Por Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla

La cuaresma es ante todo la proclamación del itinerario de nuestra salvación que culmina en la Pascua, la cual da sentido a toda la historia y la recapitula. Podemos decir que se nos entrega una especie de «hoja de ruta» para nuestro camino cuaresmal.

El Evangelio de este Domingo Quinto de Cuaresma, nos presenta a Lázaro, donde una extraña enfermedad lo venció hasta llevarlo a la tumba. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará.” Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día”.

Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerte vivirá, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.” María, al llegar, se echó a los pies de Jesús, en señal de adoración y acogida, convencida que, si Jesús hubiese estado con ellas, Lázaro no hubiera muerto. Llora María, y también Jesús. Y al llegar Jesús al lugar donde estaba enterrado, manda a quitar la losa. Marta se resiste, pues ya el cadáver huele mal, pero hace caso. Responde Jesús: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. Jesús, entonces elevando su mirada al cielo, agradece a su Padre, y grita con voz potente: “Lázaro, ven afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo y déjenlo andar”. Y muchos judíos…creyeron en él.

El gesto de Jesús de resucitar a Lázaro, muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia de Dios, y, por lo tanto, dónde puede llegar nuestra conversión sincera, nuestro cambio de vida es necesario, no significa que el pecado no asome la ventana de nuestros sentidos y de nuestros corazones. Sí, el pecado entra por algún orificio, y lo invade todo.

Hemos de observar que en sentido estricto no se trata de la «resurrección» de Lázaro, sino más bien de la reviviscencia de Lázaro, porque de hecho sólo volvió a la misma vida anterior. Por tanto, lo suyo fue sólo un signo de la resurrección que acontecerá a Jesús y que se ofrece a los creyentes. Es un signo para despertar la fe en Jesús como Hijo de Dios y, por tanto, con poder para darnos la resurrección y la vida eterna.

El Evangelio de Juan en su capítulo 11, nos lleva al corazón del misterio pascual y nos preparan ya abiertamente para celebrarlo. Lo explica muy bien R. Cantalamessa: «Jesús resucita hacia delante, hacia la vida eterna; Lázaro, por el contrario, resurge hacia atrás, hacia la vida de antes. Jesús, resucitado, deja este mundo; Lázaro permanece en este mundo.

Una vez resucitado, Jesús ya no muere más; Lázaro sabe que deberá morir todavía. La de Lázaro es, por lo tanto, una resurrección provisional […] La historia de Lázaro ha sido escrita para decirnos esto: que hay una resurrección del cuerpo y hay una resurrección del corazón; si la resurrección del cuerpo va a tener lugar ‘en el último día’, la del corazón tiene lugar o puede tenerla cada día. Hoy mismo».

Recordemos aquí las palabras de San León Magno: «lo que ha de tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones». Volvamos a la vida en Cristo Jesús.

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