Ben-Hur: la historia acerca de la venganza que se transformó en justicia

 

Por Marcos José Núñez

Puede que para algunos seres humanos, la combinación de literatura con cine represente algo etéreo, ficticio, aburrido, y solo quizás en el caso de lo último, bajo ciertos criterios estéticos y tecnológicos, se convierte en un medio de entretenimiento masivo para las grandes mayorías.

Sin embargo, tanto el cine como la literatura pueden funcionar juntos tan bien como el llavín que permite abrir una puerta o el campo de aterrizaje que necesita un avión para volar. Se trata de dos aspectos perfectamente complementarios para la vida que por comparación, así se relacionan para el arte y la cultura.

¿A qué viene todo eso? Tal es el caso de un servidor y su experiencia precisamente en esa parte combinada del cine y la literatura. Desde niño, tuvimos la oportunidad de tener acceso a cierto nivel de instrucción que acompañada del interés natural que efectivamente existía por las cuestiones señaladas, pudimos nutrirnos de una manera regular a este respecto.

Recordamos con especial cariño haber visto tanto a través del servicio de cable como de la televisión local, la película estrenada en 1959 “Ben-Hur”, obra maestra de la cinematografía estadounidense, basada en la novela homónima de Lewis Wallace “Ben Hur: una historia en los tiempos de Cristo”, publicada en 1880.

Desde mediados de los años ochenta, hasta bien entrada la década de los noventa del siglo XX, y especialmente estando en casa en Semana Santa, teníamos la gratísima y profundamente emotiva experiencia de ver aquella maravillosa obra cinematográfica.

Dirigida por el destacado director William Wyler, fue la película más costosa de su tiempo y la que salvó a la Metro Goldwyn Mayer de la bancarrota total. Es la única producción de MGM que tiene la típica presentación del león rugiente en total silencio. Además contó con un extraordinario elenco encabezado por el prestigioso actor Charlton Heston como Judah Ben-Hur, Stephen Boyd como Messala, Haya Harareet como Esther, Finlay Currie como Balthasar y Hugh Griffith como el Jeque Ilderim, el todos-estrellas de esta superproducción hollywoodense posterior a su estreno ganó 11 de 12 estatuillas en los premios Óscar incluyendo mejor película, un récord que perduró hasta los premios de 1998 con la película “Titanic”.

Este referente de la cultura popular está acompañada de una composición musical armónica, majestuosa, gloriosa, que llena al público de una densa y creciente emoción. Sin dudas, en nuestra opinión es la mejor película de todo el siglo XX (ligeramente por encima de «Lo que el viento se llevó») y en cuanto a la obra literaria, una de las novelas que más profundamente nos ha impactado en términos personales. Y es que no nos cansábamos de verla, de disfrutarla y de vivir esa intensa ficción como si hubiese sido un relato tan real como la vida misma…

En la época, nos picó la curiosidad de si alguna vez podríamos conseguir la obra literaria original para leerla, pero dada la distancia desde el tiempo de su publicación (hacía más de cien años) se hacía casi imposible conseguir una edición contemporánea, en un momento en el cual había más librerías locales adonde ir a comprar, diferente al momento cuando se escribe esta opinión y el cierre sucesivo en la última década, de la mayoría de las tiendas del ramo en este país.

A lo anterior, había que añadir en esa etapa, las limitaciones presupuestarias de nuestro padre que aunque disponía de altos ingresos, tenía que sostener prácticamente -y sin exagerar- cuatro familias y por otro lado, nuestra madre, quien tenía que ayudar a sostener a sus padres ya ancianos y a su hijo adolescente, dar alguna ayuda eventual a algún hermano en aprietos, pagarse sus nuevos estudios universitarios privados y otras deudas acumuladas. Muy difícil estaba el panorama para adquirir tanto dentro como probablemente fuera del país, ejemplares de tan legendarias obras del maravilloso género de la novela.

Pero como todo en este mundo, nada es fruto de la casualidad…

Una soleada mañana de semana laboral, de esas que transcurren como un día más en la vida ordinaria de cualquier imberbe, mientras cursábamos el tercer año de secundaria en el prestante Colegio Don Bosco, nos dió por hacer algo más o menos diferente a lo acostumbrado.

