¿Tripolaridad geopolítica exclusiva o advenimiento de nuevos actores y bloques regionales?

 

Por Marcos José Nuñez

En las últimas dos semanas del histórico mes de mayo de 2026 que recién termina, hemos sido testigos en todo el planeta de acontecimientos tan importantes y si se quiere definitorios del rumbo que está por tomar el mundo con las visitas oficiales a Pekín -como una especie de nuevo enclave central de poder-, por parte de los mandatarios tanto de Estados Unidos de América como de la Federación Rusa.

Llama la atención que todas estas reuniones y rondas de diálogos de los grandes hegemones -y sus proxys- que han fungido como una lógica de reparto del mundo, escenarios para declaraciones simbólicas y acuerdos estratégicos bilaterales, se haga de forma relativamente “tranquila” por decirlo de algún modo, cuando solo hay algunas guerras regionales de baja o mediana intensidad, diferente a como ocurrió con la candente Primera Gran Guerra o la catastrófica Segunda Guerra Mundial, situaciones bélicas en las se concertaron reuniones y conferencias para la paz, hacia el final de las mismas. ¿O acaso esto confirma que hemos estado viendo una Tercera Guerra Mundial por partes, como decía el Papa Francisco y ponderamos en un artículo anterior? A estas alturas del juego, no hay porqué descartar nada.

En el caso de China y Rusia, países cuya cooperación mutua se agranda con el tiempo y por todo lo que dieron a conocer desde Pekín sobre los proyectos que han decidido priorizar, luce que van a conformar entre ellos mismos, una especie de bloque primario paralelo dentro del conjunto de países BRICS+ al que ya pertenecen, con miras a fortalecerse mutuamente en las zonas de Eurasia/Pacifico y comenzar a incidir de forma aún más determinante en la arena internacional en detrimento de los americanos, con mayor ímpetu de lo que venían haciendo hasta hace poco.

Por otra parte, Estados Unidos de América, da la impresión inicial de permanecer aislado dentro de su propio hemisferio, al evidenciar no sólo notables diferencias con Europa -bastante reducida- respecto al rol que debe jugar la OTAN a nivel territorial y periférico, sino también en el abordaje de los conflictos armados en Gaza y el Estrecho de Ormuz; igualmente han surgido notorias diferencias ideológicas con el bloque europeo, siendo la administración Trump, aliada y promotora de gobiernos de una derecha neoconservadora militante en el viejo continente, el cual se caracterizó casi tradicionalmente por no recibir del exterior, ningún tipo de intromisión directa o incidencia política en sus asuntos internos y tener por lo general, gobiernos moderados tanto de derecha como izquierda en los países miembros.

Del otro lado del hemisferio occidental, en Latinoamérica, la situación es diametralmente diferente. No existe un conglomerado de países integrados tan plural y numeroso como la Unión Europea, tampoco hay una alianza militar como la OTAN o algo que se le parezca, excepto Colombia que en un giro inesperado, hace unos años, fue designada de forma simbólica por los norteamericanos como “socio global” de la OTAN y por último, ha sido costumbre centenaria la intromisión a diferentes niveles de los Estados Unidos en lo relativo a la dinámica de todas nuestras naciones.

Estados Unidos no está derrotado a pesar de que ha ido perdiendo gradualmente liderazgo y primacía como única potencia hegemónica, máxime desde la crisis de 2008, y no se puede negar que luce, al menos por el momento, debilitado y anquilosado para detener el avance arrollador de China, Rusia y casi todo el Sur Global, bajo un esquema de participación en los asuntos internacionales que podría catalogarse como una “multipolaridad en las sombras” por la incidencia que tendrían nuevos y viejos actores.

