Por Antonio Corcino
El comportamiento de la actividad turística de República Dominicana durante el 2025 ha estado marcado por no solo el crecimiento, sino que acelera y redefine su economía, lo que la afianzó, superó los US$21,100 millones, el equivalente al 15.8 % del PIB, generó más de 892,000 empleos directos y 11.7 millones de visitantes llegaron al país, entre turistas aéreos y por cruceros. No se trata de números aislados; es la confirmación de un modelo que se posiciona como eje estructural del desarrollo.
Ese dinamismo fue impulsado por un gasto internacional superior a US$11,385 millones y un consumo interno de US$4,100 millones.
En ese estrenado, solo por el Aeropuerto de Punta Cana entraron el 51 % y el 63 % de las llegadas, con más de 5.4 millones de pasajeros. La ocupación hotelera se mantuvo por el 71 % anual y la satisfacción de los visitantes fue 4.4 sobre 5.
Esta fotografía socioeconómica no solo describe su éxito, sino que manifiesta su estructura. Ahora bien, en su estado normal, el turismo articula inversión, empleo y territorio mediante una relación armoniosa entre el sector público y privado, la cual sostiene su liderazgo regional. Indicadores que dibujan esta industria, que no solo mueve viajeros, sino capital, infraestructura y decisiones estratégicas.
Sin embargo, esos datos y las cifras circulan por su organismo. Como actividad, opera como un sistema nervioso económico saludable que conecta regiones, que activa cadenas productivas y configura poder territorial. No es simplemente flujo de visitantes; es una arquitectura del desarrollo con alto impacto nacional.
Anatomía del modelo
En el discurso oficial se repiten palabras que operan como engranajes: “récord”, “liderazgo”, “diversificación”, “sostenibilidad”, “crecimiento”. La metáfora dominante es clara: el turismo como motor y pilar de la economía; el país como destino líder; el crecimiento como sinónimo de progreso.
El orden de la actividad turística se mantiene saludable, oxigenado con indicadores que frecuentemente son resaltados en los medios de comunicación y en las narrativas de sus actores, igual en la estética como en sus retóricas, mediante una lógica argumentativa lineal y eficaz: más visitantes, más ingresos, más liderazgo regional.
Es así como este modelo conceptual organiza el éxito en términos cuantitativos, donde el indicador principal es el volumen y la métrica, el flujo.
Arquitectura institucional
Como había indicado anteriormente, nuestro turismo trabaja como un organismo que se sostiene por medio de un esquema normativo y legal claramente definido. Su base está compuesta por leyes sectoriales e incentivos fiscales que orientan la inversión y regulan el sector. Una pirámide en cuya cúspide estratégica se encuentran la Presidencia de la República y el Ministerio de Turismo (Gabinete de Turismo), responsables de la planificación y conducción, como el principal narrador, quien da mantenimiento al modelo con su comunicación institucional, política y estratégica.
Ese andamio productivo está entrelazado con instituciones públicas vinculadas a infraestructura, puertos y el medio ambiente, junto a los gobiernos locales encargados de la gestión territorial; lo conservan con enunciados y apelando a la institucionalidad. En su enfoque socioeconómico, las organizaciones empresariales lideran la inversión y maniobran en el sector, repitiendo declaraciones, intervenciones y expresiones que señalan que más turistas son más ingresos, más producción y más empleos, mientras que los sindicatos (empleados hoteleros, guías, etc.), trabajadores y comunidades receptoras solo participan como objeto en esa dinámica económica.
En ese esqueleto organizativo, la dirección estratégica se concentra en el nivel central, mientras el capital privado ejerce como fuerte influencia en su operatividad, ejecución y expansión o replicación en otras zonas (Miches, Pedernales o Punta Bergantín). En esta configuración, el poder se manifiesta en su capacidad para regular, movilizar recursos, acceder a financiamiento y definir su rumbo.
Centro y periferia
El modelo turístico dominicano labora bajo un estrés estructural que define su dinámica interna.
Por un lado, están áreas que concentran las grandes zonas de desarrollo como Punta Cana y Bávaro, donde las principales corporaciones hoteleras, la inversión y la inversión extranjera proceden como sujetos en la planificación estratégica nacional. Allí se entrecruzan las decisiones clave, el capital y la infraestructura a mayor escala.
En cambio, por el otro lado, tenemos la periferia, que se ubica en las comunidades locales, pequeños emprendimientos y el sector laboral, en los cuales están limitadas sus capacidades de negociación, y los municipios con menor desarrollo de servicios e infraestructura.
La brecha es clara: mientras el crecimiento macroeconómico se consolida en los núcleos de inversión, la distribución territorial de sus beneficios avanza a un ritmo desigual. Existe una creciente asimetría entre la rentabilidad del capital y el crecimiento real de los salarios.
Crecimiento como parte de la narrativa de la industrial.
El contenido del discurso del turismo dominicano responde a un criterio de competitividad que luego está orientado al mercado global. Se le da importancia a la expansión, el posicionamiento internacional y el liderazgo regional como ejes centrales y sinónimos de éxito. La sostenibilidad y los planes de ordenamiento territorial se integran como elemento legitimador, aunque subordinado al rendimiento económico.
La narrativa alimenta la coherencia interna: cifras récord, ampliación territorial y el impacto de las divisas se articulan como componentes de un mismo engranaje estratégico. No obstante, el énfasis en los resultados cuantitativos tiende a relegar las discusiones sobre la calidad del empleo, el equilibrio territorial y la sustentabilidad ambiental a largo plazo.
Desarrollo turístico y desafío territorial
El paradigma turístico dominicano actúa en una tensión clara: crecimiento económico frente a redistribución territorial. La táctica prioriza el liderazgo regional y la competitividad internacional, alineada con una lógica de mercado global ante el desafío territorial.
Si consideramos que el turismo funciona como un motor dinamizador de la economía nacional, impulsando la inversión, el empleo y la actividad productiva, entonces la sostenibilidad de este modelo depende de equilibrar la expansión con una distribución más equitativa de sus beneficios en el territorio.
En ese contexto, el desarrollo del turismo dominicano está consolidado y el liderazgo regional resulta incuestionable por lo comunicado; los datos salvan el relato. En ese sentido, a partir de lo reseñado, se interpreta y se anticipa un desafío estructural que consiste en balancear esos números con la participación local, es decir, la inversión con equidad territorial y las cifras récord con las que se argumenta esa sostenibilidad efectiva.
Es cierto que el modelo avanza con fuerza. Ahora bien, la cuestión estratégica de fondo es cómo se distribuyen sus beneficios y quiénes definen el rumbo del discurso de desarrollo a largo plazo.
Entonces, el poder invisible del turismo es una influencia estructural que actúa sin exhibirse como poder formal, pero que sus efectos determinan el rumbo económico, social o territorial.
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