Por Alfredo de los Santos Jorge
El 14 de diciembre de 2025, el pueblo dominicano se movilizó hacia el Palacio de Justicia. No lo hizo necesariamente con la expectativa de ver justicia por el desfalco cometido contra el sistema de salud dominicano (SENASA), sino impulsado por un temor mucho más profundo: la ausencia de justicia.
No se trataba de una turba de antisociales. Quienes acudieron eran ciudadanos hambrientos y sedientos de justicia, cansados de la impunidad que carcome las instituciones nacionales.
Para sorpresa del pueblo, aquella indignación popular encontró eco en el propio estrado judicial.
El honorable juez Rigoberto Sena, al referirse al caso, lo calificó como “tétrico, sombrío, escandaloso, extremadamente grave, cruel al extremo; una especie de frenesí colectivo, un holocausto colectivo”.
Palabras duras, sí, pero proporcionales a la gravedad moral de los hechos juzgados.
El juez fue más allá. Recurrió a textos bíblicos para contextualizar el origen del mal juzgado, el amor al dinero, descrito en las Escrituras como raíz de todos los males.
Asimismo, citó pensamientos del patricio Juan Pablo Duarte y del escritor y moralista ruso León Tolstói, elevando el juicio a una reflexión ética, histórica y humana.
Paradójicamente, estas reflexiones (por demás atinadas) fueron consideradas ofensivas e inadmisibles por el propio Poder Judicial.
De forma expedita, el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Luis Henry Molina, convocó al Comité de Comportamiento Ético para que reprendiera severamente al juez Sena por la supuesta falta de “prudencia” en la conducción del proceso.
Este proceder recuerda un viejo episodio ocurrido en Aduanas. Un joven funcionario detectó una evasión fiscal significativa cometida por un empresario influyente.
Redactó un informe y lo remitió a la Dirección. Ese mismo día fue citado. Al salir, lo hizo cabizbajo y avergonzado: había sido reprendido… no por el fondo del informe, sino por supuestas faltas ortográficas.
Un compañero de mayor edad le dijo entonces: “No creas que ese enojo fue por la ortografía; ese empresario es su amigo.”
Seamos honestos,
¿alguien cree seriamente que el juez Sena fue confrontado por citar la Biblia, a Duarte o a Tolstói?
Mil veces no. Pensarlo así sería una ofensa a la inteligencia.
La verdad es otra, la luz incomoda a quienes habitan en la oscuridad. Y como muchas otras instituciones dominicanas, el sistema judicial ha sido profanado.
El caso SENASA involucra sectores de la alta sociedad empresarial dominicana, así como a influyentes dirigentes políticos.
¿Acaso no fue el actual presidente de la Suprema Corte coordinador de la campaña senatorial de Tommy Galán en San Cristóbal en 2016? ¿Y quién lo designó presidente de la SCJ? Danilo Medina, líder del partido para el cual había trabajado.
Las conexiones están a la vista. Las instituciones han sido ocupadas por estructuras que explican, en gran medida, por qué hoy transitamos peligrosamente hacia un Estado fallido.
Cabe entonces una pregunta fundamental,
¿quién fue el primer legislador de la historia, el que entregó la Ley a Moisés?
Dios, Padre de las luces y de la justicia.
¿Puede considerarse ofensivo citar al origen mismo de la ley? ¿O citar a Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria, cuyo ideario está inscrito en el centro de nuestro Escudo y nuestra Bandera?
Como bien expresó el juez Sena: “Estas palabras no pueden ser ofensivas para nosotros, que nos consideramos cristianos.”
No somos musulmanes.
No vivimos bajo una dictadura marxista.
Somos, al menos en principios, una nación fundada sobre valores cristianos.
Este hecho no puede pasar desapercibido.
Nunca la noche es más oscura que cuando está a punto de amanecer.
Lo que la República Dominicana necesita no son simples reformas fiscales, laborales o judiciales. Necesitamos una reforma nacional y moral, donde los mejores hombres y mujeres de la sociedad (y del pueblo de Dios) asuman el compromiso histórico de liberar a la Nación de esta plaga de corrupción que amenaza con destruirlo todo.
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