Hay indicios de que los estadounidenses no se van a dejar acorralar en el nuevo escenario que surge, pese a que ya no estarán solos en el campo de acción geopolítico. La Copa Mundial de Fútbol 2026, que dará inicio este verano y está pautada para jugarse simultáneamente en Estados Unidos, Canadá y México, es una señal inequívoca de que esos tres países del norte de nuestra América, exhiben unidad monolítica en el ámbito deportivo y del mismo modo, forman un mercado comercial único con la instauración reciente del tratado de libre comercio T-MEC; lo cual hace que estos países sean «In fact» una especie de «Bloque Económico Confederativo» en donde solo faltaría más adelante, la creación de un “Arcóncrator Ti Proskairón” o «Presidencia Rotativa Temporal» para tratar asuntos de política exterior con otros bloques y oficializar eventualmente, un nivel de integración semi-territorial-demográfico que abarque unos 22-23 millones de kms.², muy superior a los casi 5 millones de kms.², del conglomerado de 27 países de la Unión Europea y para competir de cerca con los 27 millones de kms.² Que conjuntamente posee la alianza estratégica sino-rusa.

Tal experiencia de integración -que ya ha sido ensayada, postergada, interrumpida o retrasada-, podría eventualmente caminar de nuevo para concretarse y ser aplicada o emulada definitivamente por necesidades geoestratégicas y geo-económicas en las demás naciones del resto del continente americano. El “bloquismo confederativo” no anularía la existencia de los Estados nacionales, quienes vuelven a tener vigencia e importancia en cuanto a su personería jurídica constitucional y ejercicio de soberanía limitada (recordar la existencia de organismos supranacionales como ONU), ante el evidente fracaso que se aprecia en la decaída globalización: estamos entrando a un reordenamiento mundial masivo por regiones o áreas de influencia de las superpotencias, quienes van a liderar desde un nuevo nacionalismo en la era post-contemporánea de la Inteligencia Artificial y en un esquema que podríamos denominar más o menos como de “suave tripolaridad semi-expansiva”, reconociendo primero, la vigencia de la Unión Europea, entidad que desea integrar a Ucrania en su seno; segundo, potencias tradicionales como Reino Unido con su estrategia propia, y tercero, potencias regionales o de segundo grado que se integrarían con los tres gigantes en función del grado de cercanía e intereses comunes (como está pasando con los tres de Norteamérica) o permanecerían como aliados independientes en función de las conveniencias que se presenten en cada coyuntura.

En esta época para lograr controlar geo-políticamente un país por parte de una superpotencia, no es necesario dar golpes de Estado, intervenir elecciones o invadir con tropas para prevalecer, hay maneras mucho más sutiles, más elegantes, más efectivas de imponerse, sin anular del todo la soberanía política de un Estado-nación, como sujeto de particular interés geoestratégico: además de la articulación diplomática, basta controlar o incidir en sectores clave de la economía mundial con impacto local (finanzas, commodities) y disponer de superioridad tecnológica para lograr el predominio deseado en el contexto del siglo XXI. Y es cada vez más evidente que desde Washington se ha permitido la consolidación de una oligarquía tecnológica internacional bajo su tutela y patrocinio, con tanto poder e influencia que el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, dejó sentir al menos en público, su superioridad política y trató con cierta distancia diplomática a la docena de CEO’s de esas compañías tecnológicas, sin importar que acompañaban oficialmente al presidente Trump en su reciente visita, aun cuando esas grandes corporaciones tecnológicas y de fondos de inversión -con más poder que imperios o países enteros-, tienen un gran volumen de sus operaciones de fabricación localizadas en territorio chino, lo cual paradójicamente ha sido clave para su rotundo éxito en las últimas décadas.

La re-bautización o designación tardía por parte de Estados Unidos del Golfo de México ahora como «Golfo de América» busca añadir precisamente más control, no solo de los recursos petroleros y gasíferos que pueda haber allí, como ha trascendido, sino de miles de kilómetros de la plataforma marina continental, valiéndose del Comando Sur de sus Fuerzas Armadas para aumentar su talasocracia e implementar un fuerte perímetro de seguridad estratégica extendida hasta el Caribe, de cara a los retos futuros que podrían enfrentar, especialmente de sus nacientes competidores eurasiáticos, quienes ya tienen notable presencia en nuestros países en términos diplomáticos, comerciales y de inversión extranjera.

Loading