Por Alfredo de los Santos Jorge
En estos dias se honra la memoria de Manolo Tavárez Justo. Y como suele ocurrir en nuestra historia política, el homenaje viene acompañado no de reflexión, sino de consigna. De relato épico simplificado. De una narrativa moral binaria donde unos son ángeles y otros “bestias infames”.
Pero la historia, cuando se la toma en serio, no funciona así. Partamos de un punto que debe quedar claro desde el inicio, nunca estaremos de acuerdo con métodos viles, con asesinatos extrajudiciales ni con la barbarie como herramienta política.
Eso incluye tanto a quienes combatieron a Manolo Tavárez Justo como a quienes, de haber triunfado su proyecto, habrían aplicado tácticas idénticas o peores. La moral no se mide por el bando, sino por los actos.
Ahora bien, dicho esto, el enfoque lo es todo. Comencemos con el origen, Juan Bosch fue derrocado. Sí. Fue un golpe de Estado protagonizado por la clase empresarial, la Iglesia Católica, sindicatos, intelectuales, aun de izquierda, americanos y militares… con la simpatía de la zona rural que era el 70 % de la población de RD en esa época, y por miles de dominicanos de las zonas urbanas, (dígase como va, en su conjunto, no como lo ha proclamado la izquierda y sus analistas panfletarios). Pero Bosch no fue fusilado, no fue desaparecido, no fue ejecutado. Se le preservó la vida.
Ese dato, incómodo para algunos, importa. Importa porque permite comparar escenarios reales con escenarios hipotéticos.
Manolo Tavárez Justo y el Movimiento 14 de Junio no eran una ONG cívica ni un club de debates. Tenían un proyecto revolucionario armado, explícitamente inspirado en la Revolución Cubana.
No es una interpretación malintencionada, es un hecho histórico. Su modelo no era Costa Rica ni Uruguay. Era Cuba. Era la vía insurreccional, el foco guerrillero, la toma del poder por las armas.
Y aquí viene la pregunta que muchos evitan por pura conveniencia ideológica:
¿qué habría ocurrido si esa aventura revolucionaria hubiese triunfado?
La respuesta es obvia para cualquiera que observe con honestidad la historia latinoamericana del siglo XX. Se habrían invertido los roles. Los “verdugos” de hoy serían las víctimas de mañana.

Los fusilamientos no habrían sido una anomalía, sino una política de Estado. No «por maldad personal, sino por coherencia doctrinal.»
Basta mirar a uno de los íconos máximos del 14 de Junio y del imaginario revolucionario continental: Ernesto “Che” Guevara, el carnicero de La Cabaña. Fusilamientos sumarios, juicios revolucionarios, eliminación del enemigo político. Todo documentado, todo reivindicado por sus propios protagonistas.
Y no, no venga nadie con la ‘monserga’ de que “aquí iba a ser diferente”. Nunca lo fue. Nunca lo es. El totalitarismo siempre promete excepcionalidad y siempre entrega represión.
La Guerra Fría no fue un cuento de hadas con «villanos» de un solo lado. Fue un conflicto global donde proyectos incompatibles se disputaban territorios, almas y Estados.
En ese contexto, el proyecto totalitario de la izquierda para la República Dominicana fue frustrado. No por pureza democrática, sino por una correlación de fuerzas históricas que impidió que el país terminara convertido en otra Cuba, otra Nicaragua, otra Venezuela ‘avant la lettre’.
Eso no convierte en héroes morales automáticos a quienes combatieron a Manolo Tavárez. Pero tampoco lo convierte a él en un mártir democrático. Fue un revolucionario honestamente convencido, dispuesto a imponer un modelo por las armas.
La historia no se honra mintiendo sobre lo que fue, sino entendiendo lo que realmente estaba en juego.
Recordar a Manolo exige memoria completa, no memoria selectiva.
Exige reconocer la tragedia humana sin romantizar el proyecto político. Porque cuando se romantiza el totalitarismo frustrado, lo único que se hace es preparar el terreno para que otros, mañana, intenten repetirlo.
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