La Geopolítica y su manifestación en las competencias deportivas

 

Por Marcos José Núñez

La geopolítica entendida como la disciplina que engloba las relaciones internacionales, la historia, la geografía, la seguridad, la economía, el comercio, el medioambiente y las relaciones de poder de los Estados, sean éstos imperiales, monárquicos, republicanos o democráticos, no se limita a los campos antes mencionados.

En esta época de los albores de la llamada cuarta revolución industrial o cuarta fase de la revolución industrial, la geopolítica está mostrando de manera oficial, nuevos escenarios de lucha por el poder como son el control de mercados, recursos mineros, el ciberespacio, el espacio exterior (coqueteando con la exo-politica) y por supuesto, sin dejar fuera la arena deportiva.

En tal virtud, el mundo en que vivimos, el cual desde tiempos antiguos ha estado más o menos repartido territorialmente en áreas de influencia de los hegemones del momento, está actualmente caminando hacia el siguiente nivel en lo referente a las nuevas disputas por la supremacía total en el planeta y los deportes sirven como instrumento de medida.

Las disciplinas deportivas con el nivel de organización e importancia que hoy tienen, empezaron a tener niveles de relevancia real a partir del año 776 A.C., con la celebración cada cuatro años de las Olimpiadas en honor al panteón de dioses helenos que habitaban según las tradiciones de los griegos en el legendario monte Olimpo, al norte de su territorio.

Esa fecha del 776 A.C. constituiría además el punto de partida del calendario oficial de los pueblos helenos, divididos en decenas de ciudades-estados que competían en las olimpiadas, para ver de entre ellos que polis mostraba mayor niveles de perfección y superioridad en la ejecución de disciplinas como gimnasia, carrera de obstáculos, lanzamiento de disco y jabalina, esgrima, lucha grecorromana, boxeo primitivo, salto de longitud, etc.

Con el advenimiento y la expansión del cristianismo, hacia el año 500 D.C. el imperio romano en su fase de simbiosis estatal con dicha religión, dejó de organizar los juegos olímpicos, tras casi mil doscientos años de celebración continua, dado que este tipo de manifestación a favor de deidades paganas, se consideraba como vergonzante y pecaminosa, por estar vinculada a la rendición de honores a dioses falsos y no al Dios único y verdadero que pregonaba el cristianismo universalista del momento.

Siglos después, estando en la época contemporánea y por iniciativa del pedagogo francés, Pierre de Coubertin, se retoma la idea en Europa de celebrar nuevamente las olimpiadas, pero no como homenaje u ofrecimiento a los dioses antiguos o al Dios cristiano de occidente, sino como evento deportivo amistoso y masivo para proyectar el pináculo de desarrollo alcanzado por el ser humano en esta etapa de la civilización humana.

Las nuevas olimpiadas partiendo desde cero, se llevaron a cabo del 6 al 15 de abril de 1896 en la ciudad de Atenas, Grecia, lugar en donde todo comenzó más de dos mil seiscientos años atrás. En la nueva versión adaptada de las olimpiadas de la antigüedad clásica, participaron solo 14 países (en su mayoría europeos) en el estadio Panathinaiko, llevándose a cabo un total de 43 competiciones entre 9 deportes seleccionados.

Las nuevas olimpiadas montadas por las potencias imperiales europeas, fueron un éxito total de organización, participación, competencia y prensa, lo cual motivó a los organizadores a seguir celebrando el evento tal y como se hacía en la antigua Grecia, cada cuatro años calendario y en una ciudad diferente. Quedó a cargo del Comité Olímpico Internacional, como ente que había organizado los primeros juegos, seguir impulsando la realización de los mismos en las distintas sedes que fuesen escogidas a tales fines.

Desde entonces y salvo los periodos entre guerras mundiales, hace 130 años que se celebra este evento multideportivo global, ampliándose la participación, no solo de los deportes o disciplinas deportivas en sus distintas categorías, sino de los países que son incluidos, llegando a confirmarse 204 comités olímpicos nacionales o su equivalente en número de países en los más recientes juegos de París 2024.

