Redacción Exposición Mediática.- Durante décadas, el Caribe ha sido presentado al mundo como un espacio de tránsito, turismo y comercio. Hoy, sin embargo, ese mismo mar vuelve a ser escenario de una confrontación que no se anuncia formalmente como guerra, pero que opera con su misma lógica: presión, asfixia, disuasión y control.

La reciente escalada naval entre Estados Unidos y Venezuela no debe entenderse únicamente como un episodio más de fricción diplomática, sino como la expresión contemporánea de un conflicto más profundo, donde el petróleo y el relato se disputan con la misma intensidad.

Lo ocurrido en diciembre de 2025 marca un antes y un después. El anuncio de Washington sobre el bloqueo a buques petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela no es solo una medida administrativa ni una advertencia simbólica.

Es un mensaje estratégico, dirigido tanto a Caracas como al resto del sistema internacional: el control de las rutas energéticas sigue siendo un instrumento de poder, y quien lo ejerce puede redefinir las reglas del juego sin necesidad de una declaración formal de guerra.

El petróleo: la arteria que se busca cortar

Venezuela no es solo un país en crisis política; es, sobre todo, un país con una de las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Aunque su capacidad productiva se ha visto mermada por años de mala gestión, sanciones y falta de inversión, el crudo sigue siendo la base material sobre la que se sostiene el Estado venezolano. Controlar su flujo equivale a controlar su oxígeno económico.

El bloqueo anunciado por Estados Unidos apunta directamente a ese punto neurálgico. No se trata únicamente de impedir que ciertos buques naveguen libremente, sino de generar un efecto dominó: navieras que evitan rutas por temor a sanciones, aseguradoras que retiran cobertura, intermediarios que se repliegan, puertos que se vuelven hostiles. La guerra económica moderna no necesita bombas cuando puede paralizar cadenas logísticas completas.

Este tipo de presión no es nueva, pero sí ha alcanzado un nivel de visibilidad y audacia inédito. La interdicción directa de petroleros frente a las costas venezolanas, combinada con un discurso de legitimidad jurídica, configura un escenario en el que la frontera entre sanción y bloqueo se vuelve deliberadamente borrosa.

La coartada perfecta: seguridad y narcotráfico

Toda acción de fuerza necesita una narrativa que la respalde. En este caso, el eje discursivo elegido por Washington es la lucha contra el narcotráfico y la protección de la seguridad hemisférica. Bajo ese paraguas, se presentan operaciones militares, ataques a embarcaciones y despliegues navales como medidas necesarias para contener redes criminales transnacionales.

El problema no es la existencia del narcotráfico —real e indiscutible— sino el uso expansivo de ese argumento para justificar acciones que exceden claramente ese objetivo. Cuando el combate al crimen se convierte en una carta blanca para intervenir rutas energéticas, incautar cargamentos estratégicos y redibujar la geografía marítima de otro país, la narrativa deja de ser preventiva y pasa a ser instrumental.

Aquí es donde la guerra económica y la guerra narrativa se fusionan. El lenguaje de la seguridad sirve para normalizar lo que, en otro contexto, sería leído como un acto de coerción directa. El bloqueo ya no se llama bloqueo; se llama “interdicción”. La presión económica no es asfixia; es “cumplimiento de sanciones”. El conflicto no es geopolítico; es “operativo”.

Caracas responde: soberanía, escoltas y desafío

Del otro lado, el gobierno venezolano ha reaccionado con un discurso igualmente cargado de simbolismo. La denuncia de “piratería”, la apelación al derecho internacional y la instrucción a la Armada para escoltar buques petroleros no solo buscan proteger cargamentos, sino enviar una señal política: Venezuela no aceptará pasivamente la redefinición de su soberanía marítima.

Las escoltas navales, más allá de su efectividad real frente a una potencia militar muy superior, funcionan como acto de desafío y como herramienta comunicacional. Cada escolta es un mensaje a la comunidad internacional y a la opinión pública interna: el Estado sigue presente, sigue resistiendo, sigue reclamando control sobre sus recursos.

Aliados regionales y extra-regionales han respaldado esta postura, no necesariamente por afinidad ideológica, sino por una preocupación compartida: el precedente. Si una potencia puede bloquear de facto el comercio energético de un país bajo el argumento de sanciones y seguridad, ¿qué impide que ese modelo se replique en otros contextos?

El Caribe como tablero y advertencia

La militarización del Caribe no ocurre en el vacío. Es una región históricamente sensible, donde confluyen rutas comerciales, intereses energéticos y equilibrios diplomáticos frágiles. El aumento de presencia naval, los ejercicios militares y las operaciones de interdicción elevan el riesgo de incidentes no planificados, errores de cálculo o escaladas involuntarias.

Pero el riesgo no es solo militar. Es político y económico. Un bloqueo prolongado puede profundizar la crisis humanitaria venezolana, aumentar los flujos migratorios y desestabilizar países vecinos. Al mismo tiempo, puede endurecer posiciones internas, cerrando aún más los espacios de negociación política.

La batalla por el relato: ¿quién define la realidad?

La audiencia global, por su parte, consume fragmentos de información descontextualizados, normalizando una escalada que, de otro modo, generaría mayor alarma. La saturación informativa anestesia la capacidad de indignación y convierte lo excepcional en rutina.

El peligro del precedente

Quizás el aspecto más inquietante de esta situación no sea el conflicto en sí, sino lo que habilita a futuro. Si el bloqueo energético puede justificarse bajo narrativas amplias y ambiguas, el derecho internacional corre el riesgo de convertirse en un instrumento flexible al servicio del poder.

No se trata de defender gobiernos ni de ignorar violaciones internas, sino de preguntarse qué tipo de orden internacional se está consolidando. Uno donde la fuerza se disfraza de legalidad y la economía se usa como campo de batalla principal.

Síntesis: Cuando el petróleo define la verdad

La tensión naval entre Estados Unidos y Venezuela es, en esencia, una guerra sin nombre. Una guerra que no se declara, pero se ejecuta. Una guerra donde el petróleo es el objetivo tangible y la narrativa el campo de disputa decisivo.

En el Caribe de hoy, los buques no solo transportan crudo; transportan mensajes. Cada interdicción redefine límites, cada escolta desafía un orden, cada titular inclina la balanza de la legitimidad. Y mientras el mundo observa —o mira hacia otro lado— se sientan las bases de un modelo de confrontación que podría extenderse mucho más allá de estas aguas.

Porque en la geopolítica contemporánea, quien controla el flujo del petróleo suele intentar controlar también el flujo de la verdad.

Fuentes consultadas

Al Jazeera
https://www.aljazeera.com/news/2025/12/18/us-kills-4-in-latest-pacific-ocean-attack-as-venezuela-tension-spirals

Reuters
https://www.reuters.com/world/americas/mexican-president-calls-un-avoid-bloodshed-venezuela-2025-12-17/

TIME
https://time.com/7341303/trump-blockade-oil-tankers-venezuela/

France 24
https://www.france24.com/es/minuto-a-minuto/20251217-trump-anuncia-el-bloqueo-de-los-petroleros-sancionados-que-lleguen-o-salgan-de-venezuela

El País
https://elpais.com/america/2025-12-17/maduro-ordena-a-la-armada-venezolana-la-escolta-de-buques-petroleros.html

La Nación
https://www.lanacion.cl/trump-anuncia-el-bloqueo-de-los-buques-petroleros-sancionados-que-entren-o-salgan-de-venezuela/

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