Por Miguel Ángel Cid Cid
cidbelie29@gmail.com

Venir de atrás se ve como algo normal siempre que la competición sea básica. Ser derrotado en una primera votación electoral. Pero quedar pendiente de correr en una segunda vuelta es otra cosa. Ganar desde la derrota es una proeza.

El Partido Liberal (PL), representante de una derecha soberbia ―a pesar del triunfo en primera vuelta― no sobrevivió al balotaje. El Partido de los Trabajadores (PT) le desmontó el relato.

Ni más ni menos, en la primera ronda Flávio Bolsonaro del PL superó los 56 millones de votos. Luiz Inácio Lula da Silva del PT quedó reducido a 53 879 538 de sufragios.

Pasada la primera vuelta otro gallo comenzó a cantar. La primera trova se escuchó temprano. En medio del debate previo al balotaje Bolsonaro se despachó con los “nueve dedos”. No solo quería atacar, sino que quería humillar a Lula.

Las emociones traicionaron a Flávio. Desde ese momento comenzó a compungirse el ímpetu de su mirada.

Flávio no midió las consecuencias. Creyó que las burlas callejeras valían igual en un debate formal. Ahí comenzó la izquierda a bailar el canto de su gallo.

Cuando el gallo Lula cantó tres veces, Bolsonaro ―emulando al apóstol Pedro― estalló en llantos. Pidió disculpas.
― (…) discúlpeme por favor, perdón, fue un error…, repitió Flávio. Lula lo obligó.
Entonces, ahí comenzó la historia de la doble mutación. Lula se apartó del pódium. Creó un nuevo escenario para irradiar un canto épico.

El gallo de la izquierda extendió sus alas, las batió sobre sus costados, adelantó la cabeza hacia el frente, abrió el pico y comenzó a cantar. Lula inició explicando como perdió el dedo meñique de la mano izquierda. Él dijo:
― Si hay alguien aquí que sabe lo que es el mundo del trabajo, soy yo. Sufrí un accidente laboral cuando era joven. Tenía 17 años.

Mientras, trabajaba en el turno nocturno como tornero mecánico en una fábrica metalúrgica.
Luego ―sin dejar de ver a Bolsonaro a los ojos― remachó.
― Era menor de edad y así tenía que trabajar de noche. Pero usted no entiende de eso porque nunca ha trabajado.

Se hacía necesario, sin embargo, transferir la ofensa al pueblo brasileño. Para conseguirlo Lula da Silva dijo:
― Como yo hay millones de brasileños explotados por el sector patronal. Millones de obrero que se arriesgan a perder un dedo, una mano, una pierna, etc. Que en una fábrica ponen la vida en riesgo.

El debate no bien había terminado cuando a lo largo y ancho de Brasil coreaban el slogan ―Todos somos nueve dedos se repetía sin cesar.

El ejército del PT sumado al cuarto de guerra de redes de Lula estaba en la calle. Brasil cantaba la consigna. Bolsonaro mendigaba un perdón.
André Janones, diputado, creó el canal de WhatsApp “Ejército de Lula”, con una estructura de mando en la que él era el “general”.

El canal pasó de 50 mil a 10 millones de seguidores el viernes previo a la votación. Lula se declaró mariscal en el ejército del general Janones.

Pero el PT no estaba en paños tibios. Decidió llevar la batalla digital a los tribunales: acusó a Meta de “interferencia” por presunta “manipulación algorítmica” favorable a Bolsonaro. La empresa negó la manipulación.
Pero el tribunal electoral le dio a “Meta” y a “X” 24 horas para explicar sus criterios de distribución de contenido político. “Meta tendrá que reinventarse”, dijo Lula desde el canal.

Lula, candidato del PT pasó ―en el balotaje― de 53.9 a 64.3 millones de votos. El monto equivale a 51,79% del total de votos válidos.
Bolsonaro, por el contrario, de 56.1 millones de votos subió a 59.826.041 para un 48,21% de los votos válidos. En la segunda vuelta Flávio pasó del primero al segundo lugar. Fue derrotado.

El triunfo de Brasil, del PT y de Lula significa mucho más que la presidencia de Brasil. Levantó el ánimo de la izquierda con probabilidad de revertir la tendencia a la baja de la misma izquierda.

En suma, este triunfo logró, sobre todo, demostrar que cuando la calle canta los gallos pelones se callan. Convirtió los nueve dedos en un símbolo universal del trabajo.

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