Florinda Soriano Muñoz fue asesinada el 1 de noviembre de 1974, en medio de un conflicto por la tenencia de tierras en Hato Viejo, Yamasá. Su lucha por los derechos del campesinado la convirtió en una de las figuras más representativas de la resistencia social dominicana. Cincuenta y dos años después de su muerte, su historia sigue planteando preguntas sobre la justicia, la desigualdad y el valor de defender la dignidad humana.
Redacción Exposición Mediática.- Hay nombres que sobreviven a sus protagonistas porque terminan representando algo mucho más grande que una vida individual. En la historia dominicana, el de Mamá Tingó pertenece a esa categoría. Su nombre evoca la resistencia campesina, la defensa de la tierra y la lucha de una mujer humilde que se enfrentó a intereses económicos poderosos cuando las familias rurales vieron amenazada su posibilidad de continuar trabajando los terrenos de los que dependían para subsistir.
Su historia no comenzó en los tribunales ni en las movilizaciones agrarias. Comenzó en el seno de una familia humilde, lejos de los espacios donde se tomaban las grandes decisiones políticas y económicas, en una realidad marcada por las limitaciones materiales y las dificultades propias de la vida campesina.
Nacida el 8 de noviembre de 1921 en Villa Mella, Florinda Soriano Muñoz creció en un entorno donde el trabajo constituía una condición indispensable para salir adelante. La falta de educación formal no impidió que desarrollara una comprensión práctica de las injusticias que afectaban a su comunidad.
Con el tiempo, aquella mujer vinculada al trabajo de la tierra se convertiría en una dirigente cuyo nombre trascendería su entorno inmediato para incorporarse a la memoria histórica de la República Dominicana.
La tierra como sustento y derecho
La vida de Mamá Tingó estuvo estrechamente vinculada a la agricultura. Junto a su esposo, el campesino Felipe, trabajó terrenos en Hato Viejo, comunidad perteneciente al municipio de Yamasá, en la actual provincia Monte Plata.
Allí transcurrió una parte fundamental de su existencia, entre las responsabilidades familiares y las labores agrícolas que sostenían a su hogar.
Sin embargo, la tierra que para los campesinos representaba trabajo, alimentación y futuro también se convirtió en el centro de un conflicto que enfrentaría a numerosas familias con un terrateniente de la zona.
A principios de 1974, Pablo Díaz Hernández reclamó la propiedad de terrenos que los agricultores de Hato Viejo afirmaban haber ocupado y trabajado durante décadas. El reclamo desencadenó una disputa que puso en peligro la permanencia de los campesinos en las parcelas de las que dependían.
De acuerdo con las reseñas históricas de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias, el conflicto incluyó el cercamiento de más de ocho mil tareas de tierra y la destrucción de cosechas mediante tractores.
No se trataba únicamente de una controversia sobre la propiedad de un terreno. Para las familias afectadas, la posibilidad de perder aquellas parcelas significaba comprometer su subsistencia y ver amenazado el trabajo acumulado durante años.
En ese escenario, Mamá Tingó decidió asumir un papel activo en la defensa de los agricultores.
Una mujer al frente de la resistencia campesina
Florinda Soriano se integró a la Federación de Ligas Agrarias Cristianas (FEDELAC), organización vinculada a las reivindicaciones de los trabajadores del campo, y destacó por su participación en las movilizaciones de Hato Viejo.
Su liderazgo adquirió particular importancia porque no defendía exclusivamente una aspiración personal. Se involucró en una lucha colectiva, compartida por campesinos que consideraban legítimo su derecho a permanecer en las tierras que habían trabajado durante buena parte de sus vidas.
En una sociedad atravesada por profundas desigualdades, una mujer campesina, sin formación académica formal y sin poder económico, se colocó al frente de una reivindicación que enfrentaba a familias rurales con intereses terratenientes.
Su autoridad surgía de la experiencia compartida, de la confianza de sus compañeros y de la convicción de que el trabajo debía ser reconocido y protegido.
Mamá Tingó comprendía que el conflicto no podía reducirse a la capacidad de una persona para defenderse individualmente. La organización de los campesinos resultaba fundamental para reclamar sus derechos y evitar que cada familia enfrentara por separado las consecuencias de un eventual desalojo.
Esa dimensión colectiva explica por qué su figura se convirtió en un referente de la lucha agraria dominicana.
Su historia también recuerda el papel de las mujeres rurales, cuya contribución al sostenimiento de las familias y las comunidades no siempre ha recibido el reconocimiento que merece.
El día en que la violencia silenció una voz campesina
El 1 de noviembre de 1974, los campesinos de Hato Viejo acudieron al tribunal de Monte Plata para tratar el conflicto por las tierras. La audiencia fue aplazada ante la ausencia de Pablo Díaz Hernández, según las reseñas históricas consultadas.
Al regresar a su comunidad, Mamá Tingó recibió la noticia de que los cerdos que criaba habían sido soltados.
Cuando acudió a recogerlos, fue atacada a tiros por Ernesto Díaz, conocido como Durín, capataz vinculado al terrateniente.
