Por Carlos Díaz

La reciente disposición de la Junta Central Electoral (JCE) de prohibir la publicación de encuestas en el tramo final de la contienda interna marca un punto de inflexión definitivo para el Partido Revolucionario Moderno (PRM).

Se acabó el tiempo de la política de laboratorio, del bombardeo de datos prefabricados y del uso de sondeos como armas de propaganda para moldear una falsa narrativa de inevitabilidad.

Al retirarse el velo de la manipulación mediática, el escenario interno queda expuesto a una competencia real, donde los músculos visibles de las estructuras y el trabajo de tierra determinarán el crecimiento auténtico.

Durante meses, se intentó consolidar una percepción de supremacía basada más en portadas de prensa que en realidades orgánicas.

Sin embargo, la veda electoral funciona hoy como un baño de realidad. Sin el soporte artificial de las encuestas diseñadas a la medida, la carrera por la nominación presidencial se sincera y pone en evidencia el verdadero peso específico de cada aspirante.

Los números que la realidad no puede ocultar muestran un panorama dinámico y competitivo.Por un lado, Wellington Arnaud exhibe una notable estabilidad sosteniéndose firmemente sobre el 24% y 25% de la simpatía interna, un reflejo de su control de estructuras clave y su capacidad de gestión. Por el otro, Carolina Mejía demuestra un incremento vigoroso que ya supera el 20%, consolidándose como una fuerza de primer orden gracias a su peso institucional y carisma.

A este tablero se suma el crecimiento sostenido de Guido Gómez Mazara, quien cabalga con fuerza sobre el 15% e impulsado por un discurso de fuerte arraigo en las bases históricas del partido.

Este nuevo escenario deja en una posición sumamente vulnerable a David Collado. Su estrategia, fuertemente dependiente de la proyección de una gestión impecable en las portadas del sector turismo y del blindaje que le otorgaban los números alegres de los sondeos de opinión, se enfrenta a su peor crisis.

Al cerrarse el grifo de la difusión de encuestas, su narrativa pierde el principal combustible que la sostenía.

Es la confirmación de un hecho político inevitable: a la lámpara de David se le acabó el aceite, dejándolo con mucha cosmética pero sin la maquinaria interna necesaria para sostener una candidatura en el cuerpo a cuerpo de la militancia.

La prohibición de la Junta no solo limpia el proceso, sino que devuelve el poder a los perremeístas.

La candidatura no se ganará en las salas de redacción ni en las oficinas de los estrategas de marketing; se definirá por la capacidad real de movilización, la lealtad de las estructuras y el sudor en el territorio.

La ficción ha terminado y la verdadera batalla por el futuro del PRM acaba de comenzar.

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