Cada recreo de unos 30-40 minutos, no solo representaba una liberación para salir a jugar cualquier deporte disponible, dejar atrás la seriedad en el aula pasillando como pavo por doquier, ir a la cafetería a comprar un combo de merienda o aprovechar el amplísimo patio para conversar con los amigos/as, sin los condicionamientos que impone la disciplina.

Ese día, ese mismo día, como ya lo habíamos hecho antes…y lo seguiríamos haciendo después, decidimos subir a una de las dos enormes bibliotecas del complejo educativo de los salesianos y sentarnos a leer tranquilamente cualquier libro, sin importar categoría literaria, volumen o tomo de lo que se tratase.

Es virtualmente imposible para cualquier ser humano leerse toda la literatura disponible en esos establecimientos, dada la gran cantidad de obras que puede abarcar un almacén de libros clasificados y también, por el escaso tiempo de que se disponía; estamos hablando de un span reducido de 2/3 partes de una hora para descanso escolar y aprovechar para leer. Ni que decir de las acostumbradas restricciones para los préstamos de libros a menos que fuesen específicamente para tareas escolares.

Y sucedió aquello. ¿Cómo podemos calificarlo? Hay muchas denominaciones según sea el caso: suerte, fortuna, serendipia, casualidad o chepa en jerga dominicana. En nuestro caso, prefiero llamarlo magia…

Allí en medio de las estanterías, buscando de manera pausada en las filas horizontales, mientras recorríamos con nuestros “ojazos tapatíos”, cuál sería el próximo folio encuadernado a devorar, encontramos aquella titulación en el lomo que indicaba como algo mágico, verdaderamente mágico, que allí estaba esa obra que añorábamos encontrar alguna vez, como si estuviera esperándonos.

¿Oh no? ¿Tal vez fue la obra que nos encontró? A estas alturas, quién sabe…

Verdaderamente emocionados, dimos comienzo a una labor de buceo en las profundidades literarias de la novela, adentrándonos en aquella experiencia inmersiva en las aguas de una narrativa monumental, que quizás una película, documental o una miniserie, no nos puede contar.

Y no quedamos decepcionados. La obra es aún más épica y gloriosa en algunos momentos. En otros pues, el guión adaptado y la secuencia fílmica superan con creces, la trama que describe la ficción, ingeniosamente creada y articulada por el autor original.

Y durante varios días a media mañana, la imaginación potenciada con el sonido de la superba banda sonora fílmica de Miklós Rózsa, pasó desde los mares, volando hasta los cielos…

El relato inicia con la narración preciosamente descripta del encuentro en el desierto de Arabia de los tres reyes magos, Melchor de la India, Gaspar de Grecia y Baltasar de Egipto, quienes guiados por una extraña y luminosa estrella, llegan hasta Judea y después de algunos contratiempos, conversan con Herodes, para lograr tras algunas averiguaciones llegar a Belén, pocos días después del nacimiento del rey de los judíos, rendirle tributo, pleitesía y traerle bendiciones acompañadas de presentes.

No obstante lo anterior, el relato en realidad se centra en la sólida amistad de Judah Ben-Hur y Messala, relacionados desde la más temprana juventud, el primero, miembro de una familia principal noble y acomodada –probablemente de uno de los linajes más antiguos de Judea e Israel- y el segundo, romano de nacimiento, de un núcleo social elevado (patricio) y de los que tenía a su cargo administrar una parte del antiguo reino de Herodes Magno y de los Asmoneos.

Aunque al principio de su amistad, ambos no tenían diferencias notables en su forma de ver el mundo, después de unos años sin verse, la evolución de cada uno y de su filosofía política, se hizo especialmente acentuada y contrastante. Ben-Hur creía que la bota de Roma sobre el pescuezo de su pueblo ya era suficiente, mientras que Messala retornó a Judea con la idea exacerbada de que el mundo era de Roma y que todos los pueblos debían rendirse de rodillas ante su grandeza. El choque de opiniones devino fricción y provocó que Messala, tomase la posición más intolerante, trayendo una tensión que probaría ser fatal en la relación amistosa.

