX.

La segunda guerra mundial y su resultado a favor de los aliados fue un parteaguas para el surgimiento de las llamadas súper potencias y también para un fortalecimiento de las izquierdas europeas ante el desastre que había devenido el ascenso del fascismo y el nazismo. Durante décadas, la derecha conservadora se convirtió en una fuerza minoritaria en casi todo el viejo continente excepto quizás en España y Reino Unido, mientras que la socialdemocracia y la democracia cristiana impulsada por la doctrina social de la iglesia católica (la derecha e izquierda moderadas y puentes entre los opuestos) comenzaron a alternarse en el gobierno, manteniendo prácticamente intacto los fundamentos del sistema capitalista pero con algunas reformas importantes que mantenían a flote todo el engranaje.

Autores de una gran legitimidad intelectual como Jean Paul Sartre, quien era visto como un hombre de izquierda, ya en esa época entendía que establecer la diada excluyente de izquierda y derecha carecía de fundamento real para clasificar el pensamiento ideológico, por tratarse solo de designaciones lingüísticas y hoy en día, se plantea que debería hablarse en realidad -visto específicamente desde ese punto de vista dual- de un binomio progresistas-conservadores en sustitución de Izquierda vs. Derecha.

Según Bobbio, en su obra best-seller de 1994, ««Derecha e izquierda» son dos términos antitéticos que, desde hace más de dos siglos, se emplean habitualmente para designar el conflicto entre las ideologías y los movimientos en que está dividido el universo, eminentemente conflictivo, del pensamiento y de las acciones políticas.»

Otros autores contemporáneos en cambio, creen que categorizar el espectro ideológico en diadas, ya resulta bastante anticuado sino anacrónico y de lo que hay que hablar en principio es de triadas como el tercero incluido o espacio intermedio entre dos visiones que tienden a ser divergentes.

La realidad es aún más compleja. El trasfondo político-histórico de la humanidad a lo largo de la era contemporánea y las complejidades del mundo actual, nos llevan a ampliar más el espectro, reconociendo la posibilidad de que existan poliadas o multiadas, es decir, más pluralidades ideológicas…

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