Jesús de Nazaret: con la vida de un héroe pero mucho más trascendente

 

Por: Marcos José Núñez

Para la mayoría de las personas que tenemos una creencia espiritual y una fé cimentada de forma ética y moral en los valores del cristianismo como versión mejorada y avanzada del judaísmo mosaico (de Moisés), Jesús de Nazaret representa un símbolo de conexión del hombre con la divinidad.

Ese puente entre el hombre y las deidades superiores, vino a este mundo de acuerdo a múltiples profecías que le antecedieron, para ser el “Mesías”, que significa “El Ungido”, quien salvaría a Israel de sus enemigos y les haría gobernar para siempre al resto del mundo en nombre de su enigmático dios, Jehová o Yahvé, también conocido como “El Señor”.

Es evidente que el rol que estaba llamado a realizar el Mesías de los judíos o israelitas, según sus expectativas era el del héroe guerrero y político como lo fueron en menor medida y antes que él, hombres como José, Moisés, Sansón, Jefté, David, Judas Asmoneo, entre otros, los que lograron prevalecer sobre los enemigos (en este caso regionales) de su pueblo como los seleúcidas, los idumeos y los filisteos.

Veamos qué dice la profecía del libro de Isaías capítulo 9, versículos 6-7 sobre la naturaleza de la misión del futuro mesías, más de setecientos años antes de su llegada: “Porque nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre Eterno, Príncipe de la Paz. Se sentará en el trono de David; extenderá su poder real a todas partes y la paz no se acabará; su reinado quedará bien establecido, y sus bases serán la justicia y el derecho desde ahora y para siempre. Esto lo hará el ardiente amor del Señor todopoderoso.”

Como se puede ver, el Mesías o “El Ungido” que interpretaron los judíos y que esperaban como pueblo elegido, era uno que estaría destinado a gobernar desde el punto de vista político. Según el texto de la profecía, este futuro gobernante se sentaría en el trono de David, es decir, ejercería como rey de ese linaje y extendería su poder por todo el mundo.

Otra importante profecía aparece en Isaías 49: 6-7 y dice así: «No basta que seas mi siervo solo para restablecer las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo haré que seas la luz de las naciones, para que lleves mi salvación hasta las partes más lejanas de la tierra.» El Señor, el redentor, el Dios Santo de Israel, dice al pueblo que ha sido totalmente despreciado, al que los otros pueblos aborrecen, al que ha sido esclavo de los tiranos: «Cuando los reyes y los príncipes te vean, se levantarán y se inclinarán delante de ti porque yo, el Señor, el Dios Santo de Israel, te elegí y cumplo mis promesas.»

No obstante, lo que vimos en la vida de Jesús de Nazaret que registran los evangelios canónicos, difiere ligeramente de las expectativas creadas por el pueblo judío sobre el rol que jugaría ese héroe mesiánico a cuyo frente, se reuniría a las tribus dispersas de Israel y vencerían a las potencias más grandes del mundo, reinando para siempre jamás en todo el globo terráqueo.

Sin embargo y como explicaremos más adelante, la vida del nazareno y galileo se asemejará más a la de un nuevo tipo de héroe espiritual que a la de un héroe guerrero tradicional propiamente dicho, según conocía el mundo hasta justo antes de su encarnación humana.

Un primer elemento de la vida del héroe, como ya hemos resaltado en un trabajo de opinión anterior, es la tragedia inicial que envuelve el comienzo de su viaje para convertirse en lo que será.

Según lo que dice el evangelio de Mateo y de las pocas referencias biográficas infantiles-juveniles que podemos encontrar en la Biblia sobre Jesús, el gobernante del pueblo de Israel en nombre de los Romanos, el rey Herodes El Grande, al enterarse del nacimiento del Mesías por vía de los sabios de oriente (Reyes Magos), ordenó eliminar a todos los niños nacidos en Belén y menores de dos años, esto de acuerdo a lo que estos sabios le habían indicado al entrevistarse con él, respecto de la fecha de nacimiento del Mesías, previo obviamente a que los sabios encontraran a la familia de Jesús.