Las versiones históricas sitúan el asesinato en medio de las tensiones que rodeaban la disputa agraria. Florinda habría intentado defenderse con un machete, pero recibió disparos en la cabeza y el pecho que le ocasionaron la muerte.
Tenía 52 años y estaba a pocos días de cumplir 53, de acuerdo con la fecha de nacimiento del 8 de noviembre de 1921, aceptada por las principales referencias institucionales.
Su muerte ocurrió durante el segundo gobierno de Joaquín Balaguer, en una etapa de la historia dominicana caracterizada por fuertes tensiones políticas y sociales.
El asesinato de Mamá Tingó no puede comprenderse al margen de aquel contexto, en el que las reivindicaciones campesinas chocaban con disputas por la propiedad y el control de la tierra.
La violencia acabó con su vida, pero no borró el significado de la lucha que había encabezado.
Por el contrario, su muerte contribuyó a consolidar su nombre como símbolo de resistencia frente al despojo y la desigualdad.
De Florinda Soriano a Mamá Tingó
La transformación de Florinda Soriano en una figura histórica no se explica únicamente por las circunstancias de su asesinato. También responde a lo que su vida llegó a representar para los sectores populares.
Mamá Tingó encarnó la defensa de quienes dependen de su trabajo para subsistir, pero carecen de los recursos económicos y de la influencia necesarios para hacer valer sus reclamaciones en condiciones de igualdad.
Su trayectoria puso de manifiesto una realidad frecuentemente relegada: el campo no es solamente un espacio de producción agrícola, sino también un territorio donde se desarrollan relaciones sociales, se construyen comunidades y se manifiestan disputas por el poder.
La historia de Hato Viejo permitió visibilizar la vulnerabilidad de los trabajadores rurales cuando sus derechos entran en conflicto con intereses económicos de mayor influencia.
Al mismo tiempo, la participación de Mamá Tingó demostró que las mujeres campesinas no fueron simples espectadoras de aquellas luchas. También organizaron, reclamaron, encabezaron movilizaciones y asumieron riesgos personales en defensa de sus comunidades.
Su legado, por tanto, pertenece tanto a la historia agraria como a la historia de la participación social de las mujeres dominicanas.
Una memoria que no debería limitarse a los monumentos
Con el paso de las décadas, Mamá Tingó ha recibido reconocimientos que mantienen vivo su nombre. Una estación del Metro de Santo Domingo lleva su denominación, y la comunidad de Hato Viejo fue elevada a distrito municipal con el nombre de Mamá Tingó en 2010.
También se han publicado obras dedicadas a su trayectoria. Entre ellas figura Mamá Tingó: la resistencia campesina, de la periodista Margarita Cordero, presentada por el Ministerio de la Mujer en noviembre de 2021, con motivo del centenario de su nacimiento.
Estos reconocimientos contribuyen a preservar su memoria, pero el verdadero alcance de su legado depende también de que las nuevas generaciones conozcan las circunstancias que la llevaron a convertirse en dirigente campesina.
Recordarla exige explicar qué defendió, por qué se enfrentó a intereses poderosos y cuáles eran las condiciones de vida de las familias que acompañaron su lucha.
De lo contrario, existe el riesgo de que su figura termine convertida en una referencia ceremonial, repetida en fechas conmemorativas sin profundizar en los problemas sociales que le dieron origen.
La memoria histórica adquiere mayor valor cuando permite comprender el pasado y formular preguntas sobre el presente.
52 años después, ¿qué nos dice Mamá Tingó?
El aniversario de su asesinato invita a mirar más allá de la tragedia individual y a examinar las cuestiones que permanecen asociadas a su historia.
¿Qué ocurre cuando quienes trabajan una tierra no disponen de los medios necesarios para defender su permanencia en ella? ¿Qué posibilidades tienen las comunidades rurales de hacer valer sus derechos cuando enfrentan intereses económicos con mayor capacidad de influencia? ¿Cuánto espacio se concede a las mujeres campesinas en la narración de la historia nacional?
Estas preguntas no implican trasladar automáticamente las circunstancias de 1974 a la realidad actual. Invitan, más bien, a reconocer la importancia de estudiar los conflictos agrarios, las desigualdades sociales y los mecanismos de protección de los derechos.
Mamá Tingó no fue una figura surgida de los privilegios ni de los grandes centros del poder. Fue una mujer cuya trayectoria estuvo vinculada al trabajo cotidiano y a la defensa de una comunidad que consideraba amenazada su forma de vida.
Su nombre permanece porque su historia representa una convicción elemental: la dignidad humana no debería depender de la posición económica, del nivel educativo ni de la capacidad de influencia de una persona.
El 1 de noviembre de 1974, en Hato Viejo, la violencia puso fin a la vida de Florinda Soriano Muñoz. Pero la mujer que había asumido la defensa de los campesinos terminó convirtiéndose en una referencia nacional de resistencia y justicia social.
Cincuenta y dos años después, Mamá Tingó continúa formando parte de la memoria dominicana. No solamente como la campesina asesinada durante una disputa por la tierra, sino como la mujer que se atrevió a defender el derecho de su gente a vivir del trabajo de sus propias manos.
Porque hay vidas cuya importancia no se mide por el poder que acumularon, sino por la dignidad que defendieron.
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