Por Julio E. Diaz Sosa

Con el estallido del conflicto bélico entre Irán, los Estados Unidos e Israel, el mundo asiste a un escenario de gran trascendencia que no se observaba desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, cuando se estableció un orden liberal internacional anclado en valores occidentales y liderado por los Estados Unidos. Sin embargo, ese orden de posguerra ha sido cuestionado desde el propio Occidente por grupos que consideran que los beneficios de la globalización no fueron distribuidos de manera equitativa y que, por tanto, debe reformarse para favorecer a los sectores que se han sentido excluidos. A esto se suma el surgimiento de una potencia hegemónica emergente —China— que se ha beneficiado enormemente de ese mismo orden y que, paradójicamente, busca preservarlo mientras avanza hacia su objetivo estratégico: convertirse en la principal potencia económica y política del mundo.

La decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, de atacar a Irán con el propósito declarado de impedir que obtenga un arma nuclear va más allá de ese objetivo inmediato y de las posibles ganancias político-electorales que pudiera derivar. Este conflicto podría definir si los Estados Unidos mantienen su estatus de superpotencia hegemónica o si, por el contrario, se consolida un nuevo orden multipolar en el que las decisiones estratégicas ya no se tomen exclusivamente en Occidente, sino también en Oriente. Surge entonces una interrogante fundamental: ¿podría este conflicto desencadenar una Tercera Guerra Mundial? A primera vista, esa hipótesis parece poco probable por varias razones. Primero, un conflicto global requiere la participación directa de varias superpotencias con sus respectivas alianzas militares. En este caso, solo observamos a una superpotencia —Estados Unidos— junto con su principal aliado regional, Israel, enfrentando a una potencia media con influencia regional como Irán. Rusia y China, las otras grandes potencias militares, permanecen al margen. Segundo, China adopta una postura estratégica de espera. Como civilización milenaria, entiende el valor del tiempo y la estabilidad. Aunque tiene capacidad para respaldar activamente a Irán, difícilmente lo hará si ello pone en riesgo el orden global del que depende su ascenso económico. Tercero, Rusia y Europa están concentradas en el conflicto en Ucrania, cuyo desenlace definirá el equilibrio de poder en Eurasia. Rusia entiende que su seguridad estratégica depende del control de su entorno inmediato, y prolongar múltiples frentes de conflicto sería una vulnerabilidad dada su demografía y estructura económica. En síntesis, el escenario de una Tercera Guerra Mundial no parece inminente.

Desde una perspectiva geopolítica, el objetivo central de Estados Unidos sería contener a Irán y, con ello, asegurar el control indirecto del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial y cerca del 40 % del petróleo transportado por vía marítima. La eventual instauración de un gobierno proestadounidense en Teherán alteraría profundamente el equilibrio energético global. Esto tendría implicaciones directas para China, cuya dependencia del petróleo de Medio Oriente es significativa. En el contexto actual, el acceso a fuentes de energía confiables es sinónimo de poder geoeconómico y tecnológico, especialmente en la carrera por la inteligencia artificial, que requiere un elevado consumo energético para el procesamiento de datos y minerales críticos. Limitar el acceso energético de China podría debilitar su ascenso estratégico. De concretarse este escenario, el mundo podría entrar en una segunda versión de un orden unipolar, más competitivo y menos cooperativo.

No obstante, también existe un escenario adverso para Estados Unidos. Si sus objetivos en Irán no se materializan, podría desencadenarse un conflicto regional de alta intensidad que obligaría a Washington a involucrarse en otra guerra prolongada en Medio Oriente, similar a Irak o Afganistán. La experiencia histórica muestra que los intentos de cambio de régimen han generado inestabilidad de largo plazo, como ocurrió con el derrocamiento de Mohammad Mosaddegh en 1953, que desembocó en la Revolución Islámica de 1979. Además, la economía estadounidense enfrenta importantes desafíos fiscales. Con una deuda pública superior a los 38 billones de dólares y un pago anual de intereses cercano al billón de dólares, la sostenibilidad financiera es una variable estratégica clave. Si bien Estados Unidos puede financiar déficits mediante la emisión de deuda en su propia moneda, el creciente cuestionamiento al dólar como moneda de reserva mundial y el fortalecimiento de reservas en oro por parte de varios países reflejan tensiones en el sistema financiero internacional.

Este contexto conecta con el sexto principio de Ray Dalio, expuesto en Principles for Dealing with the Changing World Order, según el cual cuando un país ya no puede endeudarse en su propia moneda a tasas bajas, comienza a perder poder real. La pérdida de confianza en la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria obliga a ajustes dolorosos: recortes de gasto, aumento de impuestos o inflación derivada de la monetización de deuda. Según Dalio, este punto marca una fase de declive en el ciclo histórico de las grandes potencias. El acceso a crédito barato no es solo una ventaja financiera, sino un pilar del poder geopolítico. Si el petrodólar se debilita y países estratégicos diversifican sus alianzas energéticas, el margen de maniobra estadounidense podría reducirse considerablemente.

En conclusión, el conflicto con Irán podría convertirse en un punto de inflexión para el orden internacional del siglo XXI. Si Estados Unidos logra sus objetivos estratégicos, consolidaría su liderazgo global por varias décadas más. Pero si fracasa, podría acelerarse la transición hacia un orden multipolar en el que el centro de gravedad geopolítico se desplace hacia Oriente. El desenlace no solo definirá el equilibrio de poder en Medio Oriente, sino también la arquitectura del sistema internacional en las próximas décadas. Solo resta observar con atención cómo se desarrollan los acontecimientos y cuáles serán sus implicaciones estructurales para el poder global.

 

El autor es licenciado en Economía y Finanzas por el Rochester Institute of Technology. Posee una maestría en Economía Aplicada, con especialidad en Mercados Financieros, por la Universidad Johns Hopkins; así como una Maestría en Administración de Empresas (MBA), con concentración en Finanzas, por la Universidad de Maryland en College Park. Además, cuenta con una certificación en Ciencia de Datos por la Universidad George Washington.

Ha trabajado como economista en el Departamento de Estadísticas del Banco Mundial, donde estuvo a cargo del manejo de las cuentas nacionales de los países de América Latina y el Caribe. También se desempeñó como científico senior de datos en el área de servicios financieros para la firma de consultoría Gartner.

Actualmente, se desempeña como representante de la República Dominicana ante el Banco Mundial. Es autor de los libros «Notas Económicas con Julio Díaz» (2016), «Geoeconomía, Geopolítica y Política RD» (2025) y «Actualidad Geopolítica y Económica: Retrospectiva cronológica» (2020).

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