La grandeza de la sencillez: Un adiós a Cuqui Batista, alma y cimiento del Colegio de Arquitectos Dominicanos (CAD)

 

Por Richard Moreta Castillo

HOMENAJE A UN MAESTRO

(Poema para el Arq. Cuqui Batista)

Trazaste líneas con alma de acero,
en el plano infinito de la vida,
dejando en el concreto, compañero,
una huella que no conoce medida.

Arquitecto de sueños y estructuras,
hoy el CAD se inclina ante tu altura,
pues tu legado alcanza las alturas,
trascendiendo la piedra y la figura.

Maestro de la forma y la esencia,
en tus obras hoy habita tu presencia;
quien fue refugio en la Ciudad Corazón,
hoy vive eterno en nuestras almas.

La arquitectura, más que el arte de construir espacios, es el arte de esculpir el tiempo. Pocos comprendieron esta verdad con la claridad de Francisco Cuqui Batista. Hoy, al escribir estas líneas, el dolor no es solo profesional; es el vacío de quien pierde a un faro en medio de una tormenta que, a veces, parece no tener fin. Cuqui no fue solo un maestro de la forma y la estructura; fue, ante todo, el arquitecto de nuestra ética gremial.

Nacido en Santiago de los Caballeros en 1925, Cuqui fue testigo de un siglo que transformó a la República Dominicana. Desde el impacto visceral del terremoto de 1946, que moldeó su rigor técnico y su obsesión por la seguridad estructural, hasta sus intervenciones en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, su obra es un testimonio de responsabilidad. Sin embargo, su mayor edificio no está hecho de concreto ni de acero; está cimentado en la voluntad inquebrantable de los arquitectos dominicanos que hoy, gracias a su empuje, alzan la voz con autonomía.

Recordar a Cuqui es recordar mis viajes a Santiago, donde su casa se convertía en un santuario de ideas. Para mí, como arquitecto y urbanista, cada visita a su despacho u casa era una lección de humildad. Mientras el mundo del diseño a menudo se pierde en la vanidad y la búsqueda de protagonismo mediático, Cuqui encontraba la belleza en la sencillez. Recuerdo vívidamente sus pasos, firmes a pesar del peso de un siglo, entrando a los salones donde dictaba mis conferencias sobre la necesidad imperativa de un Colegio de Arquitectos Dominicanos. Su presencia no era la de un espectador; era la de un estratega que validaba, con su silencio atento y sus consejos posteriores, el camino hacia nuestra independencia del CODIA.

En los momentos en que la fatiga del activismo intentaba erosionar nuestra convicción, en esos días en los que las trabas burocráticas y el escepticismo de algunos sectores nos hacían tambalear, él aparecía. No con grandes discursos, sino con una mirada que decía que la arquitectura es servicio y el gremio es la trinchera de ese servicio. Él fue quien me enseñó que la lucha por el CAD no era un capricho corporativista, sino un mandato histórico por la profesionalización y la dignidad de nuestra disciplina en el país.

La lucha por el CAD siempre estuvo rodeada de tentaciones como la política partidista, los arquitectos recalcitrantes al cambio, el clientelismo y las presiones externas. Cuqui Batista fue el guardián de nuestra integridad. Recuerdo sus palabras, grabadas a fuego en mi memoria: no pierdas nunca las esperanzas, Richard. El Colegio debe ser técnico, independiente y, sobre todo, soberano. Él entendía mejor que nadie que un gremio que se arrodilla ante el poder político pierde su capacidad de fiscalizar la ciudad, de proteger el patrimonio y de educar a las nuevas generaciones. Su vida fue el ejemplo perfecto de ese desapego: nunca buscó el cargo para obtener ventaja, sino la institucionalidad para garantizar el futuro.

El Palacio de Bellas Artes, el Edificio del Cuerpo de Bomberos de Santiago, sus puentes; todas sus obras hablan de un hombre que se mantuvo fiel a la funcionalidad y al respeto por el entorno. Esa misma coherencia la exigía del Colegio. El CAD, tal como él lo soñó, es un organismo vivo, una estructura técnica que no se vende ante las presiones del momento, sino que se erige con la solidez de sus puentes y la transparencia de sus ideas.

Maestro Cuqui Batista y un servidor. Fotografía tomada en una de las ENEFAs en el 2013 en la UCNE en San Francisco de Macorís.

Hoy el CAD está de luto, sí. Pero no es un luto de inercia; es un luto de compromiso. Don Cuqui, al partir a los 100 años, no nos deja huérfanos; nos deja un manual de estilo y de lucha. Nos deja la lección de que la excelencia profesional no tiene sentido si no va acompañada de un compromiso cívico. Como su discípulo y colaborador, asumo el peso de este legado. La lucha por nuestro Colegio no ha terminado; al contrario, ante su partida, redoblamos la apuesta. La grandeza de la sencillez que predicó Cuqui será el norte de nuestra gestión y de nuestras futuras batallas.

Maestro, querido amigo: cada plano que trace en el Bicimetro, cada proyecto de Revurbanismo Energético que impulsemos y cada piedra que coloquemos para fortalecer nuestro Colegio, llevará impreso su nombre. Gracias por no dejarme declinar, gracias por creer en nosotros cuando la meta parecía un espejismo y gracias por ser el pilar sobre el cual construimos la esperanza de una arquitectura dominicana libre, técnica y profesional. Hasta siempre, Cuqui. Su sueño de autonomía es nuestra bandera, y el CAD, nuestra promesa cumplida.

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