Por Antonio Corcino

La escalada de tensiones en Oriente Medio desde febrero de 2026, con Irán como eje, ha incrementado la volatilidad en los mercados energéticos y elevado el precio del petróleo, generando efectos directos sobre la economía global y el turismo.

El crudo Brent y WTI tienden a superar los US$100 por barril, con riesgos de alcanzar US$150, lo que podría desacelerar el crecimiento mundial. Como en los choques petroleros de 1973, 1979 y 2008, provocó encarecimiento energético, impactando el transporte, la logística y la movilidad internacional.

En ese sentido, la localización del estrecho de Ormuz lo coloca como un punto crítico del comercio energético global; su actual alta inestabilidad eleva costos operativos, altera rutas comerciales y presión a la inflación global.

En este contexto, el turismo internacional entra en fase de ajuste. El aumento del combustible, por ejemplo, representa entre 20% y 40% de los costos de las aerolíneas; eso obliga a reducir sus frecuencias, encarecer las tarifas y redistribuir los flujos hacia destinos más seguros.

Como resultado, regiones estables como el Caribe y Europa se convierten en refugios a mayor demanda turística, mientras destinos en conflicto como Catar pierden competitividad.

Este patrón confirma que los choques energéticos no solo afectan la economía: reconfiguran la conectividad global y el mapa turístico, donde la estabilidad se convierte en ventaja estratégica.

Impacto inmediato del conflicto

El turismo global, organizado en regiones de alta concentración de capital y visitantes, enfrenta una reconfiguración. El Oriente Medio, como polo emergente de lujo y conectividad, compite con Europa y el Caribe, pero los presentes conflictos de inestabilidad lo reducen como atractivo; los turistas, como las aves, van donde hay ambiente de paz, seguridad y salubridad.

En cambio, lo que se produce en los precios de los combustibles causado por la escalada bélica en Irán se refleja en los costes operativos globales con consecuencia sistémica, lo que recomienda adecuarse. Por ejemplo, las aerolíneas necesariamente terminarán ajustando sus rutas y frecuencias, mientras que los agentes de viajes redistribuirán los flujos turísticos hacia destinos más seguros, intensificando la competencia y abriendo oportunidades para los países estables.

Choques petroleros y economía global

Los shocks petroleros de 1973, 1979 y 2008 confirman un patrón recurrente: la geopolítica desencadena crisis energéticas con efectos sistémicos. En 1973, el embargo de la OPEP cuadruplicó los precios; en 1979, la revolución iraní los duplicó; y en 2008, la demanda de países emergentes (China), el crudo alcanzó US$147 por barril antes de desplomarse. En todos los casos, el resultado fue inflación global, desaceleración económica y alta volatilidad en los mercados.

Estos episodios impactan directamente el transporte y la logística internacional. El cierre de espacios aéreos y el encarecimiento del combustible obligan a rediseñar rutas, ajustar tarifas y modificar la dinámica del comercio y el turismo global. En la aviación, el jet fuel representa entre el 20 % y el 40 % de los costos operativos, lo que lleva a las aerolíneas a reducir frecuencias, aplicar recargos y encarecer los boletos, afectando la demanda turística.

El transporte aéreo es clave para el turismo: más del 55 % de los viajeros internacionales se moviliza por esta vía, siendo esencial para regiones como el Caribe. Evidencia una relación de interdependencia: el turismo depende de la conectividad aérea, y las aerolíneas dependen del flujo turístico como fuente principal de ingresos.

En paralelo, los conflictos geopolíticos también encarecen el transporte marítimo, elevan los costos de seguros y presionan las cadenas de suministro. En algunos casos, los costos logísticos aumentan por encima del 140 %, trasladándose los precios globales a los bienes y los servicios.

Como históricamente ha ocurrido, los choques petroleros no solo afectan la energía: reconfiguran el transporte, encarecen la logística y condicionan el desempeño del turismo, sino que muestran una economía global altamente sensible e interdependiente a estos tipos de eventos.

Energía y geopolítica reconfiguran economía global 2026

La experiencia de los shocks petroleros de 1973, 1979 y 2008 evidenció un patrón común: la geopolítica como detonante de crisis energéticas con impacto global. Ahora bien, la situación en el estrecho de Ormuz, en pleno desarrollo en el 2026, es un enfrentamiento que se exporta hacia otras fronteras; también reprograma alianzas y rivalidades entre bloques que mantienen al petróleo como eje de poder estratégico.

Por cómo actúa la energía, capaz redefine las relaciones internacionales, rutas comerciales y seguridad global; lo confirma como sujeto central en la dinámica económica y política mundial.

También, la percepción de seguridad replantea los flujos turísticos: caen reservas en zonas de conflicto y aumentan en destinos estables. Países como España registran incrementos de hasta 29 % en reservas, beneficiándose fruto de la reprogramación hacia destinos seguros.

Otro factor recurrente ha sido el desequilibrio entre oferta y demanda en cada uno de estos episodios en Oriente Medio, generando volatilidad e inflación. La presión sobre los precios se traslada al transporte, a las cadenas de suministro y al consumo, condicionando el crecimiento económico global para este año.

A diferencia de las disputas anteriores, el escenario actual impulsa una transformación estructural hacia energías renovables y sostenibilidad. La actividad turística muestra mayor resiliencia, pero sigue vinculada a los costos energéticos.

En este entorno, economías como la del Caribe dominicano están en una ventaja privilegiada por su estabilidad y diversificación para atraer turistas e inversión y afianzar su crecimiento, al turismo como capital y amortiguador frente a la volatilidad global.

Energía, geopolítica y transición

El escenario que surge a partir de febrero de 2026 con los conflictos en Irán, que combina tensiones geopolíticas con transición energética, manteniendo presión sobre los precios. A diferencia de crisis anteriores, en esta oportunidad se encuentran cambios estructurales hacia energías renovables, mayor oferta y modelos más sostenibles.

En esta coyuntura, el Caribe dominicano está colocado en una posición privilegiada por su estabilidad para atraer inversión y turistas, y seguir apelando al turismo como un amortiguador frente a este momento de volatilidad global.

Cómo los shocks petroleros elevan costos, reconfiguran rutas y redistribuyen flujos turísticos internacionales. En este entorno, la estabilidad se convierte en ventaja competitiva, mientras el turismo actúa como mecanismo de adaptación y sostén del crecimiento económico.

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