Luis Días Portorreal (21 de junio de 1952 – 8 de diciembre de 2009) fue un compositor dominicano e intérprete de merengue, bachata, rock y ritmos típicos dominicanos. Gracias a sus investigaciones folcklóricas durante las décadas de 1970 y 1980 logró rescatar ritmos y bailes típicos de la República Dominicana entre ellos la bachata. Días fue objeto de un reconocimiento póstumo.

El Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones convirtió el pasado 5 del presente mes de febrero, su Centro Indotel Cultura Digital en el epicentro de un emotivo tributo a Luis Días, denominado «Terror con Terror se Paga».

Redacción Exposición Mediática.- Los homenajes culturales cumplen una función específica: preservar la memoria colectiva y reafirmar el valor simbólico de una obra. No son espacios de debate moral ni escenarios para aclaraciones personales. Cuando esa frontera se cruza, el acto pierde foco y el homenajeado queda relegado a un segundo plano.

El pasado 5 de febrero de 2026, el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (Indotel) celebró en su Centro Cultura Digital el homenaje “Terror con terror se paga”, dedicado a Luis Días, uno de los creadores más influyentes de la música dominicana contemporánea. El evento, realizado a casa llena, reunió a artistas, gestores culturales, familiares y público general en un acto que, desde su concepción, buscó reivindicar el legado del cantautor de Bonao como parte esencial del patrimonio sonoro nacional.

Durante la actividad, el presidente de Indotel, Guido Gómez Mazara, entregó un reconocimiento a Laura Sklar, viuda del artista, en representación del aporte histórico de Luis Días a la cultura dominicana. En sus palabras, Gómez Mazara subrayó la visión institucional que concibe la cultura como eje del desarrollo y destacó el rol del Centro Indotel Cultura Digital como espacio de articulación entre memoria, tecnología y ciudadanía.

El testimonio de Sklar aportó una dimensión humana al homenaje, al recordar su vida junto al cantautor y su acompañamiento permanente al proyecto artístico de Días. Asimismo, se reconoció su propio trabajo en el ámbito de la fotografía, reforzando el carácter integral del acto.

Uno de los momentos centrales de la noche fue la participación del merenguero Sergio Vargas, quien interpretó varias composiciones de Luis Días, gesto que, en principio, contribuyó a consolidar el tono de respeto y reconocimiento intergeneracional que marcó el evento.

La ruptura del consenso simbólico

No obstante, la atención pública se desplazó rápidamente hacia una declaración posterior de Vargas, en la que afirmó que ni él ni los miembros de su orquesta consumían sustancias controladas. La frase, difundida y amplificada en redes sociales, fue interpretada como una alusión innecesaria al artista homenajeado, generando una ola de críticas que terminó opacando el propósito central del acto.

Desde una lectura estrictamente objetiva, el problema no reside en la veracidad o no de la afirmación, sino en su pertinencia dentro del marco simbólico de un homenaje póstumo. Los actos de memoria funcionan sobre la base de un consenso implícito: la suspensión del juicio y la concentración en la obra y el legado del homenajeado. Cualquier intervención que introduzca comparaciones morales, explícitas o implícitas, rompe ese consenso.

En este sentido, la declaración de Vargas no puede leerse como un comentario aislado, sino como un desplazamiento del eje discursivo: del reconocimiento cultural a la valoración conductual, del legado artístico al señalamiento indirecto.

El problema del contexto y la responsabilidad pública

Las figuras públicas, especialmente aquellas con una trayectoria consolidada, operan bajo un principio básico de responsabilidad discursiva. Sus palabras no se consumen únicamente en el espacio físico donde se emiten; se proyectan, se reinterpretan y se resignifican en el ecosistema digital.

En un homenaje institucional, esa responsabilidad se intensifica. No todo lo que puede decirse debe decirse, y no todo lo dicho contribuye al objetivo del acto. Introducir elementos ajenos al reconocimiento artístico no solo resulta improcedente, sino que desvirtúa la función misma del homenaje.

Luis Días fue un creador cuya obra se caracterizó por la transgresión, la exploración de lo popular, lo ritual y lo urbano, y por una libertad creativa que desafió lecturas convencionales. Reducir su figura a interpretaciones morales simplistas constituye una lectura limitada de su impacto cultural y artístico.

El efecto amplificador de las redes

La reacción en redes sociales evidenció un fenómeno recurrente: la facilidad con la que una declaración secundaria puede eclipsar un acontecimiento cultural de fondo. El debate se trasladó del legado de Luis Días a la pertinencia de las palabras del intérprete invitado, generando un ruido mediático que terminó condicionando la percepción pública del evento.

Este desplazamiento no es menor. Cuando la polémica se impone, el homenaje pierde eficacia como herramienta de memoria y el esfuerzo institucional queda parcialmente diluido.

Una lección necesaria

Lo ocurrido deja una enseñanza clara para el ámbito cultural y mediático: los homenajes exigen contención discursiva y conciencia del contexto. El silencio, en estos casos, no es omisión; es una forma de respeto y de profesionalismo.

El legado de Luis Días no requiere defensas ni justificaciones externas. Su obra, reconocida tardíamente pero con justicia, se sostiene por su valor artístico y su influencia duradera en la música dominicana.

Cuando el ruido irrumpe en espacios destinados a la memoria, no solo se rompe el clima del acto: se debilita la capacidad colectiva de honrar con seriedad a quienes han marcado la cultura del país. Ese es el riesgo de confundir el protagonismo individual con el deber simbólico que impone un homenaje.

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