Por Antonio Corcino

El turismo es un comedor insaciable; el campo, su despensa. La imagen refleja uno de los grandes desafíos económicos: garantizar que una mayor proporción de los alimentos y bienes demandados por esta actividad se produzca en República Dominicana. Es una tarea pendiente: lograr que ambos sectores empujen en un mismo sentido. Los comensales ya están; falta llevarles el plato.

Hay factores externos sobre los que tenemos poco margen de maniobra, como la comercialización de nuestro producto turístico. Una capacidad agropecuaria significativa, un mercado que el país debe aprovechar de manera más efectiva. Y si ya contamos con experiencia exitosa en la relación público-privada en torno al turismo, es simplemente afianzarla y extenderla a otros sectores.

Entre enero y agosto de 2026 llegaron 8,556,415 visitantes. Esa cifra no es solo un dato del turismo; de algún modo representa un enorme consumo para agricultores, ganaderos, agroindustrias, fabricantes y comunidades rurales. El desafío es convertir esas llegadas en más compras de productos locales y en una mejor distribución de la riqueza que genera.

Los turistas ya están ahí, solo hay que alimentarlos. Según Osmar Benítez, presidente ejecutivo de la Junta Agroempresarial Dominicana (JAD), se ha trabajado en conjunto con la Asociación de Hoteles y Turismo de la República Dominicana (ASONAHORES) desde 2009. Esta colaboración ha permitido reducir la proporción de las necesidades del sector que se cubren mediante importaciones, bajando de cerca del 20% a menos del 10%.

La evolución de las compras muestra el tamaño de la oportunidad: unos US$271 millones en 2009 y cerca de US$600 millones en 2017. Más recientemente, ASONAHORES reportó compras de bienes y servicios nacionales por más de RD$220,000 millones en 2025, unos US$3,700 millones. Si cada año llegan más de 11 millones de turistas, eso representa una población con enorme apetito por alimentos y otros productos nacionales.

Como plantea Eric Rivero, presidente de Aproleche: “Producir aquí y comprar aquí”. Cada nuevo hotel debería ser un mercado adicional para fincas, cooperativas, agroindustrias y centros de acopio. La pregunta ya no es solo cuántos turistas nos visitan, sino cuánto de los que consumen puede convertirse en producción dominicana. Si el turismo compra localmente por RD$220,000 millones, ¿cuánto más podría circular dentro del país si una proporción mayor fuera suplida por productores nacionales?

El puente entre la cosecha y el hotel

La alianza entre la JAD y ASONAHORES apuntó precisamente en esa dirección: conectar la oferta agropecuaria con las necesidades del turismo, intercambiar información sobre demanda y producción, programar cosechas y facilitar la colocación de excedentes en hoteles y restaurantes.

Pero el encadenamiento tiene una condición: ser competitivo. No basta con que un producto sea dominicano; el hotel exige calidad, volumen, continuidad, inocuidad y precios que permitan competir. Por eso la relación debe parecerse menos a una compra ocasional y más a una carretera de doble vía: el hotel informa lo que necesita, y el productor organiza lo que puede ofrecer.

Del campo a la industria

La misma voluntad inspiró el acuerdo entre ASONAHORES y la Asociación de Industrias de la República Dominicana (AIRD), para que la manufactura nacional tenga también mayor participación como proveedora del sector turístico. Se trata de que el dinero que deja el visitante no se detenga en el hotel, sino que recorra toda la economía en forma de empleos, ingreso familiar y producción nacional.

La Altagracia como laboratorio

La Altagracia, como epicentro de la inversión turística y de la oferta hotelera del país, puede funcionar como piloto: abastecer la demanda de determinados productos y articular productores, industrias, centros de distribución y servicios, puesto que posee los suelos suficientes para producir la eventual demanda. Esto exige coordinación entre los ministerios de Agricultura y Turismo, ASONAHORES, hoteles, industrias y organizaciones de productores. El financiamiento implica que el entendimiento entre ambas entidades debe enfocarse en gestionar recursos externos a través de organismos como el BID, la Unión Europea y USAID. Con estos recursos, se busca mejorar la producción, la calidad, el abastecimiento, la articulación y los proyectos de turismo rural. Con esos resultados, la experiencia se podría extender a otras regiones, como a Cabo Rojo, donde el desarrollo turístico abre nuevas posibilidades.

La infraestructura menos visible

Ahora bien, cuando hablo de infraestructura turística, pienso en carreteras, aeropuertos, habitaciones y servicios. Pero existe otra, menos visible: la capacidad de producir y proveer de forma constante lo que el turismo necesita. Un hotel sin alimentos suficientes no funciona, y una finca sin mercado estable no puede crecer. De modo que el turismo y el campo son dos caras de un mismo mercado: uno demanda, el otro produce.

Entonces, la meta no es comprar local por patriotismo comercial, sino producir en República Dominicana con la calidad y la eficiencia que exige el mercado turístico. Ese es el punto donde ambos sectores deben encontrarse.

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