Por Alfredo de los Santos Jorge
He visto cientos de películas. Algunas de ellas, verdaderas hazañas del ingenio humano.
Pensé que ya lo había visto todo.
Sin embargo, el pasado (22-01-26) presencié «Un Pasaje de Ida», en el cine fórum de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, bajo la dirección de Henriette Wiese, y comprendí que hay obras que trascienden la pantalla.
Esta película va más allá de sí misma, porque fue forjada con el tejido vivo que compone la sociedad dominicana. No es solo cine, es testimonio, es denuncia, es memoria.
César Olmos, uno de los actores, lo expresó con claridad meridiana: “Esta película carece de protagonistas, porque el protagonista es el pueblo”.
Félix Germán, también actor, ofreció un testimonio que estremece: “Para realizar el rodaje hipotecamos una vivienda. Aun así, el dinero no fue suficiente para pagar la renta del barco donde se filmaba la película. Entonces sobornamos a la seguridad, entramos a escondidas en horas de la noche y continuamos filmando, convirtiéndonos en polizontes reales”.
Juan María Almonte relató que recibió apenas 300 pesos (unos cinco dólares) como pago por su trabajo. Y añadió algo aún más revelador: “No hubo que maquillar a nadie, porque casi todos vivíamos en condiciones de precariedad extrema”.
Peyi Guzmán, encargado de fotografía, externó que el rodaje se realizó con apenas cinco luces prestadas.
Orlando Minicucci, director de arte, confesó sin rodeos: “Perdí mi vehículo en esa película”.
Como puede apreciarse, se trata de un hecho casi sin precedentes: los actores no interpretan la realidad, son parte de ella. Algo que recuerda, en cierta medida, a The Apostle de Robert Duvall, donde varias escenas emergen directamente de la vida real.
Un pasaje de ida es la médula de una realidad dominicana que aún persiste. La obra trasciende la tragedia de los 22 jóvenes que perdieron la vida intentando abandonar su país en busca de una vida más justa. En ella se revelan las falencias de una sociedad alimentada por un sistema de tendencia colectivista y clientelar que mata, excluye y empobrece a esos héroes anónimos que, pese a todo, aman profundamente su tierra.
Lo más inquietante es que, tras casi cuarenta años de aquel rodaje (realizado con sacrificios extremos), el pueblo dominicano nunca asumió plenamente el llamado a la conciencia que encierra esta obra.
Quizás por eso «Un Pasaje de Ida» sigue siendo actual. Porque no fue solo una película: fue (y sigue siendo) una advertencia.
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