Por Marcos José Núñez

El mundo hoy día vive en una de las etapas más fascinantes y en algunos aspectos inimaginables en épocas anteriores para una parte de la población, la que goza y disfruta ampliamente de tecnologías de la información catalogadas como muy disruptivas.

Esas tecnologías a las que aludimos en este artículo, se han desarrollado con tal nivel de celeridad, que permiten al ser humano conseguir datos o textos para fines de investigación, aprendizaje académico, compilación personal o colección formativa a la velocidad de un clic a través de la web.

Pero como sabemos aquellos que nacimos en los últimos veinte años del siglo XX y también las generaciones anteriores a nosotros, no siempre las cosas fueron de ese modo. La manera de leer, como ejercicio intelectual primario para absorber información e incorporar a nuestro dominio y eventualmente transmitirse por cualquier medio, ha ido cambiando de manera que actualmente no leemos ni aprendemos de la misma manera.

En nuestra época de niños y adolescentes, aún en la primera etapa de la adultez, leer un libro, revista, fascículo, boletín, periódico, enciclopedia, almanaque, etc. implicaba hacer un esfuerzo de adquirir un ejemplar en cualquiera de los formatos ya mencionados, para proceder al deleite de su lectura o en su defecto, pedirlos prestados a un relacionado de referencia, así como acudir a una biblioteca pública o privada, para consultar la fuente documental de nuestro particular interés.

En ese entonces, tocar las páginas de un libro o documento impreso, se convertía en una agradable experiencia, algo así como “otherwordly”, sobre todo para los que más vocación genuina tenían por la lectura e igualmente para aquellos que escribir lo aprendido, podía transformarse en una experiencia religiosa.

El acceso a la lectura y por consiguiente a la escritura se fue democratizando con el paso del tiempo hasta llegar a lo que tenemos hoy. Todavía en la época del renacimiento, escribir un libro y copiarlo era un largo proceso hasta que Gutenberg inventó la imprenta. Para que tengamos una idea, todavía en la Edad Media, tener habilidades básicas para lectura, era patrimonio de unos cuantos, verbigracia en las sociedades occidentales europeas que antecedieron el descubrimiento de América.

Hablamos que el conocimiento y la intelectualidad era solo privilegio de castas. De ciertas jerarquías escogidas. De unos pocos ciudadanos con un perfil o categoría social específica o con determinadas habilidades o talentos, mientras había una inmensa cantidad de analfabetos por doquier.

Yéndonos aún más atrás, podemos encontrar en la Edad Antigua, algunos grandes reyes babilónicos y asirios, especialmente preocupados por tener bibliotecas “líticas”, esto es, toda una serie de datos o textos recopilados en forma de documentos hechos en piedra o en tablillas arcillosas como una manera de almacenar conocimiento, concentrar poder y dejar un legado para la posteridad.

Más adelante, los egipcios con su gran creatividad, crearon obras pictóricas codificadas en sus idiomas jeroglífico, hierático y demótico, sobre estelas en palacios, salas en los templos y pirámides, es decir, muros y paredes atiborrados de relatos de sus dioses y de su larga historia como civilización, como una forma de hacer duradero y transmisible gran parte de su cultura para el porvenir. Y también nos legaron la creación del papiro, hoja extraída de un árbol que crecía en las orillas del Nilo que sirvió para poder hacer más duradera la lecto-escritura de tal forma que todavía hoy conservamos documentos que nos remiten directamente a nichos de conocimiento del mundo antiguo.

Pero el más grande esfuerzo de recolectar fuentes documentales, organizarlas, sistematizarlas y ponerlas al servicio del engrandecimiento de la civilización, bullía en la mente del gran conquistador, Alejandro Magno. Y aunque partió de este mundo siendo aún muy joven, su amigo personal, oficial militar de confianza y sucesor en el trono egipcio, Tolomeo, mantuvo viva la idea de su jefe y en homenaje al más grande de los reyes macedonios, construyó en la nueva capital del mítico país de Egipto, Alejandría, la primera gran Biblioteca-Museo-Universidad que conoció la humanidad.

De ese modo, la biblioteca de Alejandría se convirtió en el centro no oficial de la intelectualidad del mundo grecorromano, atrayendo sabios y hombres de ciencia de todos los rincones conocidos, para acceder a pergaminos, tablillas o papiros de primera mano y estudiar a profundidad diversos tipos de literatura y por consiguiente en la mayoría de los casos, dejar aportes valiosos por escrito, para aquellos que más adelante tuvieran el interés de mantener con todo lo que ello implica intelectualmente, la cadena del proceso de aprendizaje.

