En la foto mi hija Jennifer con unos de los grupos, finales de los ’80.
Por Lester Mckenzie
Las caretas eran sencillas, sin muchos detalles y los disfraces no tenían tanta tela, eran mucho menos trabajados, cada quien compraba su tela y decidía el diseño del disfraz y recuerdo que nos juntábamos donde Luis Guillermo Sanchez pues su casa en la Restauración, entre la Cristino Zeno y la Mella, tenia una segunda planta y había un balconcito que daba a la calle y ahí nos sentábamos a ponerle los cascabeles a los disfraces.y quienes nos disfrazábamos estábamos divididos en dos categorías a la sazón: los grandes y los chiquitos y esto tenia tal impacto en los que no se disfrazaban, en especial los niños, que salían corriendo como el diablo a la cruz cuando veían un “diablo grande” lo cual no hacían cuando era un “chiquito”.
Un aspecto a destacar es el siguiente: Había un real interés de parte de quienes nos disfrazábamos de que no fuésemos identificados, que no nos conocieran hasta el 27 de febrero cuando salíamos sin careta porque el hacerlo con ella ese dia implicaba que nos la rompieran, tanto así que si algún domingo un macarao salía sin careta le voceaban: “Ese diablo sin careta se merece una galleta” … también cambiábamos la manera de caminar y en mi caso, por ejemplo, que soy zurdo, daba los vejigazos con la derecha.
Durante el segundo gobierno de los 12 años de Balaguer (1970-1974), hubo un momento en que habia que ir a la Policia a registrarse, inscribirse en una lista los que se iban a disfrazar y se le asignaba un numero el cual habia que colocar en un lugar visible, principalmente en la espalda. Dentro de las razones para ello estaba el problema de las vejigas, que en verdad, algunas parecian que tenian un coco en la funda.
Las comparsas integradas por muchachos y muchachas vestidos de indios eran acompañadas por un perico ripiao, salian después de media mañana y frente a los colmados y/o pulperias (no existian los colmadones) escenificaban escenas donde predominaba el baile y un dialogo entre ellos.
Usaban arcos, flechas, espadas de madera y la vestimenta era confeccionada con sacos de henequen, se pintaban el cuerpo y se ponian plumas de aves. Habia un lider (Gran Jefe) quien tenia un papel protagoónico en los dialogos, que siempre terminaban escenificando un combate con espadas entre ellos cayendo uno al suelo “muerto” y ahí finalizaba la actuación y todo esto a ritmo de guira, tambora y acordeón.
En los dialogos se podia escuchar, por ejemplo: Yo ser Gran Jefe Nube Gris … Tu de donde venir … Yo venir de tribu vecina con mensaje para Gran Jefe … Donde estar caballo … Caballo estar en el rio … tener mucha sed.
Otro de los grandes atractivos era ver el Baile de La Cinta que a ritmo de guira, tambora y acordeón, eso da merengue de tierra adentro, y con cada integrante del grupo con una cinta de color diferente en la mano, las cuales estaban atadas a la parte superior de un palo de unos 10 pies de altura iban entretejiendo las mismas de arriba hacia abajo con movimientos cadenciosos y contagiosos.
Donde llegaban de inmediato se aglomeraba la muchachada del vecindario y los adultos también a disfrutar de este bello espectáculo, y es que de verdad era impresionante verlos bailar y entretejer esas cintas con tanta sincronización.
Tanto las comparsas de los indios como el Baile de La Cinta, al finalizar su actuación “pasaban el sombrero” para que los presentes contribuyeran con su aporte monetario.
Vale la pena destacar que durante aquellas mañanas dominicales de febrero la poca actividad del pueblo transcurria con la normalidad acostumbrada y después de la sirena de la 1:45 pm (se escuchaba en todo el pueblo) la gente empezaba a concentrarse en el Parque Duarte especialmente del lado Oeste, el que da a la calle Sánchez, en el tramo comprendido desde el Casino (esq, Independencia) hasta el Palacio de Justicia (esq. Padre Adolfo) siendo la esquina del Casino la de mayor actividad.
Desde principios de la década de los ’80 nuestro carnaval sufre una transformación total apareciendo los grupos, la identificación de los mismos con nombres, las cuevas y la llegada de miles de seguidores que desde otras ciudades domingo tras domingo durante el mes de febrero inundan las calles céntricas del pueblo.
Algo paradójico en esta celebración dominical es que todos los años los visitantes se incrementan mientras los locales se van del pueblo buscando la tranquilidad y el solaz esparcimiento.
¡Hasta una próxima entrega sabatina!
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