Por Miguel Ángel Cid Cid
cidbelie29@gmail.com

Los obeliscos son, groso modo, objetos inanimados. Les falta soplo de vida. La regla de la excepción por igual juega su rol. Hay monumentos que son indiferentes frente a la historia, rompen con sus orígenes. Cobran vida propia.

Los casos excepcionales son pocos, pero son. La Cruz del Calvario es, quizás, el más universal y emblemático.

La Cruz del Calvario

La Cruz de Cristo —como también se le conoce— conjuga la esencia simbólica del cristianismo. Porque en ella fue crucificado Jesucristo. La historia, desde entonces, es otra.

La cruz, en sus inicios se conoció como el palo del tormento. Debido a que en él eran atormentados los condenados por el imperio romano. Las torturas incluían pasear los culpables por las calles hasta llegar a la plaza donde están enterrados los postes donde serían colgados hasta morir.

La cruz, sin embargo, a partir de la condena a Jesús el Nazareno adquirió una nueva significación. Impuso —sin pedir permiso— una narrativa simbólica adversa a su naturaleza.

La cruz pasó a ser, desde entonces, el símbolo de la redención —según los cristianos— de toda la humanidad.

El Monumento de Santiago

El Monumento a la Paz de Trujillo, igual que la cruz, se negó ser modelado por la historia. Quisieron —luego del asesinato del dictador— nombrarlo Monumento a los Héroes de la Restauración. Pero él decidió su propia suerte.

Negado a ajustarse a una línea de la historia siguiendo su origen, El Monumento de Santiago trazó la suya propia.

La construcción de la edificación monumental inició en 1944, nueve años después —en 1953— se inauguró. Pero de acuerdo a algunas fuentes la apertura se suspendió a medio talle debido a un exabrupto del dictador. El pique fue por —se dice— uno de los murales de Vela Zanetti.

El Monumento fue levantado sobre el cerro del Castillo, con una altitud de 175 metros sobre el nivel del mar. La parte más alta de la ciudad.

Cuentan las leyendas urbanas que comprende un sótano desde donde salen tres túneles en diferentes direcciones. El objetivo de los pasadizos subterráneos obedecía a garantizar rutas de escapes del tirano en caso de emergencias.

El primero se dirige al Hotel Matúm, para entonces en construcción. El segundo de los túneles conduce al liceo Ulises Francisco Espailla y el tercero lleva hasta la Catedral Santiago Apóstol “El Mayor”.

Se trata, no obstante, de una estructura de 70 metros de alto, revestida —en sus primeros pisos— de mármol empotrado. El interior incluye murales y lienzos del pintor español José Vela Zanetti.

Luego de los pisos iniciales se levanta una torre fálica —alegórica a la virilidad de Trujillo— en forma cilíndrica. Comprende una escalera con 365 peldaños que lleva hasta la cima. La hombría del tirano está coronada con una estatua de bronce de una mujer que representa a la Diosa de la Paz.

No. no es como creen unos. La efigie no corresponde a Cristo.

La entrada frontal, por la Av. Monumental —la verja perimetral del Gran Teatro del Cibao la interrumpió— era un espectáculo visual. Dos hileras de árboles de pino y roble limitaban las aceras de la vía hasta la Av. Salvador Estrella Sadhalá.

Para subir al cerro estaba la explanada de base y se colocaron bustos de los héroes restauradores para que escoltaran la entrada ascendente del jefe. El culto no soportaba mayor exageración.

Las características del Monumento podrían llenar páginas enteras. Sin embargo, esta entrega refiere rasgos relacionados a Rafael Leónidas Trujillo Molina y la parte básica de los detalles arquitectónicos.

Descabezar el régimen trujillista cambió de manera brusca la orientación simbólica del Monumento. A poco del ajusticiamiento pasó a llamarse Monumento a los Héroes de la Restauración.

Los ciudadanos, no obstante, están negados a aceptar nombres oficiales para un ícono tan extraordinario. O sea, nadie protesta por los nombres dados por el gobierno. Pero de igual manera, nadie recuerda los nombres registrados.

Cuando los santiagueros están en otros pueblos o ciudades le dicen el Monumento de Santiago. O simplemente El Monumento.

El Monumento demuestra que cuando el imaginario popular asume una narrativa simbólica no hay poder político que la revierta. Al Poder solo les queda seguir la corriente.

En suma, es el único monumento cuyo nombre es, El Monumento. Sin apellidos, sin estridencia, pero tan sonoro y simbólico como ningún otro. Solo la Cruz del Calvario compite con él.

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