Cuando el turismo deja de ser un sector y se convierte en el sistema operativo del territorio

 

Por Antonio Corcino

Durante años, el turismo se ha estado midiendo casi exclusivamente con indicadores sectoriales: llegadas de visitantes, ocupación hotelera, divisas, inversión y empleo. Esos datos son necesarios, pero resultan insuficientes cuando la actividad deja de ser un componente más de la economía y comienza a reorganizar el territorio donde se desarrolla.

En muchos destinos del Caribe, particularmente en determinadas zonas de la República Dominicana, el turismo ha dejado de operar únicamente como un sector económico. Su influencia alcanza el uso del suelo, las infraestructuras, las prioridades institucionales y las oportunidades de desarrollo.

¿Qué ocurre cuando las carreteras se construyen prioritariamente para conectar complejos hoteleros, el suelo adquiere valor según su potencial turístico, el comercio se orienta al visitante y la vivienda compite por el mismo espacio con los usos turísticos? Estamos ante una configuración territorial que desborda los límites de un sector económico y exige una mirada más amplia. Configuración territorial, dinámicas espaciales, organización del espacio y cambios estructurales.

El territorio como una red de engranajes

Imaginemos el territorio como un reloj. Sus engranajes representan las estructuras económicas, sociales, espaciales, culturales e institucionales. Cada pieza cumple una función y mantiene relaciones con las demás. Cuando uno de esos engranajes adquiere una influencia dominante, puede modificar el funcionamiento del conjunto y alterar las relaciones entre sus componentes.

Algo semejante sucede en los destinos donde la economía y la organización territorial dependen de manera creciente del turismo. La inversión hotelera impulsa nuevas infraestructuras; estas mejoran la conectividad y facilitan la llegada de visitantes; la demanda estimula el mercado inmobiliario, los servicios y el comercio; las instituciones deben responder a nuevas necesidades de ordenamiento, movilidad, agua, energía y gestión ambiental. Los cambios no permanecen aislados: se conectan y producen nuevas dinámicas territoriales.

La construcción en 2013 del Boulevard Turístico del Este —hoy Frank Rainieri— ilustra bien este mecanismo; redujo el tiempo de traslado entre el aeropuerto, los hoteles y destinos como la isla Saona o Santo Domingo. Al mismo tiempo, elevó el atractivo inmobiliario de los terrenos cercanos, en buena medida también favoreció la expansión urbana, modificó los desplazamientos cotidianos de los trabajadores y, en consecuencia, aumentó la demanda de servicios públicos. Esta infraestructura, originalmente concebida para facilitar la actividad turística, terminó convirtiéndose en un factor de reorganización territorial en Verón-Punta Cana.

El fenómeno no consiste únicamente en sumar hoteles, restaurantes y visitantes. Consiste en observar cómo sus relaciones modifican el funcionamiento de la superficie.

Turismización: comprender el proceso estructural

En Verón-Punta Cana, gran parte de la economía local está subordinada a la cadena de valor turística. Incluso la identidad cultural se gestiona como recurso de atracción. No se trata solo de “más turismo”. Se trata de un modelo en el que el turismo opera como lógica dominante que reordena prioridades, presupuestos, políticas y decisiones.

Esto no significa que el turismo sea intrínsecamente negativo. Significa que cuando una actividad sectorial alcanza la capacidad de reorganizar el territorio y sus estructuras, deja de poder analizarse solo con las herramientas del marketing o de la gestión de destinos. Requiere otra mirada: una que distinga el síntoma de la causa, la calle transformada del modelo que la hizo posible.

Por ello, propongo denominar turismización al proceso mediante el cual el turismo transforma, reorganiza y articula progresivamente las estructuras económicas, sociales, espaciales, culturales e institucionales de un espacio, en distintas escalas, hasta adquirir una influencia determinante en su configuración y desarrollo.

