Por Marcos José Núñez
En este artículo que coincide en su redacción con los acontecimientos que conducen a la elección en segunda vuelta en la República del Perú, pretendemos opinar y analizar brevemente lo relacionado al momento en que ocurre, así como el background de los acontecimientos que le preceden.
Para la elección de este domingo 7 de junio de 2026, aparecen como clasificados a disputarse la presidencia nacional del Perú, Roberto Sánchez, postulado por las fuerzas de izquierda que previamente apoyaron al ex presidente Pedro Castillo en los comicios de 2021 y por otro lado, la sempiterna candidata Keiko Fujimori, hija del ex presidente Alberto Fujimori, la que se presenta por cuarta vez a competir por el cargo, después de haber sido legisladora previamente durante varios periodos. Parece que la cuarta y no la tercera es la vencida en este caso.
Según datos preliminares que hemos averiguado, la “Dama de Hierro del Perú” y su partido de ideología fujimorista, Fuerza Popular, salen delante en los sondeos hechos a boca de urna con un 50.7% de los votos, frente a un 49.3% de su rival, el ex ministro Sánchez. Los datos definitivos computados por la autoridad electoral, comenzarán a fluir al público a partir de las 9 de la noche, hora de Lima.
Ambos candidatos, colocados en las antípodas ideológicas, se han acusado mutuamente en la campaña electoral que ya culminó, de ser una amenaza para la democracia y la libertad de su país, no obstante, los nexos con el pasado reciente, no le son de mucha ayuda a ninguno: Keiko es descendiente de un antiguo mandatario que abolió el congreso bicameral de forma unilateral e ilegal, reprimió duramente sus opositores políticos y produjo un texto constitucional con problemas de legitimidad de origen. Por el otro lado, Roberto Sánchez se apoya en un legado de caos gubernamental, de desconocimiento de los procedimientos legales y de un intento de autogolpe contra los poderes públicos.
Un país de avanzada cultura indígena milenaria y una rica historia de civilización imperial, Perú es el tercer país en tamaño y el cuarto país en total de población de este joven continente. Después de haber sido durante casi trescientos años en la época de la colonia, el segundo virreinato más grande de la América Hispana, hoy Perú solo exhibe una mínima parte de su antiguo esplendor, reflejado en la arquitectura colonial de una capital como Lima, la que fue denominada durante largo tiempo como “Ciudad de los Reyes”. Cabe destacar que antes de la llegada de los europeos al nuevo mundo, el extenso y avanzado reino de los Incas, representaba la quinta civilización más importante de este hemisferio, después de Olmecas, Toltecas, Aztecas y Mayas.
Durante mucho más de cien años después de su independencia, exceptuando el breve periodo de prosperidad por la explotación del Guano, el país peruano vivió una casi interminable inestabilidad política, dictaduras militares y guerras limítrofes con países vecinos, lo que causó mucho atraso en su desarrollo nacional en comparación con otros gigantes de América como lo son Brasil, México y Argentina.
Es a partir de 1979, cuando en el país sudamericano se comienza a operar una transición gradual hacia los gobiernos civiles, la continuidad de Estado y cierta estabilidad general. Ya antes, desde 1968 a 1975, se había producido un breve experimento o ensayo de una especie de dictadura golpista denominada como de “izquierda nacionalista” presidida por el general Velasco Alvarado, gestión que serviría de inspiración parcial posteriormente al teniente coronel Hugo Chávez, cuando llegó al poder por la vía electoral en Venezuela, treinta años después.
A partir de 1985, con el gobierno del aprista y socialdemócrata presidente, Dr. Alan García, se consolida el proceso de garantización de las libertades públicas y de la apertura democrática en el Perú pero, la aplicación de una política económica equivocada, provocó hiperinflación y decrecimiento de la riqueza, situación que se sumó a la tendencia regional de la época en la denominada tanto por prestigiosos economistas y analistas políticos como la “década perdida”.
Y es en ese contexto que el Perú, comienza a dar un giro más o menos positivo, pero no exento de gran controversia y de una especie de lado oscuro.
