Por Marcos Sánchez

Mientras se publicaba en este medio el siguiente capítulo semanal de la novela en el género thriller psicológico The Pop Killer de Mark Rumors, recibimos vía WhatsApp del amigo Andrés Rodríguez, abogado y escritor romanense, el artículo reciente publicado en Diario Libre, autoría de José Luis Taveras  el cual plantea una inquietud que, aunque no es nueva, sí resulta cada vez más recurrente en círculos intelectuales: la presunta desaparición del lector. Su tesis, expuesta con lucidez literaria y una honestidad poco complaciente, sugiere que escribir en la actualidad es, en gran medida, un acto condenado a la invisibilidad.

El diagnóstico es contundente: “no nos leen”. Sin embargo, la contundencia de la afirmación exige una revisión más precisa de sus premisas. No tanto para refutarla de forma reactiva, sino para reubicarla en el contexto correcto.

Porque el problema no es la ausencia de lectura. Es la transformación radical de sus formas.

La falacia de la lectura única

Una de las principales limitaciones del planteamiento de Taveras es su anclaje en una concepción tradicional de la lectura: lineal, prolongada, silenciosa y, en muchos casos, asociada al libro como objeto físico o al ensayo como formato dominante.

Bajo ese marco, es comprensible concluir que se lee menos. Pero esa conclusión parte de un recorte metodológico: se observa solo un tipo de lectura e ignoran los demás.

Hoy, la lectura no ha desaparecido; se ha fragmentado, distribuido y adaptado a nuevas dinámicas cognitivas. Se lee en:

• interfaces digitales
• subtítulos de video
• hilos argumentativos en redes sociales
• boletines informativos
• conversaciones extensas en plataformas de mensajería
• contenidos asistidos por inteligencia artificial

Este ecosistema no elimina la lectura; la multiplica. Lo que sí hace es desplazar su centro de gravedad.

De la profundidad al flujo

La lectura contemporánea ya no responde exclusivamente al modelo de inmersión profunda, sino a uno de interacción constante. El lector actual no solo consume: filtra, salta, compara, descarta y regresa.

Esto no implica necesariamente una degradación intelectual, como suele insinuarse desde posturas nostálgicas. Implica, más bien, una adaptación a un entorno saturado de estímulos donde la atención se ha convertido en el recurso más escaso.

En ese sentido, la pregunta no debería ser “¿por qué no nos leen?”, sino:
¿en qué condiciones estamos siendo leídos?

El nuevo problema: no escasez, sino sobreoferta

Nunca antes en la historia se había producido y distribuido tanto contenido escrito como ahora. La digitalización, lejos de erosionar la escritura, la ha democratizado hasta niveles inéditos.

Cualquier usuario con acceso a internet es, potencialmente, un emisor de texto. Plataformas, blogs, redes y sistemas de inteligencia artificial han convertido la palabra escrita en una unidad de circulación masiva.

Esto genera un fenómeno estructural:
la saturación de contenido frente a una atención limitada.

En ese escenario, la invisibilidad de muchos autores no responde exclusivamente a la falta de lectores, sino a la dificultad de destacar en un entorno hipercompetitivo.

No es que no existan lectores. Es que existen demasiados textos compitiendo por ellos.

El desplazamiento del rol del escritor

Otro elemento que el artículo de Taveras toca tangencialmente, pero no desarrolla, es la transformación del rol del escritor.

Durante siglos, escribir bien era suficiente para aspirar a ser leído. Hoy, ese criterio sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente.

El escritor contemporáneo opera, consciente o no, dentro de una lógica de:

• distribución
• visibilidad
• formato
• temporalidad
• adaptación al canal

Esto no degrada la escritura; la contextualiza. La obliga a dialogar con el medio en el que circula.

Ignorar este cambio equivale a escribir en un idioma correcto, pero en un espacio donde nadie está escuchando.

¿Crisis de lectura o crisis de expectativas?

La sensación de abandono que describe Taveras podría interpretarse, en realidad, como una crisis de expectativas heredadas.

Se sigue esperando del presente una respuesta cultural propia de otro tiempo:
un lector paciente, concentrado y fiel a formatos largos.

Pero el lector actual es distinto. No peor, sino distinto.

Consume de manera fragmentaria, sí. Pero también es capaz de:

* procesar múltiples fuentes simultáneamente
* detectar valor con rapidez
* interactuar con el contenido
* redistribuirlo

El problema no es su incapacidad de leer, sino la desalineación entre lo que se ofrece y cómo se consume.

La escritura como necesidad, no como validación

En uno de los pasajes más logrados de su texto, Taveras recuerda que escribir no depende exclusivamente de ser leído. En esto coincide con autores como Virginia Woolf, quien entendía la escritura como una forma de placer esencial, o Haruki Murakami, que la describe como una apertura al mundo interior.

Incluso Gabriel García Márquez admitía motivaciones íntimas para escribir, más allá del reconocimiento externo.

Ese argumento, lejos de reforzar la idea de una crisis, la debilita. Porque si escribir responde a una necesidad estructural del individuo, entonces su vigencia no depende del volumen de lectores, sino de su función humana.

Lo que realmente está ocurriendo

Más que una desaparición del lector, asistimos a tres transformaciones simultáneas:

1. Dispersión de la atención
El tiempo de consumo se divide entre múltiples formatos.

2. Hibridación de medios
Texto, audio y video convergen en una misma experiencia.

3. Reconfiguración del valor
El contenido compite no solo por calidad, sino por relevancia inmediata.

Estas variables redefinen el ecosistema, pero no lo vacían.

Síntesis: la lectura no muere, muta

Decir que “no nos leen” puede ser una percepción legítima desde la experiencia individual, pero resulta insuficiente como diagnóstico cultural.

La lectura no ha muerto. Se ha desplazado, acelerado y diversificado. El desafío para quienes escriben no es resistirse a ese cambio, sino comprenderlo. No para diluir la profundidad, sino para encontrar nuevas formas de sostenerla dentro de un entorno distinto.

Porque si algo sigue siendo cierto —ayer como hoy— es que las ideas encuentran su camino.
La diferencia es que ahora lo hacen en más direcciones, a mayor velocidad y bajo reglas que aún estamos aprendiendo a descifrar.

 

Marcos Sánchez: Fundador y Editor en Jefe de Exposición Mediática. Con tres décadas en medios y veinte años como articulista, ejerce un periodismo de interpretación públic que articula análisis riguroso y reflexión cultural. Su trabajo se centra en la legalidad, la interpretación de procesos complejos y el interés ciudadano. Es locutor, escritor, profesor bilingüe, creativo y actor. Su propuesta editorial integra un enfoque cultural y didáctico permanente, orientado a la formación de criterio ante debates nacionales e internacionales.

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