Por José Aquino

Quienes trabajamos en tecnología e infraestructura sabemos que los sistemas fallan cuando sus bases están descuidadas. Hoy hago una pausa en mis temas habituales para reflexionar sobre el pilar más crítico de nuestra sociedad: una juventud que necesita alternativas concretas frente a la violencia y el abandono.

Cada vez que un joven muere en un enfrentamiento policial, queda una familia destrozada y una comunidad con preguntas difíciles. Reconocer ese dolor es indispensable para enfrentar una realidad que no se resuelve con indignación pasajera.

A quienes tienen entre 17 y 30 años y ven en el delito la única salida: este mensaje es para ustedes. Tal vez les ofrecieron dinero rápido, pertenecer a un grupo o el respeto que nadie más les daba. Pero ese camino suele terminar con otra persona herida, una familia rota y un futuro perdido. Todavía están a tiempo de elegir otra dirección. Su origen y sus errores no definen el resto de su vida; pueden empezar hoy.

A los jóvenes en la delincuencia les digo: deténganse. Ninguna promesa de dinero fácil compensa el sufrimiento causado ni el riesgo de perder la libertad o la vida. Pedir ayuda y romper con malas compañías exige valentía, pero permite escribir la historia de otra manera.

Sin embargo, este llamado pierde fuerza si el Estado y la sociedad no ofrecen alternativas. Prevenir requiere escuchar, abrir oportunidades y dar seguimiento constante incluso tras el primer tropiezo.

Los gobiernos locales tienen una responsabilidad directa. Conocen los barrios y las organizaciones capaces de movilizar a la comunidad. Pueden recuperar canchas y centros culturales, impulsar formación técnica, conectar jóvenes con empleadores y respaldar a sus familias. Cada municipio debe identificar a quienes están en mayor riesgo y sostener programas con recursos y resultados medibles.

Por ello, propongo una campaña gubernamental en los espacios donde la juventud se informa y reúne. Que sus protagonistas sean personas que superaron situaciones de vulnerabilidad o dejaron la delincuencia, y que hoy son ejemplo dentro o fuera del país. Que cuenten su historia con sus propias palabras y que cada mensaje incluya una puerta concreta: dónde estudiar, capacitarse, trabajar u obtener orientación.

Las escuelas, iglesias, clubes, empresas y vecinos también juegan un rol decisivo. Un entrenador firme, una maestra comprometida o un empleador que abre una puerta pueden cambiar una vida. Sin embargo, este esfuerzo ciudadano requiere respaldo institucional continuo.

Nada de esto justifica el delito. Quien daña a otros debe responder ante la justicia, y las víctimas merecen reparación. Asimismo, toda muerte en una intervención policial debe investigarse con rigor y transparencia. La seguridad ciudadana se fortalece cuando la ley protege a todos con imparcialidad.

Es fácil juzgar a toda una generación o a un barrio por hechos violentos, pero sería un error. Los jóvenes que delinquen son una minoría; son más quienes estudian, trabajan y aportan a su comunidad. Merecen que confiemos en ellos y multipliquemos sus oportunidades.

Dejemos de ver estas tragedias como episodios aislados. A los jóvenes en riesgo les pido que elijan la vida y busquen apoyo. A las autoridades, que aseguren que esa mano amiga exista de verdad. Estamos a tiempo de abrir caminos antes de que otra familia reciba una noticia irreparable.

El autor es Profesor universitario | Especialista en Seguridad y Defensa, Centros de Datos AOS, Protección de Datos y Sistemas de Información.

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