Temporalmente disgustados por el manifiesto patriotismo de Ben-Hur, éste decidió que haría todo lo posible por ayudar a liberar a su pueblo, aun si esto significase enrolarse en las legiones romanas para aprender todo lo necesario sobre el arte de la guerra. Lamentaba haber disgustado a su entrañable amigo, pero en definitiva, Messala había dejado claro que su pueblo estaba primero que su amistad.

Días después, llegó a Judea el nuevo gobernador (Procurador), Valerio Graco de cuya cohorte Messala es parte fundamental y mientras la familia Hur observaba desde lo alto de su mansión en Jerusalén, un accidente del destino, hizo que mientras Judah se recostaba inocentemente de una pared adoquinada de tejas con el propósito de ver el cortejo pasar por la calle del barrio, un pedazo de teja se desprende, provocando un extraño incidente con el caballo espantado en que venía montado el gobernador, tirándolo a los suelos y casi dejándolo por muerto.

La reacción de los soldados fue inmediata. Procedieron a penetrar a la mansión de la familia Hur, arrestando a todos incluyendo a Judah, acusándolos de intento de asesinato al gobernar e instigar un alzamiento en contra del César. Judah no podía creer que quien encabezaba el allanamiento era nada más y nada menos que el hombre que hasta hace unos días había sido su mejor amigo, Messala. Tras un juicio sumario, Judah Ben-Hur fue condenado a la esclavitud en las galeras (naves marítimas antiguas compuesta de varios remos) lo que era equivalente a una horrible y segura muerte a la vuelta de apenas un par de años.

Injustamente condenado Ben-Hur juró su venganza sobre Messala y los romanos. Sacado de prisión fue conducido por una recua de soldados hacia el norte de Israel para embarcarse en Antioquia de Siria. Tras una breve parada en un humilde pueblito de la Galilea, para que todos pudieran tomar agua, ésta le fue negada cruelmente por el centurión en jefe a Judah, por especial encargo de Messala. Sin embargo, José el carpintero y su hijo joven adulto Jesús, observan con pena la situación. Jesús de Nazaret decide de manera audaz, solemne, serena y pacífica asistir a un Judah deshidratado y lo trata con ternura, misericordia y piedad. Restablece a Judah con agua, evita el castigo del malvado centurión sobre el prisionero y todo el grupo retoma su viaje a las galeras. Judah jamás olvidará el rostro de quien tuvo la valentía de auxiliarlo en el peor momento de su vida.

Hay un salto en el tiempo y pasan varios años y Judah ha sobrevivido más de lo esperado a la terrible experiencia de ser esclavo en galeras. Allí conoce en carne viva, lo que es vivir sin esperanzas, sin ilusión, sin fé y con la rabia y el dolor de la traición. Ha jurado venganza y no olvida su juramento. Su nave naufragó una noche, después de una batalla con piratas macedonios y luego de pelear valientemente, logró salvarse junto con Quinto Arrio, noble romano y cónsul. Este último, como premio a la proeza de este judío extraño y gentil, sin nombre y con apenas un número, decide convertirlo en su hijo adoptivo, Quinto Arrio Secundus cuando llegan a Roma.

Ocurre otro salto en el tiempo. Pasan unos años más y Judah goza de una vida llena de lujos y sofisticación como quizás no la tuvo antes en Judea. Recibe el anillo de su padre adoptivo que le da autoridad sobre sus bienes y derecho a sucesión. Refina sus maneras y aprende las costumbres, filosofías y estilo de la alta sociedad romana pero todavía quiere volver a su pueblo para cumplir con su juramento. Se lo hace saber a su padre adoptivo quien no tiene más remedio que dejarlo ir y darle su bendición en lo que sea que vaya a hacer. Judah parte para el Mediterráneo oriental y casi llegando a casa, en el puerto de Antioquia, se entera que Simónides, antiguo esclavo de su padre, se quedó con gran parte de las propiedades y riquezas de los Hur. En la película es el gobierno romano de Judea en nombre del emperador quien confiscó las propiedades y bienes.

