En la República Dominicana se repite una historia que conocemos demasiado bien.

Por Yeralffi Arache

El joven que quiere entrar en política habla de cambiar las cosas. El profesional que aspira a desempeñar una función pública cuestiona la burocracia, el clientelismo, la improvisación, los privilegios, la falta de planificación y muchas de esas prácticas que durante años hemos criticado como sociedad. Desde fuera parece fácil verlo.

Se habla de institucionalidad, transparencia, meritocracia, eficiencia y modernización del Estado. Se critica la famosa “cuña”, los nombramientos sin criterio técnico, las decisiones tomadas por conveniencia y esa cultura de hacer las cosas de determinada manera simplemente porque “siempre se han hecho así”. Hasta que llega la oportunidad de entrar.

Y entonces comienzan a aparecer otras frases: “Eso aquí funciona así”. “Todos han hecho lo mismo”. “Todos son iguales”. “Yo no voy a luchar con eso”. “Yo no me voy a buscar problemas”. “Eso siempre se ha hecho así”. Y una de las más peligrosas: “Eso no lo voy a cambiar yo”.

Probablemente sea cierto. Ninguna persona, por preparada o bien intencionada que esté, va a cambiar por sí sola el Estado dominicano. Pero ahí no puede terminar la discusión, porque si cada persona que llega a una institución entiende que no puede cambiarlo todo y, por esa razón, decide no cambiar absolutamente nada, el resultado será siempre el mismo.

Cambiarán los funcionarios. Cambiarán los partidos. Cambiarán los discursos. Pero muchas de las prácticas seguirán exactamente en el mismo lugar. Y quizás de ahí nace también esa expresión tan común de que “todos son iguales”.

No creo que todos sean iguales. Pero entiendo por qué mucha gente termina sintiéndolo así. Si quienes criticaban determinadas prácticas cuando estaban fuera comienzan a justificarlas cuando están dentro porque “los otros también lo hicieron”, entonces estamos creando una cadena interminable de excusas.

Que alguien lo hiciera antes no significa que esté bien. Que muchos lo hagan tampoco. Y que algo lleve veinte años haciéndose de una manera no significa que deba seguir haciéndose así otros veinte. Ahí deberían jugar un papel importante las nuevas generaciones de servidores públicos, dirigentes políticos y profesionales.

No necesariamente tienen que llegar con la idea de destruirlo todo, pero sí deben preguntar, revisar, mejorar, proponer y preguntarse de vez en cuando si realmente existe una razón para seguir haciendo algo de la misma manera.

Tenemos un país con profesionales cada vez más preparados: jóvenes con maestrías, especialidades y conocimientos sobre políticas públicas, administración, transparencia, sostenibilidad, planificación, tecnología y gestión. Por eso, la pregunta no debería ser solamente cuánto sabemos. La pregunta es qué hacemos con todo ese conocimiento cuando finalmente llegamos a una posición desde la cual podemos ponerlo en práctica.

Hablar de cambios desde fuera es relativamente sencillo. Lo difícil comienza cuando llegan las presiones, cuando aparecen los intereses, cuando alguien te dice que no te metas en eso y cuando hacer lo correcto empieza a tener consecuencias. Y aquí tampoco vale romantizar el servicio público.

El sistema puede ser duro cuando intentas cambiar determinadas prácticas. Puede aislarte. Puede maltratarte. Puede humillarte. Y también puede sacarte. Lo sé porque lo he vivido. No pretendo presentarme como ejemplo de nada ni decir que siempre hice todo correctamente.

Pero conozco lo que significa enfrentar determinadas situaciones intentando hacer las cosas de otra manera y terminar pagando un precio por ello.
Precisamente por eso mi reflexión no es que quien llega al Estado deba abrir diez frentes al mismo tiempo ni convertirse en enemigo de todo el mundo. La experiencia también enseña.

Hay que escoger las batallas. Hay que saber cuándo avanzar. Hay que entender las instituciones, sus tiempos, sus resistencias y hasta sus límites. A veces intentar cambiar todo de golpe solamente consigue que te saquen antes de cambiar una sola cosa. Pero escoger las batallas no significa abandonarlas todas. Ahí está la diferencia.

Una cosa es actuar con prudencia. Otra muy distinta es quedarse inerte. Una cosa es entender cómo funciona el sistema para poder transformarlo poco a poco. Otra es utilizar ese conocimiento para acomodarse dentro de él. Y una cosa es reconocer que no podemos cambiarlo todo.

Otra es convertir esa realidad en excusa para no intentar cambiar nada. No todas las transformaciones tienen que ser grandes. A veces comienzan con algo tan sencillo como documentar correctamente un procedimiento que antes se hacía de manera informal, establecer criterios donde antes solamente había llamadas, cumplir una norma que todos habían decidido ignorar, eliminar un trámite absurdo, defender un informe técnico, escoger a una persona preparada para una posición, administrar correctamente un recurso público o simplemente hacer una pregunta que parece demasiado sencilla: “¿Por qué lo hacemos así?” Quizás haya una buena respuesta. Pero quizás descubramos que llevamos años haciendo algo mal únicamente porque nadie quiso ser quien levantara la mano.

Las instituciones también cambian de esa manera, poco a poco. Un director puede mejorar su dirección. Un encargado puede organizar su departamento. Un técnico puede negarse a modificar un informe para complacer a alguien. Un alcalde puede profesionalizar un proceso.

Un legislador puede estudiar un tema antes de tomar posición. Un ministro puede decidir que una práctica termine bajo su gestión. Quizás ninguno cambie el país por sí solo. Pero cada uno puede cambiar el espacio sobre el cual tiene responsabilidad. Y si suficientes personas hacen eso, quizás entonces sí empiece a cambiar el sistema.

Por eso, quienes hoy tienen aspiraciones políticas o de servicio público deberían guardar algunos de sus propios discursos: las críticas que hacen, las cosas que prometen cambiar y las prácticas que consideran inaceptables, no para que alguien se las recuerde mañana, sino para recordárselas ellos mismos. El verdadero examen no ocurre mientras estamos fuera criticando. Ocurre cuando entramos y descubrimos cuánto cuesta mantener aquello que defendíamos.

Nuestro país no necesita solamente caras nuevas. Necesita prácticas diferentes y personas capaces de entender que transformar una institución requiere paciencia, inteligencia y estrategia, pero también una mínima disposición a incomodarse. Tampoco podemos pasar la vida culpando al sistema mientras hacemos exactamente lo necesario para mantenerlo intacto.

Lo digo también desde la experiencia: no siempre vale la pena abrir todos los frentes. A veces hay que ceder espacio, esperar el momento correcto, avanzar despacio y aprender a escoger dónde dar la batalla.

Pero hay una línea que nunca deberíamos cruzar: la línea en la que dejamos de actuar con prudencia y empezamos simplemente a resignarnos. Tal vez el sistema consiga que avancemos más lento. Tal vez consiga golpearnos. Incluso puede conseguir que alguna vez tengamos que salir.

Lo que no deberíamos permitir es que consiga algo peor: que después de tantos años criticándolo, un día miremos hacia atrás y descubramos que terminamos convirtiéndonos exactamente en aquello que prometimos cambiar.

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