Por Marcos José Núñez

Antes de iniciar, el presente trabajo de opinión, se basa parcialmente, no solo en nuestras limitadas reflexiones y apreciaciones personales sobre este tema, sino en lo tratado ampliamente por el autor Joseph Campbell en su libro “El héroe de las mil caras”, así como los planteamientos de Carl Jung quien señaló que muchas de estas tradiciones heroicas, ya están implantadas en el inconsciente colectivo donde las almas humanas están conectadas y de donde salen los llamados arquetipos.

En una entrega anterior, procuramos explicar de la manera más adecuada posible, la importancia que reviste la figura del héroe, no solo como leyenda o entretenimiento sino como vehículo, como modelo a través del cual en la actual etapa de nuestra civilización humana, se pueda transmitir valores positivos que sirvan de ejemplo e inspiración sobre todo a los más jóvenes.

Estos valores atribuidos al héroe que de manera casi general están basados en lo que percibimos como lo bueno, lo bello y lo verdadero -esto según Platón-, constituyen parte del mito aspiracional que forman enseñanzas y como ya hemos dicho, tradiciones totalmente deseables culturalmente.

Escribimos de los tipos de héroes que suelen destacarse en los diferentes escenarios que les toca como oficiales militares, personas de la nobleza, gentes del populacho, dirigentes políticos, grupos de la sociedad civil y figuras religiosas, etc.

Otro de los aspectos que tratamos, es que había diferentes situaciones de lucha en las que se veía envuelto un héroe y en las que debía de enfrentar grandes obstáculos para lograr su propósito: revoluciones armadas, conflictos bélicos limitados, guerras civiles, procesos de independización nacional, entre otro tipo de situaciones no menos importantes.

No obstante, ha faltado relatar la jornada, el proceso que conduce a la iniciación, formación y entrenamiento de los héroes modélicos.

El ejemplo tradicional, significativo y más conocido de dicho proceso, que como ya señalamos, se denomina “El viaje de los héroes”, lo representa el caso de Ulises, también conocido bajo el nombre de Odiseo.

Narrado maravillosamente en aquella obra maestra de la literatura griega clásica bajo el título de “La Odisea”, en honor al nombre de su principal protagonista, podemos ver elementos que constituyen y validan el proceso iniciático de conversión definitiva del héroe.

Una vez concluida la prolongada guerra de Troya, el sitio a aquella ciudad mítica de Asia Menor a causa del rapto de Helena y que hallamos documentada en “La Ilíada” supuestamente por parte del ciego Homero, el príncipe Odiseo (Ulises), concluye su misión y decide volver a su hogar, dando inicio esa historia a lo que sería una especie de segunda parte de La Ilíada.

El retorno a casa en la isla-ciudad de Ítaca que algunos sitúan en el borde occidental del mar Mediterráneo (la región geográfica y área del mar Jónico) y para otros es un lugar aún indeterminado, Odiseo se ve envuelto en una serie de pruebas personales, aventuras épicas, obstáculos enormes y experiencias peligrosas que convierten su viaje, en un proceso de transformación del que sale convertido en un verdadero héroe.

Desde enfrentar a criaturas tan amenazantes como un Cíclope, ser mitológico gigantesco, de fuerza sobrehumana y poseedor de un solo ojo, hasta verse en el enorme riesgo de desafiar hechiceras tan poderosas como Circe, capaz de cualquier cosa por lograr su propósito; y también las privaciones a que se vió compelido a causa del rapto del que fue objeto por parte de la ninfa Calipso.

En “La Odisea”, vemos que a su regreso a Ítaca, Ulises halla que después de tantos años, la vacancia en que dejó su feudo, ha llevado a que su esposa, la consorte real, Penélope, tenga varios pretendientes al trono buscando ocupar el lugar de su marido y por tanto, debe disfrazarse de anciano mendigo con ayuda divina y colaboración adicional de su hijo Telémaco, para hacer lo necesario con miras a recuperar a su esposa, su palacio y el favor de toda su gente.

En esta historia, podemos resaltar algunos de los elementos que a través de los siglos pero, sobretodo en los llamados héroes o superhéroes contemporáneos surgidos en el siglo XX, aparecen como rasgos definitorios: una gran pérdida o tragedia inicial, luego una serie de pruebas o peripecias durante años, las que sirven como una especie de entrenamiento y finalmente, la creación de una doble identidad o identidad secreta para llevar adelante sus planes de hacer justicia, en este caso, recuperando lo que es suyo por derecho propio.

