Por Alexis Rodríguez
Cuando Jesús murió, José de Arimatea, un fariseo, miembro del Sanedrín, seguidor secreto, pidió permiso para enterrarlo en un sepulcro de su propiedad. (Marcos 15:43; Lucas 23:50-52)
Con la muerte de Jesús, murieron también los ánimos y la esperanza de sus discípulos y sus seguidores. De hecho se habían dispersados (Marcos 14:50), estaban tristes y deprimidos.
Había sido difícil para ellos; pues muchas cosas pasaban por sus mentes. Se les había olvidado que su Maestro les había prometido levantarse de entre los muertos al tercer día.
Decepcionados, desalentados; porque aún no habían entendido la Escritura, quizás llegaron a pensar que no había valido la pena acompañar a Jesús esos tres años y algo más.
Pero, tal y como había prometido, Jesús resucitó al tercer día y con su resurrección devolvió el ánimo, la esperanza y selló la victoria de quienes creen en Él.
Nunca es más oscuro que cuando va amanecer. Cuando sintamos que todo está perdido, que no vale la pena lo que hemos hecho, es tiempo de creer en lo que Dios nos ha prometido. Él no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.
Dios nos creó con propósito, todo lo que nos acontece nos ayuda para bien y está enmarcado dentro de su plan eterno, garantizado por la resurrección de su Hijo Amado, el Rey de reyes y Señor de señores.
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