El Nobel de María Corina, la izquierda y la demolición del sentido común

 

Por Elías Wessin Chávez

Desde ciertos sectores de la izquierda se ha intentado deslegitimar el reconocimiento internacional otorgado a María Corina Machado (llegando incluso a caricaturizarlo como una expresión de la “irracionalidad europea” supuestamente capturada por una derecha internacional anti rusa y anti china).

Según esta narrativa, Europa sería hoy un espacio donde convergen, casi indistinguibles, la socialdemocracia desfasada, la derecha moderada y la derecha radical, todas alineadas en una cruzada ideológica dictada por intereses geopolíticos ajenos a la razón. Sin embargo, esta lectura no solo es errónea es una inversión deliberada de la realidad.

El verdadero “arroz con mango” ideológico no lo produce una supuesta conspiración derechista internacional, sino la izquierda en todas sus variantes (desde la radical hasta la progresía sofisticada) acompañada de una «derechita» obsequiosa, acomplejada y funcional, siempre dispuesta a convalidar las premisas culturales, políticas y «morales» del proyecto zurdo.

Si seguimos la lógica de la izquierda, debemos aceptar que los únicos actores “racionales” del sistema internacional serían los regímenes pro chinos, pro rusos y los progresismos europeos que justifican cualquier autoritarismo siempre que se disfrace de antiamericanismo.

En este esquema, la cultura política europea debería deconstruirse, renunciar a sus raíces grecolatinas, cristianas y liberales, y someterse (dialécticamente, dirían) a la cultura oriental autoritaria, al despotismo eslavo o al paganismo progre posmoderno.

Todo ello se presenta como un proceso histórico inevitable, amparado en la vieja coartada marxista de la dialéctica de que lo que viene después siempre es “mejor”, aunque implique menos libertad, menos derechos y más coerción.

Porque lo que la izquierda llama “avance histórico” no es otra cosa que una renuncia sistemática al sentido común, a la lógica elemental y a los principios universales que sostienen la civilización democrática.

El verdadero proyecto zurdo es deconstruir la democracia. La ilogicidad (o, si se prefiere, la irracionalidad) no está del lado de quienes denuncian dictaduras, violaciones de derechos humanos o regímenes criminales, sino del lado de una izquierda rancia y macabra cuyo objetivo histórico ha sido siempre el mismo, la deconstrucción de las instituciones democráticas.

Esto no ocurre solo mediante la imposición directa del socialismo, sino también gracias a la complicidad pasiva de una «derecha sin convicciones».

El caso del Partido Popular en España es paradigmático: una derecha que ha aceptado, sin mayor resistencia, las políticas de ingeniería social, reemplazo cultural y relativismo moral promovidas por la izquierda (PSOE y Podemos), convirtiéndose en obsecuente y «administradora» dócil del proyecto ajeno.

Francia ofrece otro ejemplo inquietante. Cuando Jean-Luc Mélenchon afirma que la opresión del islam sobre las mujeres es un “invento cristiano”, no estamos ante una anécdota retórica, sino ante la confirmación de una alianza ideológica profunda entre la izquierda occidental y el islam político.

Una relación de mutua conveniencia donde el relativismo cultural sirve para justificar prácticas incompatibles con los derechos humanos básicos.

Por si quedaban dudas, la izquierda y el islamismo radical no son adversarios; son «panas full» en la guerra contra la civilización liberal occidental.

Ahí se evidencia que el dato mata al relato. La izquierda sobrevive gracias al relato, no a los hechos. Y por eso los hechos siempre la incomodan.

Un ejemplo reciente y elocuente es el envío de ciudadanos cubanos a combatir junto a Rusia en la guerra contra Ucrania.

Ante este hecho, la reacción automática de la zurdería radical es el manual conspirativo de siempre, que se trata de una mentira del Imperio Yankee, de la CIA o del Mossad; que los comunistas no son imperialistas; que ellos respetan la soberanía de los pueblos; que los únicos interventores son los Estados Unidos.

La realidad, una vez más, desmiente el dogma y revela el núcleo «moral» del socialismo real: hipocresía y falsedad.

No como accidentes, sino como elementos constitutivos de lo que podría llamarse, sin exagerar, un verdadero delito político. Se predica la liberación mientras se exporta opresión; se habla de soberanía mientras se sirve a imperios autoritarios; se acusa al adversario de irracionalidad mientras se milita activamente contra la razón.

No estamos ante un debate entre racionalidades equivalentes. Estamos ante una confrontación entre el sentido común y una ideología que ha hecho de la negación de la realidad su método y de la demolición institucional su finalidad.

Por eso, cuando la izquierda ataca un reconocimiento como el otorgado a María Corina Machado, no denuncia una supuesta irracionalidad europea, se delata a sí misma.

Porque, al final, el dato siempre mata al relato. Y la verdad, aunque incómoda, sigue siendo el enemigo principal de la zurdería rancia y macabra.

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