Aunque en los primeros tiempos de su organización, primaba cierta fraternidad entre los entes involucrados, a pesar de los naturales enfrentamientos en las rondas de competición, las olimpiadas de nuestros tiempos, casi sin proponérselo, poco a poco fueron convirtiéndose en escenario para la demostración de la superioridad nacional de los países participantes.

Cabe destacar como ejemplo indiscutible de lo que planteamos, la realización de las olimpiadas de Berlín en 1936, cita deportiva que aunque inicialmente fue rechazada por el nazismo hitleriano, luego hubo un cambio de parecer en la élite gobernante y se pretendió escoger aquello como vehículo de propaganda, al utilizar los juegos para mostrar al mundo, el éxito arrollador de la Alemania del Tercer Reich, así como la supuesta superioridad de la raza Aria.

Y aunque Alemania como país anfitrión y al mismo tiempo competidor, ciertamente dominó de una manera casi avasallante el certamen multideportivo, al obtener un total de 89 medallas, la victoria del atleta negro estadunidense, Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro en diferentes áreas del atletismo, desafió abiertamente la narrativa que los nazis querían proyectar e imponer a nivel internacional, acerca del éxito del modelo político e ideológico que proponían como ejemplo a seguir.

Más tarde, al iniciarse la guerra fría en 1947, las olimpiadas que habían sido suspendidas tanto en 1940 como en 1944 (a causa de la segunda guerra mundial provocada por el nazismo), fueron retomadas con mucha austeridad en 1948, pasando a ser gradualmente un nuevo campo de enfrentamiento de los competidores globales en el marco de su realización. Sin ir más lejos, en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, participaron 59 países y más de 4 mil atletas, resultando Estados Unidos de América como el ganador indiscutible, seguido de Suecia y Francia, en tanto, la URSS no participó por no estar afiliada todavía al Comité Olímpico Internacional.

Los países aliados y triunfantes del conflicto armado del 1939 al 1945, y quienes a posteriori pasaron a ser de forma pactada, adversarios ideológicos y hemisféricos como fueron la URSS y los E.E.U.U. aprovechaban cada certamen de los juegos olímpicos desde el ingreso soviético, para medir simbólicamente cada uno, su nivel de preparación, influencia política y hasta el grado de desarrollo humano, progreso y bienestar de su modelo económico imperante.

Podemos citar el caso de la olimpiadas de Los Ángeles en 1984, las cuales fueron boicoteadas en su conjunto por el bloque oriental (Los soviéticos y aliados de la Cortina de Hierro) como contestación al sabotaje previo de occidente a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980; la situación pese a las tensiones y diferendos, se normalizó para las olimpiadas del 1988, evento en donde hubo un claro dominio en la cantidad de preseas obtenidas por la Unión Soviética e irónicamente estando en el peor momento político, social y económico desde su instauración en 1917.

Es por ello que cada cuatro años y hasta el final de la guerra fría en 1991, el medallero olímpico fuese a nivel de oro, plata y bronce en las diferentes categorías, reflejaba la incesante lucha geopolítica e ideológica de las superpotencias y sus países satélites, siendo Estados Unidos y la Unión Soviética casi siempre los punteros, y secundados por otros participantes como Cuba, Francia, Reino Unido, Japón, Italia, Australia, entre otros.

Para las olimpiadas de 1992, celebradas por todo lo alto en la ciudad de Barcelona, en España, la primera después de la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, occidente aprovechó inteligentemente para convencer al mundo que su modelo económico capitalista había triunfado por las buenas y que su dominio pasaba a ser absoluto, sin un rival que pudiera dar la talla frente a ellos en ningún aspecto; solo basta recordar el ensamblaje del llamado “Dream Team” de jugadores de baloncesto de la liga profesional estadounidense que se presentó en ocasión de los juegos olímpicos, dando tal demostración de poder y superioridad sobre sus rivales en la cancha, que no dejaba lugar a dudas sobre quiénes eran los nuevos dueños del mundo: la unipolaridad absoluta del planeta estaba en manos de los americanos.

