Por Marcos José Nuñez
Desde que tenemos uso de razón y empezamos a conocer de dónde vienen nuestras creencias y nuestra cultura, sobre todo para los que se interesan, nos enteramos que existe un señor mayor muy reverenciado que vive en la ciudad de Roma y que vestido con una especie de bata o túnica, le llaman “El Papa” y ejerce como el jefe de la Iglesia Católica y Apostólica, desde la cual se dedica a repartir bendiciones y a extender su influencia religiosa por doquier.
Eso se debe a una especie de tradición eclesiástica profundamente arraigada en atribuirle a Roma una importancia fundamental, por ser entre otros motivos, capital del imperio que abrazó el cristianismo; sin embargo se trata de una tradición que apareció siglos después de la resurrección de Jesucristo y de la existencia del apóstol Pedro, de quien se dice es el primero de una larga sucesión de 266 Papas, quienes han fungido como líderes máximos y espirituales de la iglesia hasta el siglo XXI.
El liderato apostólico de Pedro como primer Sumo Pontífice, se basa en lo que indica el evangelio de Mateo 16, 18 en un pasaje en el que Jesús afirma (parafraseamos) que sobre Simón Pedro como «piedra» construirá su iglesia y que tendría la llave del reino de los cielos en la tierra. Puede que ese pasaje fuese en realidad no una designación sino una profecía de Jesucristo como otras tantas acerca de lo que sería el destino de Pedro como futuro obispo de Roma y de la importancia que cobraría esa gran ciudad europea como parte de los esfuerzos por llevar el evangelio a todas las naciones hasta el fin del mundo.
Pero por otra parte, Eusebio de Cesarea, autor del libro «Historia Eclesial» quien cita a su vez a Clemente en el tomo VI de las «Hypotyposeis», escribe que Pedro y los hermanos Zebedeo (Juan y Jacobo), después de la ascensión del Señor, siendo los dirigentes más notables del Nuevo Camino, no quisieron reservarse el honor de un cargo de dirección del naciente movimiento espiritual sino que ordenaron obispo de Jerusalén a Santiago Justo, el hermano de Jesucristo.
En el tomo VII de la misma obra de Clemente a la que alude Eusebio, dice que: “El Señor, después de su ascensión, entregó el conocimiento a Santiago el Justo, a Juan y a Pedro; éstos a su vez lo entregaron a los otros apóstoles y a los setenta; entre ellos se hallaba Bernabé.»
También dice Eusebio que Santiago Justo, llamado así por los antiguos cristianos dada la excelencia de su virtud, su ética y su gran piedad, fue el primero en recibir el “trono episcopal” de la iglesia de Jerusalén. El Trono episcopal es conceptualmente la función que hoy detenta y sobre la que se sienta el Santo Padre, jefe de la iglesia católica apostólica desde sus oficinas en El Estado del Vaticano dentro de Roma, Italia. Eusebio al referirse a Santiago Justo hace hincapié varias veces en que fue escogido para el «trono episcopal» después de la ascensión de Jesucristo.
De acuerdo con Eusebio, Pedro habría llegado a la ciudad de Roma por primera vez, en el reinado del emperador Claudio (quien gobernó desde el año 41 al 54 d.c.) con motivo de instalarse allí una gran herejía de un antiguo adversario de los apóstoles, llamado Simón Mago. El autor indica que entre el colegio apostólico, Simón Pedro era considerado como el portavoz (es decir, vocero, no jefe ni obispo) de todos los demás gracias a su virtud y se sobreentiende que por su valentía, liderazgo y facilidad de palabra. No dice que fuera el obispo cristiano de esa ciudad en esa época todavía, ni que fuera jefe formal de ninguna estructura, no obstante era líder entre los doce y en el gobierno eclesial.
Hegesipo, un autor eclesiástico, dirigente de la iglesia y miembro de la jerarquía de sucesión apostólica dice en la quinta parte de sus memorias mencionado por Eusebio de Cesarea que, “Santiago Justo, hermano del Señor es el sucesor, con los apóstoles del gobierno de la iglesia. A éste todos le llaman «Justo» ya desde el tiempo del Señor y hasta nosotros, porque muchos se llamaban Santiago (Jacobo).» Y luego explica que por lo exagerado de su justicia, le pusieron por sobrenombre «Justo» y «Oblías» esto último que en griego significa conceptualmente “protección del pueblo y hacedor de justicia”.
De lo anterior se puede entender claramente que en los primeros cuarenta años del cristianismo, había un jefe administrativo de toda la secta u organización religiosa y sus distintas iglesias (sedes, comunidades y asambleas) pero que el liderazgo apostólico se había instituido de forma colegiada y de esa forma se hacían casi todas las escogencias, se decidían las soluciones a diferendos y se supervisaba el progreso de los trabajos de crecimiento espiritual en cada lugar.
