Por Miguel Ángel Cid Cid
cidbelie29@gmail.com

No soy Dios. Si así fuera, los políticos andarían escondidos. Siendo todopoderoso la petulancia sería uno de los siete pecados capitales. La condena saldría automática. Entonces, el Estado se libraría de las legiones de los presumidos colectivos que lo azotan.

Hace pocos días un senador renunció del partido de gobierno. No así a la curul que ocupa. Un colega suyo —y tocayo también— dijo que la dimisión se debió a que no le dieron el cariño necesario. Y remachó, “algunos somos más tolerantes”. O sea, soportan que no le respondan las llamadas.

Cierto que hay un grito cada vez más ensordecedor: “¡Los funcionarios no atienden las llamadas de los senadores!”.

El clamor anterior deriva en creer que los ministros y otros servidores públicos no son electos. La característica señalada los hace inferiores a los senadores. Porque los congresistas —con los votos logrados— son garantía de triunfo en sus demarcaciones respectivas.

Resulta que los candidatos, hasta se arrodillan pidiendo apoyo de todo tipo —del narco incluso— la meta es ganar como sea. Resulta que los recursos que reciben se deben más al partido que representan que a ellos como entes políticos. Resulta que los votos son del partido político, no del candidato.

Pero una vez ganan la senaduría, el engreimiento les nubla la visión. El síndrome de la ignorancia adquirida a voluntad los acerca al precipicio.

¿Quién estableció que la función de un representante ante el Congreso era andar pidiendo favores a los funcionarios?

Las tareas correspondientes a unos son contrarias a las que toca a otros. Los congresistas, por ejemplo, aprueban las leyes y sus reglamentos, además, vigilan a los ejecutivos para evitar excesos en el cumplimiento de sus funciones.

Los ministros u otros funcionarios se encargan de hacer cumplir las leyes emanadas del Congreso. Les compete desarrollar los proyectos incluidos en los programas de gobierno. O sea, ejecutar el presupuesto general de la nación.

Quiere decir lo anterior que los estamentos del Estado son complementarios. Que a cualquiera de los dos le sería imposible realizar su trabajo sin contar con el apoyo del otro. Pero el apoyo no se pide ni se mendiga. Es una obligación de ambas partes. No es un favor.

La ambición, sin embargo, ha llevado a los senadores y ministros del actual gobierno a creerse dioses del Olimpo. Misión imposible. No por elevado sino por la débil formación humana de los creídos. La jactancia los está llevando a cavar su propia tumba.

Los funcionarios y congresistas de hoy son tan fanfarrones que, ensalzados en su vanagloria no se soportan ni tan siquiera entre ellos mismos. La ausencia de solidaridad y cooperación mutua están tocando fondo. La hipocresía se impone.

Pero por lo general, los líderes del gobierno se niegan a aceptar que su única función es servir. Que son servidores públicos. Esa y no otra debería ser, grosso modo, la gran ambición de todo funcionario público.

¿Acaso algún funcionario será capaz de creer que el sol se eclipsará porque renuncie a su partido o a su cargo? Para nada, el astro de luz seguirá saliendo día tras día, mientras, él será olvidado en pocos días. Pronto volverá al lugar de donde vino.

Lo inteligente sería —debido a lo anterior— hacer de cuentas que nada hace más grande a un ser humano que servir a los otros. Y si sirve a toda una nación, la grandeza será mayor. Porque habrá un pueblo entero servido por él.
En suma, el sabio Salomón, luego de vivir todas las deidades y lujurias del Poder político y religioso lo estableció a modo de sentencia. En Eclesiastés 1:2 dijo: “Vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad!”.

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