Por Miguel Ángel Cid Cid
cidbelie29@gmail.com
La obra inició fuera de las tablas. La artista salió de en medio del público. Mientras avanzaba, una joven la llamó ―Yiyiyi― la actriz volteó, la desconocida le adelantó una maleta. El destino de la valija sería competir por el protagonismo del monólogo.
El telón dejaba al descubierto el escenario. Estaba abierto. En fin, la escenografía comprendía un mobiliario tan limitado que el trabajo de ocultarlo era más complejo que dejarlo a la vista del todos.
La maleta salta a la vista como un enigma. Una incógnita que puede interpretarse como un símbolo de migración. ¿Será que la echaron de la casa? ¿O acaso salió en busca de una mejor vida? Una y otra respuesta conduce a la migración forzada. Pero hay que descifrarla.
El forcejeo del sistema ―el verdugo― con La Tirana ―la víctima― interpretada por Lisandra Hechavarría Hurtado, no es una novela de final feliz. La calamidad económica ―antes que política― construye un diálogo perenne entre el éxito y la derrota.
La Gran Tirana, por derivación, se consume en una meditación repartida entre una habitación cuasi desolada ―vacía― y la promesa de conquistar la fama. Entonces, en esos sueños la Tirana va llenando la maleta de una nueva carga simbólica. La convierte en el espacio donde habitan los recuerdos.
En la valija se divisan los niveles del arraigo nostálgico y el desarraigo dador de tranquilidad dosificada. Los recuerdos, forma de consolación para hacer invisible la nostalgia agónica del migrante.
Sin embargo, La Gran Tirana conoce el terreno en el que está pisando. Por eso dice: “Igual que en un escenario / finges tu dolor barato”. Luego remata: “Tu drama no es necesario / Ya conozco ese teatro”. O sea, La Lupe ―La Gran Tirana― conoce las entrañas de la hipocresía vendedora de sueños.
Continúa guardando en la maleta, no obstante, sueños, ilusiones, esperanzas, deseos de fama… Y, sobre todo, que un día llegue el amor que nunca vendrá.
Parafraseando a La Lupe, Lisandra Hechavarría desmonta la farsa, le dice: “Mentiroso, qué bien te queda el papel, parece que esa es tu forma de ser”.
El escenario simula el domicilio regular de un migrante latino en un país del mismo rango de desarrollo. No hay camas apiladas ni sofá transforme, de esos que se vuelven camas en las noches.
Unos trastes sencillos, un exhibidor de ropas, vestidos saturados de lentejuelas de colores diferentes completan la escenografía. Las lentejuelas se confunden con las que luce la Magdalena de Joaquin Sabina en su paso por la carretera.
En los rincones se divisan botellas de ron y de whisky. En el centro hay una olla repleta de agua bendita y varias velas encendidas. Como para hacer presente el ritual mágico religioso que libera de los dolores eternos.
Un rito para olvidar la doble vida a la que obliga el cabaré, el desamor o la decepción.
“Todos me adoran por lo que hago en el escenario. Porque ellos quieren hacer lo mismo, pero no tienen la suficiente libertad para atreverse”, dice La Tirana. Ese es su grito de despojo.
Ese grito de la Yiyiyi se asemeja al paño que Penelope teje de día en la Odisea y lo desteje por la noche. Solo así podría justificarse a sí misma la esperanza del regreso de Aquiles. El amor deseado.
La obra La Gran Tirana se puso en escena en la sala Julio Alberto Hernández del Gran Teatro del Cibao el 28 de agosto recién pasado. El autor del monólogo es Gerardo Fulleda de León.
Lisandra Hechavarría Hurtado, sin embargo, la interpretó de manera magistral sobre las tablas cibaeñas. La dirección estuvo a cargo de Robison Aybar.
En suma, la obra demuestra que, con los efectos del alcohol, el tabaco, el amor y el desamor se podría componer una liturgia simbólica.
Partes de un rito para expresar la frustración por la injusticia con que paga la vida a los “desterrados de la tierra”.
Pregunto: “Según tu punto de vista”, ¿quién es la mala? “¡Ay!”
![]()

