Melos y la crudeza del poder: lecciones para la política contemporánea

 

Por Araceli Aguilar Salgado

«La historia es maestra de la vida, pero solo para quienes están dispuestos a aprender de ella.» Cicerón

El relato de Tucídides sobre el Diálogo de los Melios es uno de los pasajes más incómodos de la historia política. Atenas, en el año 416 A.C., dejó claro que la justicia solo existe entre iguales y que, cuando hay desequilibrio de poder, la moral se convierte en un recurso inútil. Melos, una pequeña isla que confió en la neutralidad y en la protección del derecho, terminó destruida: sus hombres ejecutados, sus mujeres y niños esclavizados. La lección es brutal y directa: el poder no se detiene ante argumentos morales.

El episodio no es una anécdota antigua, sino una advertencia vigente. Nos recuerda que el mundo no funciona como deseamos, sino como permite la correlación de fuerzas. Las instituciones, el derecho internacional y los valores compartidos tienen sentido únicamente cuando existe equilibrio. Sin él, se convierten en consuelo retórico.

El poder real no pide permiso: impone, compra, presiona, captura, fuerza. Y luego, con desdén, lanza la pregunta que desnuda la impotencia del débil: “¿Y tú qué vas a hacer?”.

El paralelismo con la actualidad es evidente. En la política internacional, los Estados que confían únicamente en la moral o en la diplomacia, sin construir poder real, repiten el error de Melos.

El Diálogo de los Melios, narrado por Tucídides, no es solo un episodio de la Guerra del Peloponeso, sino una metáfora que sigue resonando en la política internacional actual. La pequeña isla de Melos creyó que su neutralidad y su apelación a la justicia bastarían para detener la fuerza de Atenas. Confió en que la moral y el derecho serían escudos suficientes, y esperó la llegada de un aliado que nunca apareció. El resultado fue devastador: la isla fue arrasada, sus hombres ejecutados y sus mujeres y niños esclavizados. La lección es brutal y persistente: la moral sin poder no protege.

En el presente, el paralelismo es evidente. Los Estados que confían únicamente en la diplomacia, en la corrección moral o en la prudencia económica, sin construir poder real, repiten el error de Melos. México, frente a la posibilidad de una intervención militar estadounidense bajo el argumento de combatir a los cárteles, parece apostar a que la justicia internacional, la racionalidad económica o la diplomacia bastarán para frenar unas botas extranjeras en su territorio. Pero la historia enseña que esa confianza es ingenua: esperar a “Esparta”, es decir, a un aliado que nunca llega, es una estrategia fallida.

El escenario global refuerza esta advertencia. Rusia está ocupada en sus propios conflictos, China evita involucrarse cuando el costo es alto, y la ONU se muestra exhausta, debilitada por la falta de capacidad real para imponer sus resoluciones. En este contexto, la apelación a principios abstractos se convierte en un discurso vacío, incapaz de detener la fuerza de quienes tienen la capacidad de imponer su voluntad.

La crítica es clara: la política internacional no se mueve por ideales, sino por correlaciones de poder. La justicia, el derecho y las instituciones son valiosas, pero solo funcionan cuando están respaldadas por capacidad de acción. De lo contrario, se convierten en consuelo retórico, en palabras que tranquilizan pero no protegen. La lección de Melos, incómoda pero vigente, es que los Estados deben construir poder real económico, militar, institucional y diplomático si quieren que la moral tenga eficacia.

El paralelismo entre Melos y la política contemporánea nos recuerda que la ingenuidad en política se paga caro. La moral sin poder es insuficiente, y la diplomacia sin respaldo de fuerza es frágil. La verdadera estrategia consiste en equilibrar principios con capacidad de acción, para que la justicia no quede reducida a un ideal vacío, sino que se convierta en una práctica efectiva capaz de resistir la imposición del más fuerte. La lección es clara: la moral sin poder no protege.

Precisamente por eso existen la República y la democracia: no para idealizar el poder, sino para limitarlo. Los contrapesos institucionales son la única forma de evitar que el poderoso rompa la ley porque puede. En ausencia de estos, lo que queda es la imposición y la humillación.

