Redacción Exposición Mediatica.– Cuando Dream Into Action llegó a las tiendas el 15 de marzo de 1985, el synth-pop británico ya había conquistado los charts, las emisoras de radio y la estética global de la MTV.

Pero dentro del ecosistema frío y calculado que caracterizaba parte del género, Howard Jones apareció como una anomalía luminosa: un artista capaz de envolver mensajes profundamente humanos dentro de un andamiaje de tecnología sonora.

Dream Into Action no solo consolidó su presencia en la escena internacional; redefinió lo que podía significar un álbum pop hecho con máquinas.

El disco alcanzó el No. 2 en la UK Albums Chart y entró con fuerza en el mercado estadounidense, llegando al Top 10 del Billboard 200. Para un artista británico de synth-pop —un género que no siempre lograba cruzar con facilidad el Atlántico— esto fue un logro notable.

A los pocos meses, el álbum ya acumulaba certificación de oro en el Reino Unido y platino en Estados Unidos y Canadá, situando a Jones en una categoría privilegiada entre los músicos electrónicos de la época.

Musicalmente, Dream Into Action combinaba una producción pulida con melodías accesibles y un sentido de esperanza poco común en la escena. Los sencillos “Things Can Only Get Better”, “Look Mama” y “Life in One Day” encarnan esa mezcla de euforia rítmica y filosofía pop que se convertiría en su sello.

Mientras otros artistas exploraban los matices oscuros o mecanizados de la electrónica, Jones proponía un discurso constructivo: cambiar, mejorar, resistir. Su música parecía diseñarse no solo para sonar bien, sino también para hacer bien.

Uno de los capítulos más singulares fue la evolución de “No One Is to Blame”. La versión del álbum ya mostraba la capacidad introspectiva del artista, pero su regrabación en 1986 —con un arreglo más suave y la participación de Phil Collins— transformó la canción en un éxito monumental.

El tema alcanzó el No. 4 en la Billboard Hot 100, convirtiéndose en una de las baladas electrónicas más reconocibles de la década y en una ventana más madura a la sensibilidad emocional de Jones.

El impacto del álbum no se limitó a las listas. En 1985, Jones emprendió una gira que lo llevó por Europa, Japón y arenas completas en Estados Unidos, un privilegio reservado para muy pocos artistas electrónicos del momento. Mientras la tecnología musical avanzaba a pasos acelerados, Dream Into Action demostraba que era posible utilizarla no para deshumanizar la música, sino para amplificar su profundidad emocional.

Con la edición remasterizada de 2010, lanzada junto a Human’s Lib, quedó claro que la relevancia del álbum no se debía únicamente a la nostalgia ochentera. Sus temas sobre responsabilidad personal, límites, expectativas sociales y optimismo activo resuenan incluso en un tiempo donde la tecnología ha reconfigurado —otra vez— la forma en que escuchamos, sentimos y nos conectamos con el mundo.

En retrospectiva, Dream Into Action no fue solo un éxito comercial. Fue una declaración estética y filosófica: una prueba de que la electrónica, lejos de ser una barrera emocional, podía funcionar como un puente hacia una humanidad más clara y consciente.

En una era saturada de máquinas, Howard Jones demostró que la diferencia no la hacen los sonidos, sino la intención detrás de ellos. Y quizás por eso, cuarenta años después, aquel optimismo programado sigue vigente.

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