Según describe la autora hispánica, Irene Vallejo en su reciente obra “El infinito en un junco”, para una gran parte de los sabios antiguos en la época de predominio helénico, la verdadera riqueza era el conocimiento, por eso en la Universidad de Alejandría (Museo-Biblioteca), éstos actuaban como instructores en todas las ramas del saber con la coordinación de un sacerdote, teniendo todos los bienes en común y recibiendo apoyo por parte del Estado (griegos o romanos) con el propósito de mantenerse enfocados en sus deberes profesionales de preservar el conocimiento e instruir en sus distintas categorías.

Y es que reunir entre 42 mil a 700 mil volúmenes en la antigua biblioteca de Alejandría -una entidad de esa envergadura-, sin dudas fue un proyecto muy ambicioso y visto además, como una manera novedosa de conectar, administrar y de unificar el mundo conocido, bajo la hegemonía de un centro de pensamiento, promotor del avance efectivo de aquellos cuyas inquietudes naturales, les impulsaba sistemáticamente a buscar fuentes de sabiduría con el objetivo de enriquecer su acervo personal o realizar algún trabajo en concreto. Las bibliotecas, los archivos generales, las escuelas superiores todavía existen pero en paralelo, el mundo del conocimiento está en abstracto, más unificado y conectado que nunca.

Desde ese entonces y como indicamos más arriba, es mucho lo que hemos avanzado como raza, como conjunto civilizatorio. Hoy día tenemos en todas partes del globo, millones de profesores, maestros, orientadores, facilitadores y miles de colegios, escuelas, universidades, institutos, centros de pensamiento, fundaciones, etc. Hemos florecido y progresado en altísimo grado, teniendo como punto de partida, aquel referente primordial.

Pero gracias al Internet, esa enorme biblioteca de Alejandría con billones de terabytes de información, colocada en línea desde finales del siglo pasado, se ha puesto a disposición del público en general, conexiones a volúmenes enormes de datos en todas las presentaciones posibles a través de enlaces o portales que conducen nuestras mentes hacia una nueva realidad: autopistas estelares de información que nos permiten viajar imaginariamente y en tiempo real por el universo ilimitado del conocimiento.

Y por cada mundo, sistema, galaxia o constelación que recorremos en nuestras “naves computarizadas” tipo PC, Laptop, Tableta, Consola, Ipad, Lentes, Teléfono Móvil, etc. Se abren posibilidades casi infinitas de educarnos e instruirnos sobre un sinfín de materias de nuestro interés o por referencias de otros. Y en esa misma tesitura, de manera oportuna, surgieron buscadores como Yahoo o el mega-portal de Google con sus algoritmos, los diferentes tipos del libro digital, el uso de aparatos como el Kindle, el acceso a aplicaciones de video y otras tantas maneras de saber, de enterarnos, de aprender, que al momento de escribir estas palabras, el que no sabe de cualquier tema es sencillamente porque no quiere.

Y ciertamente, las librerías sobre todo en países tercermundistas como el nuestro, con una parte de la población que detenta algunas carencias educativas, parecen estar en una situación difícil; estamos viviendo en la era de la crisis de los libros y de los escritores, lo que se explica por el otro lado con el fenómeno de las redes sociales y la inmediatez informativa, aspecto que ha disminuido cualitativamente y en cierto modo, el interés puro y duro por la lecto-escritura.

No obstante esa situación crítica que señalamos, hay que seguir apostando por fomentar la lectura e inducir la escritura como política pública transversal y como esfuerzo privado mancomunado, sin renunciar a las nuevas formas de aprender o informarse, evitando relegar a un segundo plano o descalificar completamente como “intelectuales de supermercado”, aquellos que han prescindido de lo impreso, de lo escrito, para obtener por asistencia directa, alguna orientación informativa o crear textos, como por ejemplo, ha sido el uso cada vez más generalizado de la inteligencia artificial colaborativa o generativa online, servicio provisto por las grandes compañías tecnológicas que dominan esa área. Hay que entender que cada medio tiene su utilidad y espacio ganado, lo que procede es tener criterio y perspicacia para su aplicación.

La libertad plena para alcanzar el conocimiento o para transmitirlo, ha traído enormes beneficios al ser humano y ha abierto puertas que parecían cerradas, incluso para gente común con sed de aprender o de enseñar. Y ha añadido una nueva e insólita categoría de seres que podrían considerarse más o menos pensantes en el discurrir del mundo actual: los denominados por nosotros como “Intelectuales de Google”, los cuales perfectamente pueden convivir y existir conjuntamente con la sólida intelectualidad tradicional.

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