De acuerdo a esta misma narración, la familia de Jesús, al saberse enterados de que Herodes se disponía a ubicar para destruir al Mesías davídico y evitar así perder el control de su reino (Herodes era idumeo, técnicamente un extranjero frente a los judíos que sojuzgaba), huyeron hacia Egipto, en donde se asentaron durante un tiempo, y así protegieron la vida incipiente del futuro salvador.

Es evidente que aquí hay un paralelismo con los héroes mitológicos, no solo de oriente y occidente en esa época, sino con el propio Moisés, el primer libertador del pueblo judío: Moisés fue protegido de la persecución del Faraón en Egipto (enviándolo su madre biológica en una canasta sobre el rio Nilo, aguas abajo), quien decretó matar a todos los niños hijos de los esclavos hebreos (futuros reinos de Israel y Judá), mientras que Herodes, otro rey extranjero, ordenó matar los niños judíos de una localidad específica, para con esto aniquilar cualquier rival que a futuro osare disputarle el trono sobre el cual ilegítimamente se asentaba.

Como se puede ver aquí, se produjo un viaje luego de la tragedia inicial, tal y como sucedió con Odiseo (Ulises) después de Troya, con Gilgamesh en Uruk y con el propio Moisés de Egipto hacia Madián en Arabia.

Luego del deceso de Herodes, la familia terrenal de Jesús retornó a Israel y se asentó al norte, en la región de Galilea, de donde eran originarios José y María, aunque se trataba de descendientes directos de un linaje familiar sureño betlemita, el del mítico rey David.

El evangelio de Lucas, también registra parcialmente la vida previa, en este caso, la historia del adolescente Jesús, quien contando con doce o trece años, dice el texto, se pierde por tres días en el “Segundo Templo”, en medio de las celebraciones de la fiesta judía de la Pascua, mientras su familia preocupada, lo busca. En la parte in fine del capítulo 2, un joven Jesús maravilla a los doctores de la ley (de quienes estaba rodeado) no solo por su gran sabiduría para ser un muchacho, sino por la agudeza de sus cuestiones.

Después de este suceso, la vida de Jesús desaparece misteriosamente de la narración oficial bíblica, durante los siguientes dieciocho años y según el propio evangelista Lucas, Jesús de Nazaret reaparece en escena en el año decimoquinto del emperador Tiberio, ya con unos treinta años de edad, para presentarse ante su primo Juan, hijo de Zacarías, para ser bautizado simbólicamente en el río Jordán. He ahí otro rasgo del héroe: su conversión o transformación y un acto de humildad frente al resto de los mortales. Algo muy parecido al final de la historia épica de Gilgamesh.

Hay quienes sostienen, pero eso no se ha comprobado verídicamente que esos dieciocho años de la vida de Jesús que nadie conoce, una buena parte de ellos pudo haber transcurrido en viajes de conocimiento personal y aprendizaje espiritual en el oriente, occidente y quizás en el resto del mundo, dada la gran similitud de lo que sería posteriormente el evangelio que Jesús predicaría entre los judíos, con algunas doctrinas y religiones como el budismo, el hinduismo, el mitraismo, el maniqueísmo, el mazdeísmo, el estoicismo, la filosofía platónica y otros corrientes espirituales menores en su época.

He ahí otro paralelismo no confirmado del todo con los héroes que le precedieron, al haber quizás conocido en la época anterior a revelarse al mundo (durante una serie de hipotéticos, míticos recorridos o viajes), la mayoría de las religiones del mundo. Se especula que Jesús de Nazaret pudo haber hecho un recorrido iniciático para entrenarse, como los encuentros de Moisés antes de liberar a Israel con Yahvé en el monte Sinaí.

