La baja interacción en las redes sociales no necesariamente refleja falta de interés del público. Los sistemas de distribución digital seleccionan y jerarquizan los contenidos que aparecen en las pantallas de los usuarios, condicionando su visibilidad y, en ocasiones, la percepción que las personas tienen de su propia aceptación social.
Por Marcos Sánchez
En 2017 en el desaparecido website Quisqueya Informativa, un artículo titulado ¿Qué tan reales son los likes?. Casi nueve años después, retomo aquella reflexión porque considero que sigue teniendo relevancia en un entorno digital cuya dinámica ha cambiado considerablemente.
Mi inquietud surgió de una experiencia personal. Antes de incorporarme a las redes sociales, había desarrollado parte de mi actividad comunicacional romanense en la televisión local, la radio y el periódico impreso. Conocía las distintas formas de interacción con las audiencias y estaba familiarizado con sus respuestas.
Sin embargo, al comenzar a utilizar Facebook observé una situación que me llamó la atención: mientras aumentaba progresivamente mi cantidad de contactos, el número de personas que reaccionaba a mis publicaciones parecía mantenerse prácticamente igual. Las interacciones procedían, con bastante frecuencia, de un grupo relativamente reducido de usuarios.
Aquella observación planteaba una interrogante: ¿hasta qué punto las reacciones visibles representan el verdadero interés de una audiencia?
En enero de 2018, Facebook anunció un cambio importante en los criterios de distribución de su sección de noticias. Mark Zuckerberg comunicó que la plataforma daría mayor prioridad a las interacciones significativas entre familiares y amigos, en detrimento de parte del contenido público procedente de páginas, empresas y medios de comunicación.
La propia compañía reconoció entonces que esos cambios podían reducir el alcance, las reproducciones de videos y el tráfico de referencia de numerosas páginas. No se trataba, por tanto, de una simple percepción de los creadores de contenido: la plataforma estaba modificando deliberadamente sus criterios de distribución.
Desde entonces, los sistemas de recomendación y clasificación de contenidos han evolucionado. Facebook y otras plataformas utilizan múltiples señales para determinar qué publicaciones pueden resultar relevantes para cada usuario. Entre ellas figuran sus interacciones anteriores, sus intereses, las cuentas que sigue y las probabilidades estimadas de que responda o participe en una conversación.
Esto significa que tener cientos o miles de contactos no garantiza que cada publicación llegue a todos ellos. La cantidad de conexiones de un perfil y el número de personas que efectivamente reciben o visualizan sus contenidos son indicadores diferentes.
También es importante distinguir entre alcance, impresiones e interacciones. El alcance representa la cantidad de personas que reciben una publicación; las impresiones contabilizan las ocasiones en que se muestra, mientras que las interacciones reflejan acciones como reaccionar, comentar o compartir. Confundir estas métricas puede conducir a interpretaciones equivocadas sobre el comportamiento de una audiencia.
En este contexto, resulta interesante relacionar el fenómeno con el llamado número de Dunbar, una referencia de la antropología y la psicología evolutiva sobre la capacidad humana para mantener relaciones sociales estables. Aunque esta teoría no explica directamente el funcionamiento de los algoritmos ni establece un límite para las audiencias digitales, permite reflexionar sobre la tendencia de las personas a mantener círculos de interacción relativamente reducidos.
La consecuencia de todo esto va más allá de las estadísticas. En un entorno donde las reacciones públicas suelen interpretarse como señales de aceptación, reconocimiento o popularidad, una publicación con escasa respuesta puede generar frustración, inseguridad o la sensación de estar perdiendo relevancia.
Sin embargo, una baja cantidad de likes no constituye, por sí sola, una medida fiable del interés que despierta una persona, de la calidad de lo que publica ni de su reconocimiento social. Es posible que algunos usuarios no hayan recibido la publicación en sus pantallas, que la hayan visto sin reaccionar o que simplemente no acostumbren a interactuar públicamente.
Por eso conviene revisar la manera en que interpretamos nuestra presencia digital. Las redes sociales son espacios de comunicación mediados por sistemas automatizados de distribución, no escenarios donde cada contacto recibe necesariamente el mismo contenido.
La reflexión que planteaba en 2017 conserva su vigencia, aunque hoy requiere una interpretación más amplia: las reacciones no cuentan toda la historia de una audiencia. Antes de asumir que alguien ha dejado de interesarse por lo que publicamos, debemos comprender cómo funcionan los mecanismos que determinan qué llega a sus pantallas.
Porque en las redes sociales no siempre existe una ausencia de interés. En ocasiones, sencillamente, no se ha producido el encuentro entre quien publica y quien podría estar interesado en leerlo.
El autor y Director Editorial de Exposición Mediática. Con tres décadas en medios y veinte años como articulista, ejerce un periodismo de interpretación pública que articula análisis riguroso y reflexión cultural. Su trabajo se centra en la legalidad, la interpretación de procesos complejos y el interés ciudadano. Es además locutor, escritor, profesor bilingüe, creativo y actor. Su propuesta editorial integra un enfoque cultural y didáctico permanente, orientado a la formación de criterio ante debates nacionales e internacionales.
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