Para la elección de 1990, el laureado escritor y premio Nóbel, Don Mario Vargas Llosa, postulado por una coalición de agrupaciones políticas y partiendo como claro favorito para ganar los comicios, es derrotado en segunda vuelta por un candidato improbable, un hombre venido de la sociedad civil y del área educativa, como lo era el descendiente de japoneses e ingeniero agrónomo, Alberto Fujimori.
La situación que heredaba el nuevo mandatario, no era nada halagüeña. A los graves problemas económicos como la devaluación monetaria y la crisis bancaria, había que agregar una fuerte dosis de terrorismo auspiciado directamente por grupos subversivos de izquierda radical como Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, quienes llenaron las calles de inseguridad, sangre y desolación.
Fujimori tenía ante sí, un enorme reto que afrontar sobre todo con el tema de la debilidad institucional de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, haciendo especialmente compleja y delicada, la tarea que tenía por delante.
El nuevo presidente empezó a acometer una serie de reformas inteligentes en diferentes ámbitos, exceptuando como ya dijimos más arriba, una forzada y obligada reforma constitucional, para alegadamente tener maneras más expeditas y eficientes para gobernar un país que era virtualmente invivible e ingobernable en esa época.
“El Chino” como el pueblo le decía de cariño al jefe del ejecutivo peruano, tuvo un éxito rotundo en sus dos mandatos consecutivos (único presidente peruano en lograrlo “legalmente” durante el siglo XX). Derrotó en corto tiempo a los grupos terroristas, restaurando el orden público y la paz social; y además, produjo una reforma tributaria, fiscal y monetaria que no solo detuvo el deterioro progresivo del país, sino que relanzó la economía, impulsando una apreciación de la moneda y un elevado crecimiento del PIB, sentando las bases firmes del gran desarrollo que ha experimentado el pueblo peruano en los últimos treinta años.
El término de su mandato en el año 2000, se produjo en medio del escándalo, al intentar forzar una segunda reelección, al tiempo que su gobierno comenzaba a recibir fuertes imputaciones de corrupción administrativa, chantaje y extorsión, específicamente sobre la misteriosa figura de su famoso consejero de seguridad nacional, el señor Vladimiro Montesinos, quien después de un corto tiempo fue capturado y enviado a prisión, mientras que el presidente Fujimori huyó al Japón, siendo todavía mandatario en ejercicio, enviando desde Tokyo y por fax, su carta de renuncia.
Y aunque parezca paradójico, se debe a las reformas institucionales legadas por Alberto Fujimori en parte, que el Perú haya gozado de cierta estabilidad política hasta 2016, fecha a partir de la cual, se verifica nuevamente un nivel de inestabilidad política que no se veía desde hacía décadas, con la diferencia de que los fundamentos de la economía, no se han visto dañados, afectados o interrumpidos por el aluvión de problemas que ha sobrevenido.
Perú es el país con el sistema político partidario más débil del continente, dado que la mayoría de las agrupaciones son partidos instrumentales, es decir, se crean para competir en un proceso electoral determinado y luego de ello, se disuelven o desaparecen para dar paso a otro grupo de organizaciones nuevas, además de que la fragmentación y dispersión del voto es creciente de un proceso electoral al otro, probablemente por la misma situación. Para más inri, solo hay que ver que ninguno de los candidatos en la primera vuelta celebrada el 12 de abril de este año, alcanzó el 20% de los votos de manera individual, estando los principales competidores ubicados entre el rango del 6% al 17% de la intención de voto, según los resultados arrojados por la Oficina Nacional de Procesos Electorales.
Aunque da la impresión inicial de que la ex primera dama, Keiko Fujimori, ganará la votación este domingo, al parecer lo hará con un estrecho margen que no impediría su ascenso pero, serviría a sus adversarios para cuestionar la legitimidad popular, el apoyo electoral recibido por la nueva mandataria en este proceso. De todas formas, el Perú parece que en definitiva, se va a alinear a la tendencia regional de gobiernos de derecha que se viene acentuando desde hace un par de años y que ya en Chile, Ecuador, Bolivia y Argentina se ha estrenado con cierta influencia y especial interés de parte de los Estados Unidos de América.
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