Por Antonio Corcino

Un destino turístico no nace terminado ni permanece igual para siempre. Entra en procesos de adecuación de sus atractivos turísticos y transformación de su territorio para despertar interés. Su crecimiento está directamente relacionado con las inversiones, infraestructuras y visitantes. Además, evoluciona cuando el turismo modifica su economía, reorganiza sus espacios e influye en las instituciones y en la vida de sus habitantes. Su avance, por tanto, no se mide únicamente por las llegadas de turistas, cantidad de habitaciones y cantidad de empleos, sino también por los cambios que experimenta el territorio que los recibe. Igualmente, su éxito está vinculado a la capacidad de convertir ese crecimiento en bienestar colectivo, sostenibilidad y mejores condiciones de vida para sus residentes.

Como las ideas no nacen en el vacío, surgen abordajes como el que hizo el geógrafo alemán Walter Christaller, quien contribuyó a los primeros debates sobre la evolución de las áreas turísticas. Posteriormente, el también geógrafo Richard W. Butler desarrolló un modelo del ciclo de vida del área turística en los años 1980; concretamente, sistematizó distintas etapas: exploración, implicación local, desarrollo, consolidación, estancamiento y posibles escenarios de declive o rejuvenecimiento. Sus estudios mostraron cómo algunos destinos turísticos pueden compararse con un organismo que atraviesa distintas fases, aunque su trayectoria no está predeterminada: puede renovarse, cambiar de orientación o perder atractivo. En fin, un marco para comprenderlo, no para predecir. En cambio, nos facilita reconocer tendencias, pero no desenlace inevitable.

En esa tónica, Jean-Marie Miossec amplió la mirada hacia la organización del espacio turístico y las relaciones entre los lugares. Afirma que un destino no es solamente una playa, un hotel o un conjunto de atractivos: es una red de accesos, servicios, asentamientos y centros de decisión. La construcción de una carretera, la ampliación de un aeropuerto o la concentración de inversiones en una costa no solo aumentan la capacidad turística; también modifican las relaciones entre los espacios y sus habitantes.

Como francés, Michel Chadefaud abordó el espacio turístico como una producción social e histórica, ligada a representaciones e imaginarios que se materializan en infraestructuras y equipamientos. De modo que, antes de convertirse en destino, un lugar puede existir como promesa en la imaginación del visitante y como oportunidad para el inversor. La imagen despierta el deseo; la infraestructura facilita el acceso; la inversión convierte la expectativa en una realidad material, en fin, en un territorio turismizado.

Pero la transformación también alcanza las relaciones sociales. Con el aumento del volumen de visitantes y también sus impactos (sociales, económicos, ambientales), la actitud colectiva de la comunidad receptora tiende a deteriorarse a lo largo de esas fases. George Doxey, a través de su modelo teórico conocido como el Índice de Irritación de Doxey (Irridex), propuesto en 1975, describió cómo cambia la actitud de los residentes a medida que el turismo se expande en un destino. Al menos es una referencia para comprender la percepción social sobre el turismo a medida que aumenta su intensidad en el ciclo de vida, así como el impacto que esto tiene sobre el suelo. Igual no constituye una secuencia universal, pero nos advierte de su tensión fundamental.

Las operaciones que envuelven durante esa etapa del turismo, como las que se realizan en determinadas zonas turísticas del país, podrían recibir similares proporciones de carga sobre el suelo, los recursos naturales, las infraestructuras, los servicios y las condiciones de vida de la población. ¿Hasta cuándo la casa estará recibiendo más visitas?

El camino es gestionar la geografía antes de que lleguen la saturación, las disputas y el deterioro de la convivencia. Su crecimiento se mueve más rápido que la capacidad del territorio para soportarlo. El problema no es necesariamente la presencia del visitante, sino cómo se organiza esa convivencia y cómo se distribuyen sus beneficios y costes. Armarse de instrumentos como el PMOT.

Verón–Punta Cana: de paraje rural a territorio turístico

La evolución del territorio que hoy es Verón–Punta Cana. Antes, a finales de los años sesenta, Verón–Punta Cana era un paraje rural de baja densidad poblacional, caracterizado por su vegetación costera, cocoteros, extensas playas y una economía vinculada a actividades agropecuarias y pesqueras. El acceso a la zona era limitado, ya que solo se podía llegar por mar, en mula por tierra o a pie por las playas, y posteriormente se llegaba en avionetas. Lo que aparece en fotografías en folletos, medios de comunicación y anuncios publicitarios y que se comercializa internacionalmente como destino turístico en aquel momento tenía otros usos, ritmos y significados locales.

Una compra privada de unos terrenos del abogado estadounidense Theodore Kheel en el 1969 y con la unión con don Frank Rainieri como chispa emprendió la valorización turística de sus suelos, lo que entonces se llamaba Yauya o Punta Borrachón. Con el desarrollo del Club Med a finales de los años setenta y la puesta en funcionamiento del aeropuerto internacional en 1983–1984, la región se conectó con los mercados turísticos internacionales. Simultáneamente, el crecimiento hotelero, la expansión demográfica y la aparición de nuevas necesidades institucionales ampliaron la escala de la transformación, en el 2006 a distrito municipal.

Aquella semilla que se convirtió en procesos no creyó este destino de la noche a la mañana. Bajo el ardiente sol y lluvias de resiliencia, la propiedad, la inversión, la conectividad, la comercialización y la infraestructura se articularon progresivamente en este producto turístico. El atractivo natural permaneció, pero cambió su función económica y la manera de organizar el espacio.

En este sentido, Verón–Punta Cana no siguió una línea recta, fue flexible y adaptativo, y no siguió exactamente el patrón de un destino concebido mediante un ambicioso plan estatal, como Cancún. Más bien, su trayectoria estuvo marcada por la inversión privada y por la posterior expansión de las infraestructuras, la población y las instituciones. No que se compare con otros destinos como Barcelona, por los conflictos asociados a la presión turística, o al recurrir a Bali, que enfrenta sobrecarga territorial e hídrica por la demanda turística. Guardando algunas distancias, diferencias de escala, historia y gobernanza, sin embargo, no dejan de ser una advertencia para el futuro.

Crecer no siempre significa desarrollarse

Aquí reside la importancia de distinguir entre evolución turística y turismización. Butler ayuda a interpretar las posibles etapas de un destino; Miossec, su organización espacial; Chadefaud, la construcción histórica y simbólica del espacio turístico; y Doxey, las tensiones que pueden surgir entre visitantes y residentes. Junto a autores como Christaller, en general forman parte de otros antecedentes de la reflexión sobre la evolución de las áreas turísticas. Igual sometido a esos parámetros turísticos, la turismización de alguna manera articula estas perspectivas para estudiar cómo el turismo llega a transformar y reorganizar el territorio en sus dimensiones económicas, espaciales, sociales e institucionales.

Construir más pisos no garantiza que los cimientos sean sólidos, del mismo modo que transformarse no significa necesariamente mejorar. Lo que nos deja una pregunta decisiva que no es solo cuánto puede crecer un destino, sino en qué se puede convertir el territorio mientras lo hace, quién decide esa transformación y en qué condiciones vive su población. Lo inquietante es la hazaña de construir este destino turístico competitivo y sostenible y lograr de igual forma que el territorio que lo soporta también sea un lugar digno para vivir.

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