Pues este Santiago Justo, obispo de Jerusalén, famoso por su rectitud y por hacer grandes conversiones incluso entre los dirigentes principales y entre las siete sectas o partidos en que estaba conformado el pueblo judío, fue juzgado por el Sanedrín, al igual que su hermano treinta años antes, condenado a muerte y lanzado desde lo alto del pináculo del templo y una vez en el piso, muy mal herido, fue apedreado y apaleado con un garrote hasta morir, por orden del sumo sacerdote judío en funciones (irónicamente, nieto de quien había condenado a Jesucristo) y los demás miembros del órgano religioso-legislativo de Israel. En ese momento no existía autoridad romana civil o militar en Judea, por tanto había un vacío legal ejecutivo que fue aprovechado arteramente por la clase gobernante judía para producir la ejecución.
Sin embargo, ni Eusebio de Cesarea, ni Clemente, ni Orígenes y tampoco Hegesipo explican claramente cómo se produce el nombramiento del obispado de Roma, si Pedro fue designado por Santiago Justo desde Jerusalén o si el propio Pedro se nombró así mismo al organizar la iglesia, ya que gozaba de cierta autoridad indiscutible; solo se sabe que después de su martirio contemporáneo al sufrido por su colega Pablo, el dirigente Lino, mencionado por el propio Pablo como amigo y colaborador suyo en sus últimas cartas, fue designado el primero como obispo de Roma. Lino estuvo 12 años en el cargo, asumiendo en su lugar un segundo sucesor llamado Anacleto y éste a su vez fue sustituido 12 años después por Clemente, quien también había sido un cercano colaborador de Pablo, pero en los documentos que han llegado hasta nosotros, no se menciona a Simón Pedro como el obispo en funciones sino que se habla conjuntamente de la sucesión apostólica refiriéndose a Pedro y Pablo como alegados iniciadores obispales.
El obispado o episcopado de Jerusalén ostentaba una especie de jefatura moral más no espiritual de los creyentes judíos y no judíos, dado que en esa etapa de la historia eclesial, el jefe espiritual de todos los creyentes era Jesucristo. No existía un jefe absoluto, sino una autoridad simbólica que recaía en Santiago Justo por su lazo de consanguinidad con Jesús de Nazaret y por ser ambos descendientes del mítico rey David y además, se realzaba la importancia de Jerusalén como sede internacional, dado que toda la historia y trasfondo de la salvación, comenzó allí, en las afueras de la ciudad, en monte Moriah, en donde fue probada la fé de Abraham en Dios; cerca de donde David construyó su ciudadela de Sión; en las inmediaciones donde Salomón edificó el templo; y cerca de allí, en el monte Gólgota, tuvo lugar la crucifixión y posterior resurrección del Señor.
Incluso el autor de la famosa epístola a los Hebreos, que se atribuye a Pablo de Tarso, otros dicen que su autor es Apolos y otros Bernabé, técnicamente desconoce la autoridad espiritual de los sumos sacerdotes judíos y establece que a la luz de las sagradas escrituras, por derecho humano y divino, Jesucristo es el Sumo Sacerdote de la iglesia e intermediario de todos los seres humanos ante Dios (Hebreos 4, 14-16, & 5, 1-7), mientras que hoy ser el “Sumo Pontífice”, es una de las facultades legales del Santo Padre, el Obispo de Roma, al ser la iglesia católica una de la entidades sucesoras de aquella estructura antigua y por necesidades evolutivas de una organización mundial actual muy diferente a la que había en el siglo I, d.c.
Se trata de una época en que la iglesia católica (y las demás iglesias protestantes o no católicas que tienen el mismo origen) aún no tenía (sic) esa categoría de organización supranacional enorme que con el correr de los siglos, llegó a ser por la cantidad de fieles, número del clero y seguidores en cada país, fundamentalmente del hemisferio occidental. Cuando fallece Santiago Justo a manos de miembros de las castas sacerdotales y unos 8 años después, se produce la toma de Jerusalén y la destrucción final del Templo de Salomón por parte de los romanos triunfantes en su guerra contra el rebelado pueblo judío, la sede principal jerusalemita comienza a perder importancia frente otras asambleas cristianas ubicadas en diferentes ciudades de occidente, pasando a ser entonces la iglesia anclada en la ciudad imperial de Roma, la «Nueva Jerusalén» de facto, por haberse producido allí la muerte de miles de seguidores del Señor Jesucristo junto a sus más grandes apóstoles, Pedro y Pablo, en el marco de la primera gran persecución oficial de los cristianos en el año undécimo del emperador Nerón o año 64 de la era cristiana.
