Redacción Exposición Mediática.- La controversia surgida durante la presentación de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026 en Madrid trasciende la discusión entre papel y pantalla. En el fondo, plantea una pregunta más profunda: ¿qué papel debe desempeñar un ministro de Cultura cuando representa el valor de los libros ante el mundo?
Introducción
Las palabras nunca son inocentes. Mucho menos cuando se pronuncian desde una posición de poder y en escenarios donde cada gesto adquiere una dimensión simbólica.
La reciente presentación de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026 en Madrid dejó una imagen que ha provocado comentarios, interpretaciones y debates. No por un anuncio trascendental ni por una polémica de grandes proporciones, sino por una reflexión aparentemente simple sobre las ventajas de leer centenares de páginas en un dispositivo electrónico.
A primera vista, podría parecer una observación inofensiva. Sin embargo, el contexto importa. Y en materia cultural, los símbolos suelen decir más que las palabras.
El tacto al hablar en un escenario
Hay escenarios donde las palabras pesan más que en cualquier otro lugar. Una Feria Internacional del Libro es uno de ellos.
No se trata únicamente de un encuentro entre editoriales, escritores y lectores. Tampoco de una agenda protocolar ni de una sucesión de conferencias. Una feria del libro es, por definición, una celebración de la palabra escrita y de la capacidad de los libros para preservar la memoria, transmitir conocimiento y alimentar la imaginación de los pueblos.
Por eso, durante la presentación de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026 en Madrid, llamó la atención que la conversación derivara hacia las ventajas de un dispositivo electrónico capaz de almacenar centenares de páginas en un formato ligero y portátil. Más allá de la intención original del comentario, la escena dejó una sensación difícil de ignorar: la de un espacio dedicado al libro donde, por un instante, el protagonista pareció ser aquello que supuestamente viene a sustituirlo.
La observación podría parecer irrelevante. Después de todo, millones de personas leen hoy en papel, en tabletas, en teléfonos inteligentes o en lectores electrónicos. La tecnología ha ampliado el acceso al conocimiento y ha democratizado formas de lectura que hace apenas unas décadas resultaban impensables. Nadie sensato podría negar esa realidad.
El debate nunca ha sido el soporte: El debate es el símbolo
Los ministros de Cultura no solo administran presupuestos, coordinan programas o inauguran actividades. También representan una visión. Encarnan, de alguna manera, aquello que una nación decide valorar, proteger y promover en materia cultural. Y cuando hablan en escenarios internacionales, sus palabras adquieren un significado que trasciende la anécdota.
Las ferias del libro existen precisamente porque el libro sigue siendo mucho más que un objeto físico. Son espacios donde convergen industrias creativas, autores, bibliotecas, editores, educadores y lectores. Son una afirmación colectiva de que la lectura continúa ocupando un lugar esencial en la vida cultural de las sociedades.
Resulta curioso que, cada cierto tiempo, reaparezca la profecía de la muerte del libro. Primero fue el cine. Luego la radio. Más tarde la televisión. Después internet. Finalmente llegaron los teléfonos inteligentes, las plataformas digitales y la inteligencia artificial. Sin embargo, el libro permanece.
Permanece porque su valor nunca ha dependido exclusivamente del papel. Tampoco de la tinta. Su fuerza radica en algo más profundo: en su capacidad para organizar ideas, preservar experiencias humanas y crear un diálogo silencioso entre quien escribe y quien lee, incluso a través de generaciones.
Quizá por eso las grandes ferias internacionales del libro continúan convocando multitudes en pleno siglo XXI. No porque ignoren los avances tecnológicos, sino porque reconocen que el libro sigue siendo una pieza central de la cultura contemporánea.
El uso de la tecnología
La tecnología puede transformar la forma en que accedemos a los contenidos. Puede hacerlos más ligeros, más rápidos y más accesibles. Lo que no debería hacer es desplazar el valor simbólico de aquello que esos contenidos representan.
En tiempos de inmediatez, el libro continúa siendo uno de los pocos espacios donde la reflexión exige tiempo, atención y profundidad. Y esa condición, lejos de volverlo obsoleto, lo hace más necesario que nunca.
Síntesis
Quizá la discusión abierta en Madrid no sea, en realidad, sobre libros electrónicos o libros impresos. Tampoco sobre la conveniencia de una herramienta tecnológica frente a otra.
La verdadera cuestión es quién está llamado a defender los símbolos culturales de una nación y cómo debe hacerlo.
Porque un ministro de Cultura no habla únicamente en nombre de una institución. Habla, también, en nombre de una herencia intelectual construida por generaciones de escritores, lectores, bibliotecas, editoriales y maestros.
Los libros sobrevivirán a las pantallas, como sobrevivieron a tantas otras predicciones sobre su desaparición. Lo que nunca debería desaparecer es la convicción de que representan algo más que un formato de lectura.
Representan memoria. Representan identidad. Representan pensamiento y cuando se ocupa la responsabilidad de promover la cultura de un país, conviene recordar que los símbolos también hablan e incluso, en ocasiones, son precisamente ellos los que terminan escribiendo la historia.
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