En el Hato Mayor de mediados del siglo XX, cuando el aire aún traía el olor al ganado de las sabanas y el eco de las discusiones políticas llenaba las esquinas, emergió la figura de un hombre que parecía tallado en el mármol de la rectitud, Juan Diomedes de los Santos Céspedes.
Nacido un 24 de junio de 1924, hijo de la unión entre la fuerza de San Juan de la Maguana, Remigio, su padre y la dulzura de El Valle (su madre Luisa), Diomedes creció con una dualidad que lo marcaría siempre, era recto como un roble, pero dócil como el agua con los necesitados.
Antes de ser el doctor en Derecho, graduado de la UASD en 1953, los hatomayorenses lo recordaban en la farmacia de Don Gelo Rodríguez, dónde está Farma Brugal.
Allí, con una prestancia natural, despachaba fórmulas y recetas con tal seguridad que el pueblo, en su sabiduría instintiva, lo llamaba «médico».
No curaba cuerpos con bisturí, pero años más tarde curaría injusticias con la palabra.
Su bufete, ubicado en la calle Mercedes No. 24, era el epicentro de la justicia local.
Fue el único que llegó a instalar oficina en su época de apogeo profesional.
Bajo la pluma preclara de su secretaria, Rossanna Aybar de González, se redactaban los documentos que marcaron la historia jurídica de la región.
Diomedes no necesitaba socios; su dominio del derecho era un ejército de un solo hombre.
Su liderazgo no pasó desapercibido para Joaquín Balaguer, quien lo señaló para representar a la «provincia madre», El Seibo.
Como senador (1970-1974), Diomedes no perdió su esencia.
Se decía que se ponía la toga con el mismo orgullo para defender a un gran terrateniente que para proteger a un «pobre de solemnidad», que no tenía con qué pagarle, pero cuya inocencia era evidente.
La vida en el hogar y la tragedia familiar
En 1954, unió su vida a la de Mercedes Rudth Eunice Albuerrme.
Juntos formaron un hogar de principios, donde nacieron Juan Diomedes (Juanito), Rocky Osiris, fallecido por un tumor craneal; Mercedes Luisa (fallecida) y Fernando Miguel (Bulile), este último en 1977, perdió la vida accidentalmente cuando manipulaba un revólver en el patio de la casa, ubicada en la calle Padre Peña, justo al lado de la iglesia Las Mercedes.
Fue una herida profunda en el corazón de una familia tenida como honesta en Hato Mayor.
«Yo trabajo para mis hijos y la familia», decía con frecuencias en tertulias de amigos.
Cuando el whisky de la tarde relajaba las tensiones del tribunal, en su casa no hacía falta radio, solo se escuchaba su voz estruendosa y aterciopelada entonando los éxitos de Camboy Estévez, Johnny Ventura o Fernando Valadés.
Era un bohemio de ley, un hombre que disfrutaba de la vida social, del pastoreo de sus ovejas y caballos, y de las apuestas en la carabina.
Cuentan las crónicas de pueblo que una vez, en un duelo de azar contra Enemía Astacio, Diomedes ganó diez becerros en una sola jornada, dejando a su oponente en el asombro ante su racha de suerte y temple.
Enemía, a raíz de la porfía, que casi lo lleva a la quiera, juró no volver a enfrentarse a Diomedes, «Es un diablo en la carabina».
La muerte lo alcanzó el 15 de agosto de 1974, apenas un día antes de entregar su curul en el Senado.
Se fue como vivió, en la cima de su carrera, respetado por familias poderosas como los Barceló, los Joffiz Fuentes y los Polanco, pero llorado por los humildes a quienes defendió sin cobrarles un centavo.
Diomedes de los Santos no fue solo un abogado o un político; fue el ejemplo de un hombre que enseñó a sus hijos una máxima de dignidad: «No busquen problemas, pero si el otro es más grande, caiganle los dos, pero no se dejen dar golpes».
Era el abogado más sonoro y sabio de su época.
Era el libro del derecho hablado para los escasos estudiantes de la carrera, que para esa época eran escasos los que se veían motivados a estudiar la ciencia jurídica.
Cuándo un día en el cabildo de Hato Mayor se instalen concejales que hurguen en la historia de los personajes más sobresalientes de la ciudad , estoy seguro que encontrarán en las páginas de atacandodigitalrd.com, la crónica de este insigne abogado, que lo dió todos por los pobres, a pesar de hacer fortunas con los ricos.
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