En Antioquia, además de Simónides, Judah conoce a Esther, hija del antiguo sirviente de su padre quien se enamora perdidamente de Judah. También entra en contacto con el jeque Ilderim, hombre famoso por sus posesiones pero sobre todo por tener los mejores establos de caballos de oriente para correr en las carreras hípicas. Judah quien se hizo experto en correr con cuadrigas en el circo máximo, se interesa por lo que tiene que ofrecer Ilderim y junto a él conoce a un viejo amigo de Ilderim, Baltasar el egipcio acompañado de su hija. Este último, ya entrado en años, vive esperando pacientemente la manifestación del Mesías prometido por Dios para cambiar el mundo y a quien tuvo la fortuna de ver casi recién nacido junto con otros dos compañeros magos, llevando unos presentes.

En el libro, Baltasar despierta cierta curiosidad en Judah al hablarle de la próxima misión de redención que encabezaría desde Jerusalén este Rey de los Judíos que conoció en un cuna hace tantos años. Cómo background a los acontecimientos que van desarrollándose, comienza a formarse una especie de triángulo amoroso entre Judah, la tierna Esther de Simónides y la hermosa hija de Baltasar.

Judah pondera involucrarse en las carreras de caballos al enterarse que Messala estará participando. Se prepara para retomar su participación en este deporte en el hipódromo (lo había practicado en Roma en el Circo Máximo), no sin antes hacerle saber a Messala que está vivo y que viene a reclamar lo que éste le arrebató. En el filme, un tiempo después, Judah retorna a Jerusalén con la compañía de Ilderim y Baltasar, realiza una visita sorpresa a Messala, con su nuevo nombre de Quinto Arrio Secundus y le reclama bajo promesa de reivindicación que como ciudadano romano, le devuelva sus propiedades y su familia lo más pronto posible o dejará sentir su ira sobre él.

Messala no sabe dónde está la familia de su antiguo mejor amigo y no sabe qué hacer ante la nueva situación. En la película, Esther, le dice a Judah que su madre y hermana están vivas pero después de tantos años en una horrible prisión se han infectado de lepra y han sido aisladas de todo contacto con la población. Judah lleno de ira y con nuevos bríos para practicar su venganza, reta a Messala una carrera en el hipódromo. Esther teme que los deseos de venganza de Judah lo consuman y le habla de un profeta de Galilea que anda hablando de un nuevo mundo espiritual de bondad, amor y se ha destacado como un hacedor de milagros pero Judah ignora reiteradamente lo que Esther le dice y sigue adelante con sus planes.

Llega el día cero. Todos los jinetes se dan cita en la carrera del hipódromo. Messala acepta el reto de Judah y ambos competirán. Inicia la carrera, las cuadrigas luchan ferozmente por superarse entre sí, pero hay claramente dos jinetes que van encabezando: Judah y su nuevo enemigo, Messala. Ambos compiten y en el filme, vemos una de las secuencias más extraordinarias jamás filmadas en toda la historia de la cinematografía. Pese a las triquiñuelas y jugadas sucias de Messala con su carro, Judah se logra imponer en la carrera, mientras que Messala víctima de su propia maldad se descarrila, cayendo de bruces al piso y siendo pisoteado por caballos y carros. Queda muy mal herido.

Judah se entera de la situación y se estremece, ya que todavía hay bondad en él. Va donde su antiguo amigo a solidarizarse ante el tan lamentable estado en que ha quedado su cuerpo a punto de ser mutilado pero, Messala, en un insólito acto de soberbia, mientras está agonizando, no muestra el más mínimo asomo de arrepentimiento. En el libro, Messala sobrevive a sus heridas que son menos graves pero muere posteriormente unos años después en extrañas circunstancias.