La turismización puede manifestarse en una región, una ciudad o un país. Su alcance depende de la intensidad de la actividad, de su conexión con otros sectores y de su capacidad para orientar inversiones, uso del suelo, infraestructuras, decisiones públicas y oportunidades económicas. No todo cambio territorial es consecuencia del turismo, ni todos los destinos experimentan el mismo proceso. Pero cuando la actividad adquiere suficiente influencia, resulta necesario investigar cómo interviene en la reorganización del territorio y qué efectos produce.

De la transformación territorial al impacto social

Estas dinámicas espaciales atrajeron inversiones, generaron empleos, mejoró la conectividad y amplió las oportunidades comerciales. Sin embargo, sus beneficios y costos no se distribuyen de manera uniforme. El aumento de la demanda de suelo para hoteles y alojamientos vacacionales intensificó la presión sobre los precios de la vivienda y los alquileres. En algunos casos, como el de las comunidades de Juanillo y Suero frente a la expansión de Cap Cana, los residentes originales perdieron la capacidad de permanecer en sus lugares.

Aquí conviene distinguir conceptos relacionados, pero no equivalentes. La turismización es el proceso de transformación y reorganización territorial bajo la influencia del turismo. Turistificación: transformación de espacios concretos por la orientación creciente hacia los usos y demandas turísticas. Gentrificación: transformación socioespacial que puede implicar sustitución o desplazamiento de residentes y cambios en la composición social. Ahora bien, no toda turismización produce gentrificación, ni toda transformación urbana relacionada con el turismo implica necesariamente expulsión. Precisamente por eso es necesario estudiar las conexiones sin confundirlas.

El crecimiento de un destino no debe evaluarse solo por la cantidad de visitantes. También importa conocer las condiciones de vida de quienes sostienen su funcionamiento, el acceso a la vivienda, la disponibilidad de servicios públicos, la distribución de los beneficios y la capacidad del territorio para conservar sus recursos.

La pregunta que cambia la perspectiva

Cuando un destino aumenta visitantes e inversiones, a menudo se acumulan al mismo tiempo problemas de movilidad, presión inmobiliaria, desigualdad territorial e insuficiencia de servicios. Surge, entonces, una pregunta fundamental: ¿qué sucede con un territorio cuando el turismo deja de crecer, disminuye la llegada de visitantes o cambia la demanda de sus principales mercados emisores?

Cuando el empleo, las inversiones, el comercio, la recaudación pública y la organización territorial dependen en gran medida de la actividad turística. Cualquier contracción puede extender sus efectos más allá de los hoteles y las empresas del sector. Sus repercusiones pueden alcanzar a trabajadores, proveedores, pequeños negocios, instituciones públicas y comunidades enteras. Por ello, comprender la turismización exige analizar no solo los beneficios económicos del turismo, sino también las vulnerabilidades que genera una dependencia excesiva de esta actividad.

Mirar más allá de los visitantes

Entender la turismización supone reconocer que el turismo puede pasar de ser una actividad económica entre otras a convertirse en una fuerza que condiciona la organización y las perspectivas de desarrollo de un área. Por eso, su estudio exige relacionar los indicadores socioeconómicos con las transformaciones del suelo, las infraestructuras, las instituciones, la economía local y las condiciones de vida de la población. Requiere, además, distinguir entre crecimiento sectorial y transformación estructural.

El propósito no es atribuir al turismo todos los cambios de una zona, sino identificar cuándo, cómo y mediante qué mecanismos su influencia reorganiza el conjunto. Porque un destino no es solamente un producto que se vende al visitante. Es también el espacio donde vive una población, trabaja una economía, actúan unas instituciones y se construye una sociedad.

Ahí reside la diferencia entre gestionar una actividad económica y comprender un proceso de turismización: el primero exige medir el desempeño del sector; el segundo, explicar cómo su influencia transforma el territorio y condiciona las relaciones económicas, sociales e institucionales que lo sostienen.

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