En esta tesitura, también los mundiales de fútbol soccer (primer deporte que se juega en todo el globo), tanto en el país o ciudad-sede como de los equipos participantes, han sido certámenes en los que se ha medido fuerza a nivel de las grandes potencias, igualmente durante la guerra fría como en esta época post-contemporánea. Ahí está el claro ejemplo con la división y repartición de Alemania, potencia perdedora de la segunda gran guerra y su destino en la posguerra. Solo hay que ver cómo la República Federal Alemana o Alemania Occidental, tutelada por Estados Unidos y Reino Unido, mostró que estaba muy por encima de la Alemania Oriental o República Democrática Alemana, controlada por la URSS, ganando los decisivos campeonatos mundiales de 1974 y de 1990, triunfos que de alguna manera atisbaron cual sería el desenlace de la guerra fría.

Aunque no siempre las competiciones deportivas han sido parcialmente diseñadas o escogidas para los enfrentamientos por el triunfo entre bloques o potencias. Basta con recordar la llamada “Diplomacia del Ping-Pong” o intercambio de las selecciones nacionales de Tenis de Mesa de Estados Unidos y China Popular en abril de 1971, mediante la realización de un breve torneo amistoso en dicho deporte, que sirvió como acercamiento táctico entre rivales antagónicos de gran peso en términos geopolíticos y que fue sabiamente auspiciada por parte de los estrategas de Washington y Pekín, para terminar dos décadas de gran hostilidad y aislar, verbigracia, la Unión Soviética en lo relativo al campo internacional.

En esa línea de tiempo, también tuvimos las Olimpiadas de México 68’ y el Mundial de Fútbol de México 70’, eventos que no solo sirvieron para proyectar las capacidades y el creciente nivel de desarrollo de un país satélite del tercer mundo, sino que por el contrario, buscó mover las rivalidades geopolíticas a otros emplazamientos diferentes a los habituales en suelo europeo, promoviendo cierta pluralidad o uso de sedes alternativas para futuras realizaciones, como en efecto ocurrió con resonante éxito.

Salvo las excepciones mencionadas, los deportes mundialistas, las olimpiadas contemporáneas y los juegos regionales, los equipos o selecciones participantes, principalmente de los grandes imperios y una que otra potencia regional, hacen acopio de lo que modernamente llamamos “poder blando” que es la manifestación hasta cierto punto diplomática de la influencia, el poder y el prestigio de los países a nivel de general, sin recurrir a tácticas de dominación directa o el uso de los artilugios de la guerra.

Cuba ha hecho un despliegue exitoso en los concursos deportivos internacionales, mostrando una extraña superioridad excepcional, tratándose de una isla en condiciones muy precarias y bajo un sistema de gobierno que históricamente ha desafiado, no solo el sistema capitalista sino el estilo de vida de todo el hemisferio occidental. Exhibe un poder blando casi equivalente al de una potencia en lo relativo al desarrollo deportivo, lo cual se puede medir no solo en sus reiteradas victorias y fuerte posicionamiento, sino en la exportación de instructores profesionales veteranos en disciplinas deportivas que pasan a entrenar o dirigir equipos extranjeros, dada la calidad y la experticia de tales recursos humanos formados en la isla caribeña.

Lo anterior, explica en gran medida por qué el Mundial de Fútbol 2026, se esté celebrando simultáneamente en los tres países que conforman la región o bloque de Norteamérica como son México, Estados Unidos y Canadá, mientras la Federación Rusa y la República Popular China, profundizan geo estratégicamente el proceso de integración regional a nivel económico y comercial; y es que Norteamérica que ya tiene un tratado de libre comercio exitoso que los entrelaza como es el llamado T-MEC, envía el mensaje de que se está preparando en su propio hemisferio, para las nuevas rivalidades que emergen en un mundo que ha dejado atrás una larga transición unipolar y da la bienvenida a una especie de tripolaridad de acompañamiento multipolar con China, Estados Unidos y Rusia a la cabeza.

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