El valor simbólico, estratégico, espiritual y el tamaño de la ciudad cosmopolita de Roma, que según se estima en los primeros siglos de la era cristiana, su población oscilaba entre los 3 a 6 millones de habitantes, también determinó e influyó que el obispado de Roma obtuviera preeminencia gradual sobre otros obispados como Jerusalén, Cesarea Marítima, Antioquia, Damasco, Alejandría, Éfeso y Corinto, hacia el último tercio del siglo I d.c.
Para explicar mejor el asunto, veamos lo que dice la primera epístola a los Corintios 15, 3-9 lo siguiente:
“En primer lugar les he enseñado la misma tradición que yo recibí, a saber, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; 4 que lo sepultaron y que resucitó al tercer día, también según las Escrituras; 5 y que se apareció a Cefas, y luego a los doce. 6 Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos ya han muerto. 7 Después se apareció a Santiago, y luego a todos los apóstoles.
“Por último se me apareció también a mí, que soy como un niño nacido anormalmente. Pues yo soy el menos importante de los apóstoles, y ni siquiera merezco llamarme apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.”
La aparición de Jesucristo a Santiago Justo no está registrada en ninguno de los evangelios establecidos como canónicos. Solo Pablo de Tarso se hace eco de ella en un relato en el que no entra en detalles descriptivos o explicaciones elocuentes, sino que hace una mención rápida pero para resaltar claramente donde estaba la jerarquía en grado de importancia de la naciente organización religiosa.
Como dato que debe tenerse en cuenta, expertos en la materia y autores de cierto fuste, han expresado que en los manuscritos más antiguos del evangelio de Marcos (el cual se ha establecido que fue el primer evangelio en publicarse) no había una conclusión histórica de la vida pública de Jesucristo como la hay en los otros tres evangelios, lo que podría dar la idea de que en el evangelio original de Marcos, quizás escrito por su autor mientras era habitante y miembro regular de la iglesia de Jerusalén, se narraba entre otros hechos, la aparición de Jesucristo resucitado a Santiago Justo pero por razones desconocidas, esa versión original y completa se pudo haber perdido en transcripciones posteriores. Hay que recordar que en el primer viaje misionero de Pablo de Tarso hacia el mundo de los griegos y romanos, Juan Marcos primo de Bernabé, les acompañó y éste pudo ser el portador del pergamino o papiro con la narración evangélica intacta usada como base de predicación del dúo apostólico. Incluso cabe destacar que el evangelio de Marcos contiene ciertos hebraísmos o palabras tomadas del hebreo-arameo, explica varias costumbres judías, menciona locaciones geográficas de Israel-Palestina e inserta ciertas expresiones idiomáticas, como si aquel libro fuera destinado a la comprensión de personas no judías. En cambio, otros autores dicen que el evangelio se escribió años después en Roma, a petición de Simón Pedro y la iglesia que allí existía para edificación de los gentiles, y quienes así lo creen, lo hacen tomando como referencia la mención de Marcos que hace la primera epístola de Pedro. Eso está sujeto a debate todavía.
Retomando el hilo del tema central, pues a raíz de unas querellas y diferencias suscitadas a causa de la presión social que comenzaba a sentirse por parte de creyentes cristianos judíos en la ciudad de Antioquia de Siria, acerca de que los conversos gentiles debían cumplir al pie de la letra con la pesada carga de la ley de Moisés, Pablo y Bernabé se resistieron, lo que produjo el Concilio de Jerusalén (primer concilio oficial de la iglesia) asunto que parece registrado en el libro de Hechos 15, 1-35 y para ello tomaremos apenas un extracto:
“Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. Como Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subieran Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés.”
En ese capítulo, luego de que tuvieran la palabra Simón Pedro, Pablo y Bernabé, quien da cierre al concilio o conferencia eclesial es Santiago Justo, el obispo de Jerusalén, quien con la anuencia de los presentes, aprueba por resolución y posteriormente mediante carta, que los gentiles en lo adelante estarán eximidos de cumplir la rigurosa ley de Moisés, excepto por algunos requisitos específicos: 1) Apartarse de todo lo que haya sido contaminado por los ídolos, estos es, estatuas o imágenes de otros dioses. 2) Abstenerse de cometer inmoralidad sexual, y 3) Evitar comer animales estrangulados o ahogados ofrecidos en sacrificio, ni tampoco ingerir sangre.
Como sabemos, todavía es un protocolo que hoy día se observa mucho en eventos y consiste en que el anfitrión, el jefe o el dirigente más importante es quien cierra una reunión, conferencia, concilio, congreso o comité y en este caso, es Santiago Justo quien da cierre a una reunión que fue aperturada en el uso de la palabra por Simón Pedro. A partir de ese día, se decidió con el apoyo unánime de la jerarquía institucional, la verdadera universalización de la iglesia cristiana, se empezó desde Jerusalén, no desde Roma. La incuestionable importancia católica, universal, mundial de Roma vino después, como relataremos más adelante.
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