Casi al final de la novela y del filme, la escena del tortuoso camino al Gólgota de Jesús de Nazaret refleja una inversión irónica de los roles del destino en la historia: Cuando el Cristo aún era un gran desconocido, alentó y auxilió a un desesperado Ben-Hur, hidratándolo cuando éste iba de camino a la esclavitud y será muchos años después, el mismo Ben-Hur liberado, quien intentará hidratar y socorrer al ahora torturado Mesías pero los guardias romanos, se lo impiden. Ben-Hur se percata que el hombre que será castigado injustamente en el monte del calvario, fue el mismo que muchos años atrás le salvó de morir de inanición y deshidratado. Y como elemento que conecta con la historia sagrada, la narración nos plantea de forma tácita, como el salvador de la humanidad fue capaz de entregarse incondicionalmente por todos hasta su muerte en la cruz, ya que habiendo tenido el poder para salvar a otros, no lo usó para beneficiarse asimismo, evitando ese trágico y horrible final.

Y con el suplicio de Jesús en la cruz, mientras Judah, Esther, su madre Miriam y hermana Tirzah, junto con las otras mujeres que narran los evangelios, observan impotentes cómo se apaga la luz del redentor de todos los hombres, perdonando incluso a sus verdugos, pues tras producirse su deceso, pocas horas después, sucede que de manera absolutamente milagrosa, la madre y hermana de Judah, son curadas de su lepra, lo que mueve a toda la familia Ben-Hur a convertirse al evangelio del reino de Dios.

La película termina con una poderosa escena que evoca la crucifixión y la posterior resurrección del señor Jesús, proyectando el triunfo definitivo del bien sobre el mal.

En la narración escrita, pasan cinco años, la familia está unida y feliz. Viven en Roma y Judah se ha casado con Esther teniendo un par de niños con ella. Todavía recuerdan aquel día en que Jesús con su muerte les sanó de todos sus males espirituales y físicos. Ocurre otro salto en el tiempo, llevando el relato al año 64 D.C. en Antioquia de Siria. Allí, los negocios han prosperado grandemente pero Judah ahora con nietos, se entera que en Roma los cristianos están siendo masacrados por el emperador Nerón y decide ir a solidarizarse con sus hermanos en Cristo para protegerlos en tiempos de tribulación.

Esta extraordinaria obra aborda valores muy cristianos como la fé, la esperanza, el amor, la bondad, la compasión, la misericordia, la redención, el perdón, la reconciliación y el milagro de la sanación que transforman la determinación de una venganza privada en justicia divina, teniendo como telón de fondo el sacrificio supremo de Jesucristo en medio de todos esos memorables acontecimientos que maravillosamente describe el autor en el relato para la gloria de sus lectores de todas las épocas.

Tanto la novela original de Lew Wallace como la realización para el séptimo arte parecen estar parcialmente basadas en la aún más famosa y antigua novela «El Conde de Montecristo», del autor francés Alejandro Dumas, al tratar sobre temas de revancha personal, arrebato de bienes, relaciones rotas por traición, desgracias familiares, reivindicación de status, recuperación de honor, acumulación de poder y entrenamiento del héroe que retorna para cumplir su gran propósito, el liberar a su pueblo del yugo romano pero que en el camino su objetivo es cambiado completamente por una serie de eventos inesperados que se entrelazan entre lo legendario, lo mágico y lo épico.

Otro elemento que se puede casi inferir de la trama novelística es que da la impresión que el autor Lewis Wallace hizo una especie de “rip-off by inspiration” de la historia personal bíblica de Pablo de Tarso y los mitos que se tejieron sobre su vida, acerca del antiguo origen israelita de su familia como miembros de la tribu fundacional de Ben-Jamín y la manera como pudo haber conseguido la ciudadanía romana sin ser romano de nacimiento, además de conocer al dedillo, la psique de los conquistadores.

El libro y el filme conjuntamente, presentan en una historia en paralelo y que se entrecruza, un Dios cercano, justo y piadoso que ha venido por medio de su hijo a salvar del extravío al hombre, simbólicamente representado en la figura de Judah Ben-Hur, contrario a épocas anteriores en que el ser humano tenía que ir desesperadamente a la búsqueda de un aparentemente lejano, irascible, implacable, vengativo e incomprensible Dios omnipotente.

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