Después del bautizo con Juan, su primo, siguiendo con el evangelio de Lucas, Jesús de Nazaret transformado espiritualmente, se va de viaje al desierto de Arabia (al igual que Moisés) guiado por el Espíritu Santo y allí es tentado por “El Diablo” a través de una serie de pruebas durante cuarenta días de ayuno. Jesús supera el reto y vuelve para revelar el reino de Dios a su pueblo elegido. Las pruebas y tentaciones, se pueden ver en paralelo con lo que sucedió a Ulises en su viaje de retorno a Ítaca, para recuperar lo que era suyo, revelando con su presencia que estaba vivo (paralelismo con la futura resurrección de Jesucristo). Igualmente los obstáculos que Jesús de Nazaret y sus doce discípulos (quienes representaban simbólicamente las doce tribus de Israel), tienen frente a escribas y fariseos durante su vida pública para predicar el evangelio, es más o menos similar al mito de Ulises y al de Hércules con sus doce trabajos.

Pero lo que viene después, en los aproximadamente tres años de predicación, es la revelación impactante de que él no es el Mesías político que esperan casi todos los judíos de su época, según las interpretaciones proféticas y que como héroe redentor derrotaría al imperio romano que los oprimía, estableciendo un reino mundial de Israel, sino que contrario a eso, predicó ser el “hijo del hombre” que es al mismo tiempo el “hijo de Dios”, venido a este mundo para traer la redención de los pecados, predicar el amor divino y revelar el regalo de la vida eterna, es decir de la resurrección espiritual (la inmortalidad del alma) para los que creen en su nombre. Su propia familia lo considera loco y no cree en él. Aquí vemos un paralelismo con el mito de Gilgamesh y su viaje en la búsqueda de la inmortalidad que solo la puede poseer, los dioses verdaderos.

Jesús de Nazaret en realidad vino a traer la libertad espiritual de los oprimidos en la carne, predicar una buena nueva de paz para los hombres y la buena voluntad para los que le aceptan como Señor y Salvador. Hizo numerosas señales milagrosas, al igual que los poderes exhibidos por Moisés frente al Faraón, los sacerdotes y al pueblo de Israel, ya liberado; predica que se debe buscar el reino de Dios y su justicia como elemento central para los que dentro del “Pueblo Elegido” (una especie combinada de Moisés y su sucesor, Josué frente a los judíos de su época) y al “Israel Espiritual” (gentiles y judíos no incircuncisos), le sigan en términos de salvación eterna y finalmente, sacrifica su vida humana en manos de los romanos en la cruz del Gólgota, como acto supremo de amor por todos los seres humanos, superando con esto, la mitología de Gilgamesh, Ulises y Moisés y, asemejándose ligeramente al final de Sansón y de cómo derrotó a los filisteos extranjeros opresores de Israel; con otra diferencia (cabe destacar que no derrotó a los romanos con armas, los conquistó siglos después con el evangelio que dejó) y es que a los tres días de estar muerto, resucita (Sansón no resucitó), demostrando definitivamente su poder divino y dando inicio a un tipo de reino diferente basado en cimientos de piedra espiritual que unos años después de la ascensión, en la ciudad de Antioquia de Siria y de la mano de la predicación de Pablo de Tarso, germinaría bajo el nombre de “Cristianismo”.

Jesús de Nazaret no se sentó en el trono de David en el monte de Sión de Jerusalén como decía la profecía y con su muerte física, su reino quedó muy claro que no era de este mundo. La interpretación que hicieron los judíos fue casi literal y no se dieron cuenta que venía a instalarse un nuevo pacto espiritual entre Dios y los seres humanos que perdura hasta hoy.

Jesucristo dejó claro que la mayoría de los mitos heroicos, religiones del mundo en su época, creencias espirituales, corrientes filosóficas y doctrinas morales, prepararon el camino y se resumía en su persona, convirtiéndolo en el centro de todo lo que antecedió su llegada… y en el punto de partida de lo que vendría después.

Por último, solo nos queda decir que, Jesús de Nazaret tuvo la vida de un héroe pero fue mucho más que un héroe, algo así como un superhéroe contemporáneo pero con un nivel de poder, sabiduría, perfección y superioridad espiritual que no ha sido, ni será superado jamás. Un legado verdaderamente trascendental.

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