La República y la democracia no nacieron para glorificar al poder ni para convertirlo en un objeto de veneración, sino para domesticarlo, para ponerle límites y recordarle que su legitimidad depende de reglas compartidas y de la voluntad colectiva. La historia demuestra que, cuando el poder carece de frenos, se transforma en arbitrariedad: el gobernante actúa porque puede, no porque debe, y la ley deja de ser un marco de justicia para convertirse en un instrumento de dominación.

Los contrapesos institucionales, parlamentos, tribunales, prensa libre, sociedad civil organizada son la arquitectura que impide que el poder se desborde. No son adornos ni formalidades, sino mecanismos de defensa frente a la tentación autoritaria. Sin ellos, la democracia se vacía de contenido y se convierte en un ritual sin sustancia, donde las decisiones se imponen por la fuerza y los ciudadanos quedan reducidos a espectadores impotentes.

La ausencia de contrapesos no solo abre la puerta a la imposición, sino también a la humillación: el ciudadano se ve obligado a aceptar abusos como si fueran inevitables, y la sociedad aprende a convivir con la injusticia como si fuera normal. En ese escenario, la ley deja de ser un pacto común y se convierte en un arma del más fuerte.

Por eso, hablar de democracia sin hablar de contrapesos es una contradicción. La democracia no es únicamente el derecho a votar, sino la garantía de que el poder elegido estará vigilado, limitado y obligado a rendir cuentas. La república, en su sentido más profundo, es la promesa de que nadie está por encima de la ley, ni siquiera quienes la escriben.

Idealizar el poder es ingenuidad; limitarlo es responsabilidad democrática. La verdadera fortaleza de una sociedad no se mide por la concentración de poder en manos de unos pocos, sino por la capacidad colectiva de impedir que ese poder se convierta en tiranía. Allí donde los contrapesos se debilitan, lo que queda es la imposición y la humillación; allí donde se fortalecen, florece la libertad y la dignidad ciudadana.

El Diálogo de los Melios es mucho más que un episodio histórico narrado por Tucídides: es una advertencia permanente sobre la naturaleza del poder y la fragilidad de la justicia cuando no existe equilibrio de fuerzas. Atenas dejó claro que la política no se mueve por ideales abstractos, sino por la capacidad de imponer decisiones. La célebre frase “los fuertes hacen lo que pueden; los débiles sufren lo que deben” sintetiza la crudeza de la política real y nos obliga a reflexionar sobre la vigencia de esta lógica en el presente.

Ignorar esta realidad nunca ha sido una política sensata. Los pueblos y Estados que confían únicamente en la moral, en la diplomacia o en instituciones debilitadas, sin construir poder real, repiten el error de Melos: creer que la neutralidad o el derecho bastan para protegerlos. La historia demuestra que la justicia sólo tiene eficacia cuando está respaldada por capacidad de acción. De lo contrario, se convierte en un discurso vacío, en un consuelo retórico que no detiene la fuerza ni evita la humillación.

La lección crítica es que no se trata de resignarse ante la ley del más fuerte, sino de comprender que la moral, para ser efectiva, necesita sostenerse en estructuras de poder y contrapesos. La democracia y la república existen precisamente para limitar al poder, no para idealizarlo. En el plano internacional, la estrategia sensata consiste en equilibrar fuerzas, construir alianzas, fortalecer instituciones y desarrollar capacidades que permitan resistir la imposición.

En definitiva, el Diálogo de los Melios nos recuerda que la política no es un terreno de ingenuidad, sino de cálculo y previsión. La moral sin poder es insuficiente, pero el poder sin moral conduce a la barbarie. La verdadera estrategia está en articular ambos elementos: reconocer la crudeza del poder, pero al mismo tiempo dotarlo de límites éticos e institucionales que eviten que la fuerza se convierta en destrucción. Solo así la justicia deja de ser un ideal vacío y se transforma en una práctica real y sostenible.

«La fuerza sin justicia es tiranía, pero la justicia sin fuerza es impotente.» Blaise Pascal

La autora es Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

Loading