Una característica bastante particular de este tipo de héroes tradicionales y clásicos es el viaje como búsqueda, como inquietud, como motor de cambio, una imagen de aspiración que anhela realización según Jung y cuando el héroe ha logrado su propósito, entiende el sentido de las cosas, logrando entonces su evolución personal o espiritual.

Continuamos con el caso de la epopeya de Gilgamesh, el legendario héroe mesopotámico y cuyo mito es aún más antiguo que lo relatado en “La Odisea” y aunque ambos contienen similaridades, irónicamente es mucho menos estudiado y conocido en la cultura popular.

Decimos irónicamente, porque hay una serie de coincidencias y similitudes entre una parte de lo relatado en la epopeya de Gilgamesh y la historia de otro gran personaje heroico que ha llegado hasta nosotros a través de la lectura de la Biblia como es el caso de Noé.

El relato de Gilgamesh, parecido a otros relatos antiquísimos, nos llega en forma de poema, teniendo la historia su punto de inicio en el sur de la Mesopotamia, específicamente en el reino de Uruk, lugar gobernado por el propio Gilgamesh, el cual se ve sometido al asedio de sus mujeres por parte de los dioses, quienes de manera irrespetuosa y lujuriosa, tomaban posesión íntima de ellas, provocando las quejas constantes del resto de sus habitantes.

Ante la exigencia de sus súbditos, Gilgamesh decide enfrentar la situación pero los dioses al verse desafiados por ese presuntuoso mortal, crean un ser poderoso llamado “Enkidu” para derrotar en singular combate al propio Gilgamesh, haciendo las veces de gladiador-luchador. Al producirse el duelo, en vez de terminar con la desaparición de uno de ellos, Gilgamesh y Enkidu se hacen amigos y deciden escapar de los dioses, iniciando un viaje interminable por el mundo.

En el camino experimentan diversos tipos de aventuras, entre ellas, enfrentan enormes seres gigantescos al igual que Ulises; se encuentran con diosas como Innana, cuyo amor es rechazado por Gilgamesh, un cierto paralelismo con el rapto de la ninfa Calipso sobre Ulises; por último, buscan la fórmula de la inmortalidad de la carne en la persona de Upnapishtim y su mujer, sobrevivientes del gran diluvio y favorecidos por los dioses pero esto (la inmortalidad) no logran conseguirlo, por lo que Gilgamesh decide el viaje de vuelta a casa.

La historia concluye con un viejo y sabio Gilgamesh (sin la compañía de su amigo Enkidu, ya muerto hace tiempo por designio de los dioses), quien retorna a Uruk a ocupar su trono vacante pero a diferencia del gobernante despótico de antaño, viene con el aprendizaje de una gran lección de humildad: la inmortalidad es un atributo propio solo de la divinidad.

También está el caso de Moisés, el gran legislador y libertador del pueblo hebreo de su largo cautiverio en Egipto. Recién nacido y para protegerlo de la matanza ordenada por el rey contra los hijos de los esclavos para detener el gran crecimiento de su población, es salvado por su madre poniéndolo en una especie de canasto flotante en el río Nilo, del cual es extraído poco tiempo después por la hija del faraón, quien adopta al niño, llamándolo formalmente Moisés, un nombre combinado de su padre, el faraón Tutmosis y su hermano mayor, futuro sucesor al trono egipcio, Ramsés.

Más tarde de adulto, Moisés tiene que huir lejos (viaje) del palacio real donde se había criado, por haber resueltamente eliminado a un capataz abusivo con un disminuido esclavo hebreo, en medio de los trabajos forzados a los que éstos se veían sometidos desde hacía cuatrocientos años, sin saber el ahora autoexiliado Moisés que él mismo era hijo consanguíneo de hebreos.

Tras muchos años lejos de Egipto, Moisés convertido en un simple ganadero, habiendo formado familia entre los madianitas al norte de Arabia, conoce en el Monte Horeb (Sinaí) al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, sus ancestros y éste personalmente, le revela su verdadera misión divina. Moisés transformado (iniciado y entrenado) por el poder y la presencia de Dios, decide retornar (viaje) a Egipto para liberar (justicia) a su pueblo del yugo faraónico (recuperación), realizando grandes proezas milagrosas (poderes) nunca antes vistas y llevando a su “Pueblo Elegido” a Canaán, la llamada “Tierra Prometida”.

Como podemos ver en estos tres relatos con sus interesantes paralelismos, el viaje de los héroes y su influencia en la cultura, la religión y en el arte, de alguna manera han ayudado a forjar en parte, el grado de civilización que tenemos actualmente y constituyen una fuente inequívoca de inspiración y aprendizaje para todos.

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