Por Richard Moreta Castillo
Las transformaciones descritas por el análisis estratégico internacional del colapso de la globalización, el proteccionismo y la reconfiguración de los bloques de poder suelen verse como fenómenos lejanos, limitados a las tensiones entre Estados Unidos, China o la Unión Europea. Sin embargo, para una economía abierta, insular y altamente integrada al comercio internacional como la de la República Dominicana, estas dinámicas globales actúan como un terremoto silencioso que redefine por completo la realidad nacional y local.
En un contexto donde el país proyecta un crecimiento económico destacado en América Latina (alrededor del 4.7% según estimaciones del Banco Mundial), la gran interrogante no es si el orden global cambió, sino cómo la República Dominicana capitaliza estas fisuras a nivel macro y qué desafíos afronta en sus provincias, municipios y hogares.
La fractura de las cadenas de suministro globales y la estrategia de Estados Unidos de relocalizar su aparato productivo fuera de Asia (friend-shoring y near-shoring) han posicionado a la República Dominicana bajo una luz geoestratégica sin precedentes.
El país se ha consolidado como el principal hub logístico del Caribe. Las reglas del comercio internacional ya no priorizan el coste mínimo absoluto, sino la seguridad geográfica y la confianza política.
El sector de zonas francas cerró con un récord histórico de 200,000 empleos directos y exportaciones que superaron los US$7,900 millones. Además, tan solo en el primer cuatrimestre, las exportaciones de este sector sobrepasaron los US$2,800 millones, impulsadas por la instalación de casi 500 empresas manufactureras y de servicios.
Este reordenamiento global impacta directamente a nivel local en provincias con parques industriales (como Santiago, Santo Domingo, San Cristóbal o La Romana).
La demanda de talento técnico especializado y la expansión de espacios productivos locales (que sumaron cerca de un millón de pies cuadrados de naves industriales incorporadas recientemente) transforman el empleo urbano.
No obstante, los municipios enfrentan el reto de adaptar sus infraestructuras locales (puertos, carreteras de circunvalación y formación técnica municipal) para evitar cuellos de botella ante una demanda de servicios logísticos proyectada al alza.
La multipolaridad monetaria y las tensiones geopolíticas globales impactan directamente en la estabilidad de precios de las materias primas y los fletes internacionales, filtrándose hacia las economías domésticas.
La dependencia de combustibles fósiles y materias primas del exterior expone a la economía dominicana a la volatilidad de los mercados internacionales. La política monetaria del Banco Central navega constantemente bajo la presión de contener los desequilibrios externos globales.
La inflación interanual se ha situado en un 5.13%, manteniendo presiones sobre la estructura de costes y retando la capacidad de control del Banco Central para mantenerla estrictamente dentro del rango meta (4.0% ± 1.0%).
Para el ciudadano dominicano común en los barrios de Santo Domingo, Santiago o en las zonas rurales del Cibao y el Sur, la inflación internacional se traduce en un impuesto silencioso. El coste de la canasta familiar, los combustibles y los servicios básicos tensiona los presupuestos domésticos. A escala municipal, los ayuntamientos sufren el encarecimiento de la obra pública y los servicios de recogida de basura, obligando a repensar la gestión de los recursos locales en un entorno donde el poder adquisitivo del peso se ve constantemente desafiado.
La energía ha dejado de ser un commodity transable ordinario para convertirse en el pilar fundamental de la soberanía nacional. Los vaivenes geopolíticos del petróleo y el gas obligan a las naciones a buscar autonomía a través de la transición energética.
La República Dominicana ha atraído un volumen masivo de capital extranjero interesado en diversificar la matriz energética y aprovechar los flujos globales de inversión verde.
Durante los primeros seis meses, el país captó US$900 millones exclusivamente en inversiones extranjeras vinculadas a energías renovables (lo que representa cerca del 30% del total de inversión extranjera directa recibida en dicho periodo). Las proyecciones oficiales apuntan a expandir la capacidad renovable a unos 2,800 MW e incorporar cerca de 800 MW de almacenamiento hacia 2028.
A nivel local, esta transición genera una transformación territorial profunda. Los municipios rurales (especialmente en regiones con alto potencial solar y eólico como Montecristi, Barahona o Peravia) experimentan la instalación de grandes parques de generación limpia. Se abren debates locales sobre el uso del suelo agrícola frente a proyectos energéticos. En paralelo, la descentralización de la energía fomenta la discusión sobre microrredes y eficiencia en edificaciones municipales, buscando aislar a las comunidades de los apagones y de los vaivenes de los precios internacionales del petróleo.
El fin del orden global tradicional no es una entelequia teórica para la República Dominicana; es una realidad que define sus cifras macroeconómicas y el día a día de sus municipios.
Con un sector de zonas francas batiendo récords de empleo, una inflación global que reta el costo de vida local y una inyección histórica de capitales en energías renovables, el país demuestra que posee agilidad para navegar en aguas turbulentas. Sin embargo, el éxito definitivo dependerá de la capacidad de traducir estas grandes cifras internacionales en resiliencia local: mejor infraestructura municipal, educación técnica adaptada al nearshoring y protección efectiva del tejido social frente a los shocks externos.
![]()

